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Las mujeres con discapacidad intelectual, más vulnerables ante la violencia machista: “Tú estás aquí para lo que yo quiera, ¿eres mi novia, o no?”

El estudio La historia solo cuenta una parte de nosotras retrata la exclusión a la que se enfrenta este colectivo desde su niñez hasta la edad adulta en las escuelas, la familia, el trabajo y las relaciones de amistad y de pareja

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Pancarta contra la violencia machista durante una movilización por el día de la mujer trabajadora.

Pancarta contra la violencia machista durante una movilización por el día de la mujer. EFE

“Tú estás aquí para lo que yo quiera. ¿Eres mi novia o no eres mi novia?”. Así recuerda Rosa su primera relación de pareja. Su exnovio y su entonces suegra la explotaban, le encargaban todas las tareas de la casa y el cuidado del hijo de él. También sufría control, acoso psicológico y aislamiento respecto a sus amistades y su propia familia. El riesgo que tienen las mujeres con discapacidad intelectual de sufrir maltrato físico y emocional es entre dos y cinco veces mayor que el que poseen las mujeres sin discapacidad, de acuerdo con el estudio La historia solo cuenta una parte de nosotras, elaborado por Plena Inclusión Canarias, que recopila las historias personales de diez mujeres, divididas en dos grupos: sin y con descendencia. El colectivo se enfrenta a una múltiple discriminación marcada por el género, el empobrecimiento derivado de la precariedad laboral y, en algunos casos, la orientación e identidad sexual.

La mayor vulnerabilidad de las mujeres con discapacidad intelectual ante la violencia machista se explica, según el informe, con la “normalización de la humillación y el maltrato” que sufren a lo largo de toda su vida. Durante la niñez, los estereotipos sobre sí mismas y sobre el resto van dibujándose y cogiendo fuerza en sus imaginarios.

Así, en las entrevistas grupales que forman parte de la metodología de este estudio, ellas utilizan conceptos como “los inteligentes y los normales” para hacer referencia a quienes les rodean. “De pequeña, mi madre me decía: ¿No ves que tu hermano es inteligente y tú tienes una discapacidad?”, “Cuando yo tenía trece años, mi hermano no quería jugar conmigo a los videojuegos ni explicarme”, recuerdan Rosa y Fátima. 

En los círculos amistosos, la exclusión también está presente. Buena parte de las entrevistadas reconoce que sus amigas “las dejan de lado” cuando encuentran otras personas con las que quedar. El estudio señala que estas mujeres necesitan “conexión, empatía y apoyo” para sentirse incluidas, actitudes que son la “antítesis del rechazo”. “Yo tengo corazón y soy humana, soy persona. Aunque tenga mi discapacidad, tengo cabeza”. Esta afirmación de una de las entrevistadas evidencia, según el informe, la connotación negativa que se atribuye a la discapacidad y su potencial excluyente. 

Las relaciones con las familias experimentan una mejora con el paso del tiempo, alcanzando una mayor “comprensión y aceptación de sus necesidades” y convirtiéndose en el principal apoyo y referente moral y práctico en su rutina. Carmen relata la lucha de su madre para combatir la exclusión que sufrió en el sistema educativo: “Llegué a cuarto de primaria sin saber leer ni escribir. Me decían que sacara a los animales y que atendiera a otros niños. Gracias a ella pude cambiarme de centro”.  

Más allá de los apoyos, la autonomía juega un papel fundamental en la percepción que tienen de sí mismas. Persiguen la ruptura con “un rol subordinado y dependiente en su familia”. “El derecho a la voz empoderará al individuo marginado y lo llevará a la acción”, cita el estudio, suscribiendo las palabras del experto Denise M. Green. Sin embargo, para el grupo de entrevistadas con descendencia, el concepto de la autonomía se desconoce y se percibe como algo que se debe estudiar. 

Las mujeres con discapacidad intelectual que tienen hijos e hijas son conscientes de que se cuestiona su capacidad para ser madres y que se les compara con otras. Esto se corresponde, según el informe, “con los modelos idealizados por los que las mujeres son juzgadas de forma mucho menos benévola que los hombres”. Estas dudas que se vierten sobre ellas llegan incluso a materializarse en propuestas de aborto. Ninguna de ellas lo hizo.

Mónica, que tiene tres hijos, sí se vio empujada a dar al primero de ellos en adopción. En ese momento no tenía capacidad para sacarlo adelante y, además, sufría maltrato por parte de su pareja. Gritos, agresiones físicas y amenazas de muerte, que tal y como explica el documento, culminaron durante su embarazo, cuando la incomunicaron cerrándola con llave. Yolanda, por su parte, era agredida por su padre. 

Las consecuencias: ideas suicidas, baja autoestima, bulimia o miedo generalizado hacia los hombres. “Si haces una excursión con 30.000 mujeres me apunto. Si van hombres no. No le tengo miedo a la mujer, sino al hombre, por mis experiencias”, señala Mónica que, en la actualidad, sigue teniendo dificultades para tratar con los hombres, pero ha encontrado una relación sana. El estudio concluye que, pese a que aún están en fase de “reconstrucción personal”, las mujeres conocen sus carencias y necesidades y por ello presentan actitudes resilientes y de autocuidado, para las que la figura del psicólogo es fundamental: “Si no hablas, te vas a enfermar”, se comentan entre ellas durante el diálogo grupal. 

Sus vivencias las han conducido a defender su poder como mujeres, reivindicando modelos de familia como la monomarental. Pero para ello, la independencia económica y la posesión de un puesto de trabajo digno son fundamentales. Uno de los fallos sistemáticos que detectan las mujeres es el choque frontal entre la visión optimista y meritocrática a la que se les empuja desde niñas y la realidad laboral.

“A mí me gustaría ser profesora de niños, pero si te sale de barrendera lo tienes que coger. Eso de que sin estudios no tienes trabajo es mentira. Yo tengo treinta mil estudios y no tengo trabajo. Tengo 25 años y me excluyen, me mandan a hacer cursos. ¿Para qué quiero otro curso más?”, se cuestiona Mónica. El desempleo en las personas con discapacidad supera en 9,1 puntos al de la población sin discapacidad, situándose en un 26,2% en 2019 según los datos del Instituto Nacional de Estadística que aporta la investigación. 

El camino se vuelve más tortuoso si a esta triple discriminación se suma la identidad de género. Es el caso de Merlía, una mujer trans de 21 años que durante su adolescencia vivió cuatro años en un centro de menores ante el abandono que experimentó por su familia no por su discapacidad, sino por su identidad de género. No tiene contacto con su madre biológica y no vio a su padre en 14 años, aunque ahora vive con él gracias a la intermediación de la pareja de su progenitor, que ha sido “como una madre para ella”. 

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