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La inocencia perdida y el cine

La inocencia es una manera de mirar y de habitar el mundo. La infancia se deja atrás cuando se pierde la inocencia. El cine ha reflejado esa pérdida irreparable en numerosas ocasiones, pero la lista de películas memorables no es muy extensa. En ella estarían La canción del camino, Los olvidados, Juegos prohibidos, Matar a un ruiseñor y La noche del cazador, cinco clásicos del cine que muestran, con veracidad y emoción, cómo los niños descubren el mundo adulto; un descubrimiento que les obliga a modificar su forma de mirar y de habitar el mundo.

En esas cinco películas se refleja lo que dijo el cineasta y escritor Robert Benayoun: «Si se considera a la infancia como una broma pesada, una letanía de angustias, de complejos y de deseos insatisfechos, una búsqueda incesante de afecto y de seguridad, una lucha perpetua contra la autoridad rígida del adulto y la tiranía necia de la razón, […] uno se pregunta cómo este período de la existencia puede ser el más feliz, el más libre, el más puro de todos». Esa felicidad y esa libertad tienen que ver con la inocencia, que el escritor Michel Tournier definió como el «amor espontáneo al ser, un sí a la vida, la aceptación sonriente de los alimentos celestiales y terrestres, ignorancia de la alternativa infernal pureza-impureza».

La inocencia es la espontaneidad, el placer continuo del descubrimiento y la capacidad de maravillarse: G. K. Chesterton decía que «lo maravilloso de la niñez es que cualquier cosa en ella puede ser una maravilla». Y la inocencia es también la ignorancia festiva, pre-racional, de los conceptos que empleamos los adultos para clasificar, separar y dividir la realidad en compartimentos: el bien y el mal, lo justo y lo injusto, lo útil y lo inútil, etcétera. La forma de mirar de los niños, la inocencia, es pre-racional porque está desprovista de teoría. El verbo griego theorein significaba mirar, observar, demorarse en el aspecto de lo que aparece. Pero casi desde su origen la palabra «teoría» se cargó con un sentido intelectual: la teoría está relacionada con «ver» algo a través de conceptos, con ver más allá de la experiencia sensible. Y, como señaló Ortega y Gasset, «todo concepto es por su naturaleza una exageración», porque «al hablar, al pensar, nos proponemos aclarar las cosas, y esto obliga a exacerbarlas, dislocarlas, esquematizarlas».

Los niños, en su inocencia, ven la realidad directamente, sin el tamiz de los conceptos ni de los prejuicios, y de manera indiferente, pero no porque se desentiendan de la realidad, sino porque no hacen diferencias. Por eso en la infancia estamos conectados espontáneamente con toda la realidad, con la naturaleza en su conjunto. Para los niños no tienen sentido las diferencias entre seres humanos (ni por su raza, ni por su sexo, ni por sus creencias); las fronteras entre el hombre y la naturaleza no existen; y las religiones, las filosofías o las ciencias son cosas impensables. Todo eso, para bien y para mal, se aprende.

En La canción del camino, Los olvidados, Juegos prohibidos, Matar a un ruiseñor y La noche del cazador, las circunstancias en que se desenvuelven los niños (la pobreza, la guerra, la intolerancia, la injusticia, la muerte) violentarán su mirada inocente, y les forzarán a mirar el mundo a través de los conceptos y los prejuicios de los adultos.

La canción del camino (Pather Panchali, Satyajit Ray, 1955)

La ópera prima de Satyajit Ray narra la vida de una familia bengalí compuesta por una anciana, el padre, que sueña con ser poeta, y la madre, ama de casa, en lucha diaria por alimentar a sus dos hijos: una niña y un niño. La pérdida de la inocencia de esos dos niños es consecuencia de sus condiciones de vida, marcada por una pobreza casi extrema, y el entorno rural en el que viven en contacto directo con la naturaleza.

Akira Kurosawa dijo que «no haber visto las películas de Ray es como haber pasado por el mundo sin conocer la luna o el sol». Y ciertamente muy pocas veces se ha mostrado la vida humana y la naturaleza con tanta belleza, en su serenidad y en su crudeza, como en La canción del camino. A su elegante forma de filmar la naturaleza y la interacción de los humanos con ella, Ray añade su finísima capacidad de observación para capturar los detalles de la vida cotidiana, las relaciones entre las personas y, especialmente, cómo los niños se las arreglan para vivir en un ambiente tan hostil.

