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Del campo de refugiados de Tinduf a sufrir el paternalismo europeo, la historia de Lala el Mami

Lala el Mami nació en el campo de refugiados saharauis de Tinduf, en Argelia, y a los ocho años se trasladó a Canarias para formarse y alcanzar su sueño: ser abogada y luchar contra la opresión que ella misma había sufrido

"El velo de las mujeres musulmanas se muestra como símbolo de opresión, pero no se cuestiona que depilarse para ir a la playa pueda serlo también. El machismo es estructural y está en todas partes"

Sobre el auge de los discursos de odio: "Hay partidos políticos malos y otros menos malos, pero en materia de racismo ninguno es bueno"

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La activista saharaui Lala el Mami Omar.

La activista saharaui Lala el Mami Omar. Cedida a Canarias Ahora

Lala el Mami Omar nació hace 28 años en el único territorio de África que aún hoy no ha alcanzado la autodeterminación: el Sáhara Occidental. El campo de refugiados saharauis de Tinduf, en Argelia, fue el escenario en el que pasó su infancia. A los ocho años, en el marco del proyecto Vacaciones en Paz, su familia decidió enviarla a España para “liberarla” del futuro al que estaba abocada al crecer recluida en un desierto de arena y piedra que no le ofrecía oportunidades para formarse y alcanzar su sueño: ser abogada y luchar contra la opresión que ella misma sufrió.

Marruecos y España “la empujaron” a irse de su tierra. “Como todos los países africanos, el mío fue colonizado y saqueado. Marruecos ocupa nuestro territorio y expolia los recursos, pero da vergüenza que el territorio español se haya olvidado del Sáhara Occidental”, valora. Llegó a Castilla La-Mancha en 1998 y, un año más tarde, se trasladó a Tenerife, su hogar actual. Al llegar al país sintió el paternalismo. "Mucha gente hablaba con pena sobre cómo ayudar a los pobres niños de África", asevera.

En la actualidad, ha aprendido español, ha finalizado su formación como jurista, forma parte de Sáhara Acciones, participa en la lucha por el cierre de los CIE y trabaja  con personas en situación administrativa irregular. Lala cree firmemente en la educación como arma para combatir la xenofobia, un “problema estructural”. “Hasta yo, que soy negra, he sido educada en el racismo”, revela. La activista rechaza la imagen de un planeta dividido en dos que ha triunfado en todo el globo y lamenta ser víctima de un sistema donde la vida humana tiene “un valor diferente” en función del país de origen y el color de piel.

Su familia se trasladó al campo de Tinduf cuando estalló el conflicto por el control del Sáhara Occidental tras la retirada de Estado español, y creía que en cuestión de días o semanas podrían volver a casa, pero ese tiempo se alargó. “El pueblo lleva más de cuarenta años en medio del desierto viviendo de la ayuda humanitaria”, sentencia Lala el Mami. Sin embargo, existe un “apagón informativo” que, desde su punto de vista, contribuye al desconocimiento que, a su vez, desemboca en racismo.

Vidas con distinto valor

Según la jurista, la idea que se vende de las personas africanas en los medios de comunicación siempre es la misma: pobreza, terrorismo y delincuencia. “Cuando una persona africana o sudamericana comete un delito, su nacionalidad aparece en todos los titulares, pero si es europea no”, ejemplifica. Para Lala, el tratamiento informativo que recibe la llegada de cayucos a las costas canarias también esconde una intención discriminatoria. “Los medios siembran alarma social cuando realmente las personas que llegan son muy pocas”, sentencia. Además, critica que se haga creer a la población que las personas en situación irregular reciben todo tipo de facilidades, cuando en realidad se les abre un expediente y se les priva de libertad metiéndolas en un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE). “Son auténticas cárceles”, asevera Lala.

Este discurso “construido en el norte”, también ha calado en el sur, donde se percibe a Europa como un auténtico paraíso en la tierra. “Nosotros, que hemos sido empobrecidos y hemos sufrido el azote de los países occidentales, nos hemos creído esta historia”. “Las personas con las que trabajo me dicen que querían llegar a Europa porque ahí se les respetaría y tendrían derechos, pero es una idea que choca con estados como España que dejan morir a las personas en sus fronteras”, rebate la activista. Sin embargo, para ella, el número de muertes de las personas que intentan llegar por costa es solo una cifra que pasa desapercibida para Europa. “El valor de una vida no puede estar supeditado al interés económico. Si hay un atentado terrorista en Nigeria y mueren 500 personas, no se hablará de ello, pero si mueren cinco europeas en un atentado se difundirá hasta la saciedad y, además, con un discurso islamófobo”.

Machismo estructural

Lala considera que tener una cultura diferente conduce a las personas a ser constantemente cuestionadas. “Cuando las mujeres musulmanas van tapadas siempre hay quien se plantea que es una forma de opresión, pero cuando las mujeres en Europa nos depilamos para ir a la playa y ajustarnos así a los cánones de belleza marcados por el capitalismo nadie piensa que esto pueda ser otra forma de machismo”, sentencia.

El Mami lamenta que se tenga una visión de la mujer africana como sumisa. “En el Sáhara Occidental la mujer que arrastra una bombona a 40 grados bajo el sol es la misma que la que se levanta para luchar por sus derechos”, revela, haciendo especial hincapié en que el machismo es otro problema estructural que incluye a todo el planeta.

Ante los discursos de odio que han irrumpido en el panorama político español, Lala el Mami no se sorprende. “Las administraciones son xenófobas, machistas, clasistas y homófobas”, considera. “En materia de racismo, sé que hay partidos políticos malos y otros menos malos, pero ninguno bueno”, concluye. Para ella, se trata de una cuestión educativa, que requiere de una deconstrucción personal para romper con los estereotipos aprehendidos que calan aunque seas antirracista, negra e inmigrante. Sin embargo, el sistema capitalista obstaculiza este proceso. “Una familia que tenga que trabajar 40 horas para dar de comer a sus hijos no tendrá tiempo para darle la educación suficiente que combata toda la información racista que recibe por parte de otros agentes”, critica.

Frente a todas las dificultades, vivir en Canarias es un punto a favor, ya que la interculturalidad y la integración de más de 500 nacionalidades en un territorio que ha sido históricamente el punto de paso de diferentes comunidades favorecen a la tolerancia. “A pesar de ello, decir que no hay racismo sería negar la realidad”, apunta El Mami, quien ha hecho de la lucha parte de su rutina. 

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