Azotes, desfilar semidesnuda y destierro: los castigos de la Inquisición a las mujeres canarias

La profesora contratada doctora de Historia del Derecho de la Universidad de La Laguna María Teresa Manescau, de la que expone sus principales líneas en una entrevista con EFE. EFE/ Miguel Barreto.

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La Inquisición en Canarias apenas ejecutó autos de fe pero castigó a las mujeres acusadas reiteradamente de delitos relacionados con la herejía, en su mayor parte solas y muy humildes, a la pena de desfilar semidesnudas sobre un asno y ser azotadas, así como a un destino incierto en forma de destierro forzoso a otra isla.

Los datos sobre las mujeres perseguidas por el Tribunal de la Inquisición de Canarias, especialmente en el siglo XVIII, son parte de la investigación que desarrolla la profesora contratada doctora de Historia del Derecho de la Universidad de La Laguna María Teresa Manescau, de la que expone sus principales líneas en una entrevista con EFE.

El trabajo de la profesora Manescau forma parte del proyecto de investigación nacional que impulsa el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades “Una historia de intolerancia: mujer e Inquisición”, que tiene previsto finalizar en abril de 2027.

Manescau, que ha completado la primera parte de la investigación en relación con el Tribunal de la Inquisición en Canarias, afronta ahora la correspondiente al de Sevilla con el análisis de datos sobre persecución a mujeres acusadas de brujería y hechicería, entre otros delitos, en el Archivo Histórico Nacional.

Ello se debe a que sólo se conserva la documentación original de dos tribunales inquisitoriales: los de Cuenca y Canarias, y en el archipiélago gran parte de este archivo se custodia en el Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria, donde la investigadora indagó en los procesos contra mujeres acusadas de brujería, hechicería y curanderismo supersticioso.

Hasta 1508 se desplazaban a las islas comisiones del Tribunal de la Inquisición de Sevilla, para luego crear la sede del Santo Oficio en Las Palmas de Gran Canaria, donde mantuvo su actividad hasta 1834, cuando se decretó su abolición.

La diferencia de trato del Santo Oficio entre hombres y mujeres

María Teresa Manescau, que realizó su tesis doctoral sobre la bigamia ante el Tribunal de la Inquisición en Canarias, se planteó posteriormente si el Santo Oficio trataba jurídicamente de forma diferente a hombres y mujeres, como sucedía en los tribunales ordinarios como sexo “débil” o rayando en la minoría de edad.

Para la Inquisición, sin embargo, las mujeres podían testificar y ser enjuiciadas al ser acusadas de delitos como la herejía, lo que atentaba contra el dogma religioso.

Al respecto, detalla Manescau que para especialistas en el tema como el danés Gustav Henningsen, en la mitad septentrional de la Península predominaba la brujeria, esto es los aquelarres y la entrega al demonio, y en la meridional la hechicería, la práctica de embrujos y maleficios.

Esta última es la que aparece en Canarias con la influencia portuguesa y morisca y sólo al principio del Santo Oficio se produjeron unos pocos procesos por acusación de brujería que se condenaron de la manera “más dura”, detalla la investigadora.

Y puntualiza además un hecho: en España apenas se quemaron brujas, con un centenar de casos constatados que, aunque son una aberración con la mentalidad actual, implica que este delito fue muy perseguido pero no se castigó a las mujeres con la hoguera como en el resto de Europa, donde se estima que hubo unas 50.000 víctimas de brujería.

Doce autos públicos de fe

En las islas sólo hay constancia de doce autos públicos de fe durante el siglo XVI y principios del XVII en Las Palmas de Gran Canaria en los que se ajustició a acusados de judaísmo, mahometismo y protestantismo, pero no fue una práctica extendida al ser una ceremonia sumamente costosa “y el tribunal de Canarias era el más pobre de todos”.

En el archipiélago la Inquisición se centró principalmente en las islas mayores, aunque también hubo condenados en el resto de las islas, y en el caso de las mujeres las perseguidas eran de extracción social muy humilde, prácticamente analfabetas y solas tras ser abandonadas por sus maridos o por haber emigrado ellos.

Recurrían a la hechicería para sobrevivir y los mismos vecinos que requerían a sus servicios eran los que las denunciaban si no habían obtenido el resultado esperado.

La Inquisición era sumamente garantista en su procedimiento para garantizar que no se produjeran denuncias por enemistad o venganza y cuestionaba a diferentes personas de manera indirecta hasta averiguar si había prácticas de brujería o hechicería.

Estos procedimientos eran secretos hasta el punto de que, cuando se detenía a una persona, no se le decía cuál era la acusación y debía comparecer tres veces ante el tribunal dando detalles de su vida, su familia y si era cristiano, lo que a ojos actuales es una muestra clara de indefensión.

Ello provocó situaciones como un proceso que encontró María Teresa Manescau en su investigación en Canarias en el que un detenido por bigamia acabó confesando que practicaba zoofilia con animales en el campo, lo que le añadió un nuevo procedimiento.

Arrepentirse y rezar el rosario, penas para las mujeres

En el caso de las mujeres, y a medida que se aproximaba el final de la institución, las penas solían consistir en una abjuración, arrepentirse ante el tribunal y rezar el rosario e ir a misa.

Pero si eran reincidentes se aplicaba la pena de la “vergüenza”: desfilar sobre un asno desnudas de cintura para arriba mientras un pregonero daba cuenta de sus delitos y recibían entre cien y 200 azotes.

En estos casos también se imponía una pena “durísima” para una mujer sin medios de subsistencia en la época, el destierro perpetuo o durante un tiempo determinado, por ejemplo cinco años en Fuerteventura, y en ese caso se escribía al representante de la Inquisición o a un cura de confianza para vigilar el cumplimiento de la pena y evitar fugas.

Sin soporte de familia o conocidos que la apoyasen para lograr subsistir, alejadas de su entorno y sin respaldo para sobrevivir de ningún tipo, muchas de las mujeres así condenadas tenían que recurrir de nuevo a la hechicería o el curanderismo para salir adelante, puntualiza María Teresa Manescau.

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