La ciudad del descubrimiento
Hace algunos años acudí con mis padres al puerto para ver a un grupo de personas descolgarse por el costado de un barco. Entonces yo no creía en los arneses; negaba su existencia. Para mí, aquello era un festival de personas peligrando, una escena teatral de películas de espionaje. Para mis padres, estar allí era cumplir su propia misión imposible: vivir en directo un espectáculo parecido al de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos del 92, tan importante para ellos no solo por lo espectacular del evento —incluso a través de una tele de tubo—, sino porque fue la primera vez que salieron juntos. Era el año 2013 y, en el contexto del Festival de Teatro y Danza de Las Palmas de Gran Canaria, hoy Temudas Fest, mis padres cerraron un círculo. Ese día vimos a La Fura dels Baus proyectar imágenes sobre un buque de una naviera canaria que, por cierto, hoy no existe. Trece años después, se ha confirmado la candidatura finalista de Las Palmas de Gran Canaria a Capital Europea de la Cultura para 2031, un puesto que se disputará en diciembre de este año con una ciudad maltesa, Victoria, y otras tres españolas: Cáceres, Oviedo y Granada. Pienso de nuevo en aquel espectáculo: año tras año, la capital en la que crecí realiza ejercicios de equilibrismo ante un decorado transatlántico, moderno y cosmopolita, cuyos cables, lejos de ser invisibles, ponen contra las cuerdas a los residentes de esta ciudad.
Si la magia es solo un alambre tenso, debemos ponerle nombre: El año del descubrimiento (2020). Dirigido por Luis López Carrasco, el documental destripa el efectismo de uno de los episodios nacionales de nuestra historia reciente: 1992. El año del Quinto Centenario de la llegada al nuevo continente, de los Juegos en Barcelona y de la Expo de Sevilla; también el año en que Madrid se alzó con el título de Capital Europea de la Cultura. Mientras el país actuaba sobre un escenario de triunfalismo y progreso, el desmantelamiento de la industria española provocaba protestas en Cartagena, un evento que culminó con el incendio de la Asamblea Regional. El documental muestra las costuras de ese año: el fuego real contra los de artificio.
Treinta y cuatro años después de aquella performance, Las Palmas de Gran Canaria ensaya su propio salto al vacío —su «era del descubrimiento»—, situándose como una de las sedes del Mundial en 2030 y, si gana, Capital Europea de la Cultura en 2031. En 2028, la metrópoli cumplirá 550 años desde su fundación; este verano, nos visitará el papa y el año pasado lo hizo el presidente de China. Entre bambalinas, la vida diaria se deshilacha: recientemente, una sentencia obligó a mudar el Carnaval porque la presión acústica y la marea humana impiden vivir a los vecinos —un evento que, a diferencia de otros con los que se compara, como las Fallas o Sanfermines, dura casi dos meses después de un diciembre intenso de Navidad—. Al mismo tiempo, las guaguas se retrasan cuando van a los barrios que no salen en los folletos, y el coche es un número de escapismo para huir del tráfico. Desde el palco, la MetroGuagua: un intento de cortar los nudos que aún no ha salido a escena. Resulta que los cables no estaban tan escondidos: el Ayuntamiento, como en el truco de la mujer serrada por la mitad, pide que nos declaren zona tensionada mientras financia los eventos que llenan el escenario de viviendas turísticas. Luego llega el contorsionismo urbano: después de cada fiesta, un despliegue de barrenderos a contrarreloj para que la ciudad no pierda su encanto ante el turista de la mañana. Por último, un león al que pinchamos para que ruja en las postales: la playa de Las Canteras, recientemente basurero, cenicero y pipicán. Una doma cruel para un animal viejo y desdentado, violento con cada pezuña que le arrancan a base de llevarse peces y piedras. La promesa es que la capitalidad europea bajará como un deus ex machina para salvar la función; yo temo que esta Rebelión de la Geografía, como ha sido bautizada, sea sencillamente una farsa.
Entre tanto show, un descubrimiento: los comentarios de las noticias online de los periódicos locales están llenos de quejas vecinales que, de momento, no quemarán ninguna asamblea. Al mismo tiempo, el debate sobre el futuro del Carnaval busca un modelo de convivencia que agrade a todo el público, tratando la masificación y el ruido como si fueran conejos salidos de una chistera: con sorpresa e incredulidad. En el escenario, los figurantes dejan la función cuando vivir en la ciudad se ha vuelto un privilegio.
Recuerdo bien a La Fura y sus movimientos imposibles. Crecí pensando en esta ciudad como una promesa cultural a la que mis padres me habían traído después de endeudarse mucho. Recuerdo el Womad, el Festival de Cine, el Temudas; las excursiones escolares al Pérez Galdós, al Guiniguada y al Cuyás. Quiero pensar que no había problemas estructurales, pero me engaño: entonces, sencillamente, no creía en los arneses. Hoy, bajo este triunfalismo, me pregunto si alguien coserá los disfraces y reparará las grietas del entarimado. O si, por el contrario, nos seguiremos colgando medallas y cables, esperando el siguiente triple salto mortal; ese evento que lo cambiará todo mientras la ciudad, como la naviera, deja de existir.
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