Ray muestra la fascinación absoluta de los niños cuando descubren el mundo, cuando lo miran por primera vez. Esa mirada es también la del espectador cuando les sigue en su largo camino, cruzando el bosque, para ver por primera vez un tren en marcha; o cuando quedan hipnotizados por los sonidos que un grupo de músicos extrae de sus instrumentos; o, simplemente, cuando ven llover. Pero también cuando sienten el sufrimiento por el hambre; o cuando comprueban, impotentes, el poder destructor de la naturaleza; o cuando se encuentran por primera vez con la muerte.

Los olvidados (Luis Buñuel, 1950)

Los olvidados está protagonizada por un grupo de niños y adolescentes que malviven en los suburbios de Ciudad de México en la más absoluta marginalidad, abandonados por sus familias y por la sociedad. En Los olvidados no vemos cómo los niños pierden la inocencia, sino lo terrible que es haberla perdido casi por completo cuando aún son niños. En un entorno en el que lo único que cuenta es sobrevivir, donde la violencia y la muerte están presentes de manera constante, la vida humana apenas tiene valor.

Buñuel registra las vidas de esos niños con aparente frialdad, como si no sintiera compasión por ellos. Esta impresión se debe a que, al contrario de lo que solemos ver en el cine, Buñuel nos dice que la pobreza, la miseria, no es algo que se debería sobrellevar con dignidad, ni mucho menos es un medio para la redención. La pobreza es degradante: los niños no sólo son víctimas de la crueldad del entorno, sino que también ellos son crueles, también son verdugos. Pero esa crueldad, esa violencia, parece invisible pues no alcanza el centro de la ciudad, no sale de los suburbios; y así es fácil pensar que esa realidad no existe, o que, en caso de existir, los principales –cuando no únicos– responsables son los propios pobres.

Buñuel dijo que «una película, salvo que sirva para pasar el rato, siempre debe defender y comunicar indirectamente la idea de que vivimos en un mundo brutal, hipócrita e injusto. Y exactamente eso es lo que no suele hacer el cine». Quizá por su coherencia la película fue un fracaso. Y lo fue hasta tal punto que incluso se llegó a pedir que Buñuel fuera expulsado inmediatamente de México. Tras conseguir el premio al mejor director en el Festival de Cannes, y con el apoyo de una gran número de intelectuales mexicanos, la película se comenzó a ver como lo que realmente era: una llamada de atención sobre la situación de esos niños que malvivían (y malviven) en nuestras ciudades, olvidados por casi todos: niños a los que se les ha robado su infancia.

Juegos prohibidos (Jeux Interdits, René Clément, 1952)

En los primeros minutos de Juegos prohibidos se narra el éxodo de centenares de franceses que huían de los bombardeos de la aviación nazi en junio de 1940. La niña protagonista sobrevive a esos ataques, pero pierde a sus padres. A partir de ese momento la película se centra en la relación entre la niña y el hijo menor de la familia de campesinos que la acoge.

Juegos prohibidos no es una película bélica pues la guerra queda en segundo plano casi desde el comienzo, aunque sus consecuencias, la desesperación y el pesimismo que conlleva, se filtran inevitablemente en las vidas de sus protagonistas, niños y adultos. Y para vivir en ese mundo, los dos niños protagonistas crean el suyo propio a partir de una hermosa e inocente visión de las costumbres religiosas y el lenguaje de los adultos. La imaginación y el juego como último refugio de la inocencia.

Pero para la mirada adulta, llena de teoría, llena de prejuicios, los juegos de los niños son blasfemos: son juegos prohibidos. Y esa mirada también la compartieron numerosos espectadores que consideraron que la película banalizaba la guerra. Pero ser adulto no debería impedirnos entender que el juego es parte esencial de la vida; y que la inocencia, además de una forma de mirar, es una forma de resistir.

Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, Robert Mulligan, 1962)

Los dos niños protagonistas de Matar a un ruiseñor son hijos de un abogado viudo que debe defender a un joven negro acusado de violar a una joven blanca en una población sureña durante la Gran Depresión en Estados Unidos. Antes de que el juicio interfiera definitivamente en sus vidas, los niños se dedican a pasar el verano jugando. Y sus juegos tienen como centro de atención a un misterioso vecino, al que nunca han visto, y del que se dice que es el loco del pueblo.

Una vez que el padre se hace cargo del caso de la supuesta violación, el mundo de los dos niños se transforma por completo. Es entonces cuando podemos ver cómo pierden su inocencia cuando descubren los prejuicios, el racismo y la intolerancia de los adultos. Pero en esta ocasión, a diferencia de lo que sucede en las otras películas comentadas, los niños tendrán a su padre como modelo ejemplar, un modelo de coherencia, dignidad y respeto. Así, aunque vemos cómo pierden su inocencia, también vemos cómo los niños adquieren unos valores esenciales para convivir.

En una de las conversaciones que el padre mantiene con su hija pequeña, le transmite una enseñanza que él mismo pone en práctica y que ella recordará para siempre: «Si consigues aprender una sola cosa te llevarás mucho mejor con todos tus semejantes: nunca llegarás a comprender a una persona hasta que no veas las cosas desde su punto de vista, hasta que no logres meterte en su piel y sentirte cómodamente».

La noche del cazador (The Night of the Hunter, Charles Laughton, 1955)

La noche del cazador narra el conflicto entre dos hermanos (un niño y una niña más pequeña) que pierden a su padre, y un psicópata disfrazado de predicador que logra convertirse en su padre adoptivo. La estructura narrativa es la del cuento infantil clásico, la del enfrentamiento entre el bien y el mal: frente a la inocencia de los niños, el mundo de los adultos se presenta dominado por las supersticiones religiosas, la avaricia y el fanatismo.

Si en Matar a un ruiseñor el padre viudo cuidaba y educaba a sus hijos, en La noche del cazador la madre viuda se desentiende de los suyos y se preocupa, casi exclusivamente, por su propio bienestar. Esto obliga a los niños a enfrentarse solos al mal, y por eso la película, como todo cuento infantil, está llena de crueldad, pero también de belleza.

La noche del cazador es un inquietante, pero también esperanzador canto a la fortaleza de los niños, a su capacidad para resistir en las condiciones más adversas; y es que, como dice uno de los personajes de la película, «el viento sopla y la lluvia es fría, pero los niños resisten y perduran».

*****

Quizá la pérdida de la inocencia no sea irreparable. Aunque sólo sea durante unos minutos tenemos una forma de recuperar esa mirada directa, limpia, propia de la infancia. Y es gracias al cine, a la mirada de creadores como Ray, Buñuel, Clément, Mulligan o Laughton. Igual que los niños protagonistas de sus películas descubren el mundo y la mirada de los adultos, nosotros, como espectadores, tenemos la oportunidad de hacer el camino inverso y redescubrir el mundo, volverlo a mirar como si fuera la primera vez gracias a la mirada inocente de los niños.

La inocencia es una manera de mirar y de habitar el mundo. La infancia se deja atrás cuando se pierde la inocencia. El cine ha reflejado esa pérdida irreparable en numerosas ocasiones, pero la lista de películas memorables no es muy extensa. En ella estarían La canción del camino, Los olvidados, Juegos prohibidos, Matar a un ruiseñor y La noche del cazador, cinco clásicos del cine que muestran, con veracidad y emoción, cómo los niños descubren el mundo adulto; un descubrimiento que les obliga a modificar su forma de mirar y de habitar el mundo.

En esas cinco películas se refleja lo que dijo el cineasta y escritor Robert Benayoun: «Si se considera a la infancia como una broma pesada, una letanía de angustias, de complejos y de deseos insatisfechos, una búsqueda incesante de afecto y de seguridad, una lucha perpetua contra la autoridad rígida del adulto y la tiranía necia de la razón, […] uno se pregunta cómo este período de la existencia puede ser el más feliz, el más libre, el más puro de todos». Esa felicidad y esa libertad tienen que ver con la inocencia, que el escritor Michel Tournier definió como el «amor espontáneo al ser, un sí a la vida, la aceptación sonriente de los alimentos celestiales y terrestres, ignorancia de la alternativa infernal pureza-impureza».