Me toca la cola

Me toca la cola. Leandro Betancor

A la larga cola para facturar equipaje le sigue la larga cola para pasar el control de seguridad. Luego viene la larga cola para embarcar y subir al avión. Se forma una larga cola en el pasillo de la nave hasta llegar a tu asiento. La misma al llegar a destino y bajar del avión. Despacio avanza la larga cola hasta el control de pasaportes y, como resignados autómatas, respetamos la larga cola para tomar el subterráneo que nos lleva hasta la sala de recogida de equipajes donde, también aquí, hacemos larga cola en la escalera mecánica que nos elevará hasta un nivel de paciencia casi infinita. Ya sin colas, esperamos una eternidad a que asome la nariz la maleta de tortuguitas futboleras, cuya pegatina de Camarón de la Isla la identifica como mía. Pero salen todas de golpe y el pasaje conforma, de nuevo, una larga cola que desfila hacia la salida, señalada, de forma luminosa, con la única palabra que todo no angloparlante reconoce: EXIT. 

Cuál es mi sorpresa cuando, al llegar a la salida, hay una larga cola con un confesionario brillante, con tallas de madera en las esquinas que parecen esculpidas por el mismísimo Miguel Ángel, bajo un baldaquino igual de bello y ostentoso, en donde feligreses de todo credo, sexo , condición y compañía aérea se paran y confiesan, mientras por la otra puerta pasamos, sin pena y con gloria, los pocos que nos ajustamos al otro dogma que reza bajo un cartel que para nosotros es la pancarta de meta de una maratón: NADA QUE DECLARAR. 

Y así y todo, con colas y virus, por cielo, mar o tierra, viajar seguirá siendo el mayor de los placeres, la mejor de las experiencias y la huella más reconocible de nuestra memoria.

Gracias Javier Reverte por llevarme de la mano a tantos lugares… ¡Buen viaje maestro!

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Publicado el
1 de noviembre de 2020 - 13:54 h

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