Dos personas sin hogar acogidas por Cáritas advierten de que la emergencia habitacional “nos afecta a todos”
Coincidiendo con el Día de las Personas sin Hogar, un joven nicaragüense y una jubilada grancanaria que se vieron en la calle al perder el techo donde podían cobijarse, y que hoy viven acogidos por Cáritas, han advertido de que la emergencia habitacional “nos afecta a todos”.
Rudy Alorriga y Ana del Pino han dado la cara para ofrecer sus respectivos testimonios de vida en el marco de una jornada reivindicativa organizada a nivel nacional por la ONG de la Iglesia Católica con el lema “Un hogar es mucho más que un sitio donde vivir, es un lugar al que pertenecer”.
Según datos aportados por la responsable del Área de Vivienda de Cáritas Diocesana de Canarias, María Eugenia Rocha, el pasado año la ONG atendió en Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura a 1.604 personas sin hogar y a 356 familias en riesgo de perderla.
A 30 de septiembre, el Área de Vivienda ya ha acompañado 1.038 personas en situación de sin hogar y 256 familias en exclusión residencial.
Entre los perfiles afectados por el sinhogarismo y la discriminación residencial a los que Cáritas da respuesta, es significativo el aumento de personas en situación cronificada, pues el 29% lleva más de 5 años sin un hogar y el 77% de las personas está desempleada.
Toda esta situación deriva en un deterioro de la salud física y mental y/o el consumo de sustancias y el aislamiento social, ha detallado Cáritas.
Las mujeres representan el 19% en nuestras atenciones, si bien su presencia queda invisibilizada en viviendas improvisadas y ocultas para evitar agresiones físicas o sexuales.
Rocha ha alertado de la realidad extrema que viven las personas más vulnerables, lo que se refleja en la cronicidad que presenta el sinhogarismo, que encarnan, mayoritariamente, hombres desempleados con problemas de salud mental o adicciones que llevan, en un 29% de los casos, más de cinco años en la calle, y de la normalización de infraviviendas que se detecta en Gran Canaria, Lanzarote o Fuerteventura.
En este contexto, Cáritas denuncia que la falta de acceso a un hogar conlleva “la normalización de viviendas con condiciones residenciales por debajo de los criterios de habitabilidad”, como el hacinamiento en habitaciones, espacios insalubres e inhabitables, viviendas sin suministros, asentamientos ilegales, residir en vehículos y caravanas, alquileres sin contrato, con condiciones abusivas o sin la posibilidad de empadronamiento.
Asimismo, la responsable de Cáritas ha explicado que a esta ONG llegan “personas que tienen empleos precarios o ingresos de prestaciones económicas” que no les dan para poder cubrir su derecho a la vivienda.
La mayoría de ellas son madres con menores, en muchos casos solas, sin apoyo ni redes familiares, que sustentan un hogar y se ven con la problemática de no poder mantener la vivienda donde están, ha precisado.
“La emergencia residencial y la cronificación de las situaciones de sinhogarismo no constituyen un problema reciente ni aislado: condicionan el acceso al empleo, la salud, la escolarización, el empadronamiento, las prestaciones y la participación comunitaria”, manifestó durante el acto en María Eugenia Rocha.
La cruzada contra los alquileres abusivos
Aunque este es el perfil que más preocupa, Rocha ha asegurado que “toda la sociedad está afectada por esta realidad de la vivienda que estamos viviendo” porque también engloba a “los alquileres abusivos que no pueden afrontar personas pese a tener un empleo y un salario más o menos estable”.
Por todo ello, Cáritas pide “políticas públicas en materia de vivienda” y que las administraciones concernidas “tengan en cuenta que las familias y toda la sociedad necesita acceder a un” lugar donde residir, “en algunos casos a una vivienda social o con un alquiler asequible”.
También insta a que “se busquen alternativas a los desahucios, que si una familia va a ser desahuciada, que exista una alternativa alojativa y que se tenga en cuenta que las plazas socioanitarias también son muy importantes, así como los recursos especializados” dirigidos a la mujer.
Vidas que se tuercen y se topan con la calle
El nicaragüense Rudy Alorriga ha explicado que llegó a España en diciembre de 2024 y a Canarias en febrero de 2025, “con muchas expectativas y en busca de un sueño”. Cuando, a los pocos meses, se le acabaron sus ahorros, se vio en la calle.
En la actualidad vive en una casa de acogida de Cáritas, lo que le ha permitido, tras su regularización, trabajar como repartidor o hacer un voluntariado, a veces, por la mañana en un comedor.
“Aquí, para mí todo ha sido como un nuevo comienzo siempre, a pesar de las dificultades, siempre he tenido la oportunidad de empezar de nuevo gracias a la ayuda de estas instituciones”, ha agradecido, al tiempo que se ha mostrado decidido a seguir formándose para poder trabajar y hacer una vida“ en Canarias.
Preguntado por su perfil profesional, Rudy admite que le gusta la atención al cliente, las relaciones con las personas, por lo que ha trabajado aquí “en chiringuitos o mercadillos”, aunque también “ha hecho algo en la construcción”.
A sus sesenta años, Ana del Pino, ya jubilada, se vio en la calle en mitad de la pandemia de la covid-19, cuando la echaron de la habitación que compartía con una señora.
“He visto niños en la calle, pasándolo muy mal, y pido un poquito de consideración a los políticos, que nos ayuden. Tengo un techo, gracias a Cáritas y llevo nueve meses con ellos, pero no voy a estar toda la vida, estoy buscando un piso, incluso, con unos compañeros que ganan pequeños sueldos para coger entre todos”, ha contado.
Así fue como vivía antes de la pandemia, compartiendo habitaciones, porque era lo único que se podía permitir “con lo que ganaba”, pero desde que se quedó sin techo “todo ha ido para atrás”.
En la calle “se siente una muy mal”, rememora, “ves muchas situaciones: no sólo está la gente que no tiene hogar, también los que vienen de afuera, que también tienen un derecho, pero que miren primero por los que hemos nacido aquí y ayuden a ellos también”.
Ana estuvo dos años y medio pernoctando en el aeropuerto de Gran Canaria, época que recuerda con dolor porque “cada día venía más gente, hasta con niños”.
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