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Esther Longo Ruiz, una vida entre los pueblos de Campoo

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Esther Longo Ruiz vio la luz del mundo cuando la Guerra de España estaba a poco más de un mes de declararse como terminada. Eran las nueve de la mañana del 27 de febrero de 1939 en Santiurde de Reinosa, en la comarca cántabra de Campoo-Los Valles y ahí nació. Fue en el seno de una familia de raíces entrelazadas, donde lo local y lo foráneo se fundían en su historia: el apellido paterno de Esther, Longo, tenía raíces asturianas, aunque su origen más remoto apuntaba a Italia.

Fue su bisabuelo quien llegó desde Asturias para trabajar en la construcción de los túneles del ferrocarril entre Santander y Aguilar, y fue entonces cuando el apellido quedó arraigado en la zona de Santiurde de Reinosa. Esther recuerda con afecto a sus abuelos paternos establecidos en esta localidad campurriana. Su padre, Tomás, quedó huérfano de madre a los 16 años y a cargo de dos hermanas pequeñas. Desde joven asumió responsabilidades y trabajó como criado en una ganadería impulsada por un abogado madrileño afincado en Rioseco. Por parte materna, conoció a sus abuelos oriundos en este mismo pueblo. 

Esther también recuerda la historia de su madre, Teresa, nacida en Santiurde, pero que a los 15 años cruzó el océano para trabajar en Cuba en casa de un tío suyo, quien poseía una vasta finca de caña de azúcar, tan extensa que, según relataba “a caballo se tardaba siete días en recorrerla”. En el centro de la finca había una tienda y trabajaban “12 obreros negros”, a quienes el tío les pagaba y que luego gastaban su dinero en esa misma tienda. “Todo lo que oí de Cuba, se lo oí a mi madre”, explica Esther. De aquellos cinco años quedaron relatos que Esther escucharía después: jornadas de plancha que se alargaban hasta la medianoche. “Menos las toallas, todo se almidonaba. Hasta las sábanas, para que refrescara más”.

Al regresar, Teresa trabajó como sirvienta en la casa de la familia Collantes, dueños de una de las primeras fábricas lácteas de Cantabria, fundada en 1908 y ubicada en Bárcena de Pie de Concha. Fue allí donde conoció al que sería su marido, con quien se casó en octubre de 1931 y residió en Rioseco. 

Esther fue la hija del medio, nacida en casa en 1939, como era habitual en aquella época, y creció junto a su hermana Milagros (1932) y su hermano Tomás (1941).

A los tres años y medio, Esther fue llevada a vivir a Rioseco, pueblo que marcaría su infancia, adolescencia y juventud. Allí se crió, jugó por los campos, estudió y recibió una educación religiosa que la ha acompañado toda la vida. “Me educaron en la fe. Y no estaré confundida, pero yo en ella sigo”, afirma con convicción. Hizo su primera comunión en la iglesia de San Andrés y recuerda las fiestas dedicadas a los mártires San Emeterio y San Celedonio. Uno de los sacerdotes más cercanos a su familia fue José Manuel de la Serna, un hombre que, además de ser el guía espiritual, se encargaba de canalizar los envíos de dinero que el tío emigrado en Cuba enviaba.

Longo recuerda que, en su niñez, los niños acudían a la escuela de Santiurde, mientras que las niñas iban a la escuela de Lantueno. La escuela, el edificio más grande del pueblo, contaba con un local para fiestas y para el concejo, además de una vivienda para las maestras. Esther recuerda especialmente a dos de ellas: Elvira y Elisa, originaria de Zamora, quien les dio clases hasta los 14 años. Durante esos años, la escuela reflejaba las estrictas normas educativas de la época: jornadas largas, el canto del Cara al Sol al comenzar las clases y castigos severos, como pasar el día sin comer hasta las cinco de la tarde. Las aulas, con entre 15 y 20 escolares del mismo pueblo, eran testigos de una convivencia que marcaba la niñez de Esther y de muchos otros. La severidad de la educación se combinaba con la rutina rural, en la que, desde joven, Esther ya se encargaba de las labores del hogar y del campo. El trabajo doméstico era arduo: lijar madera, fregar bancos, lavar la ropa en el río y cargar agua desde la fuente, etcétera. Recuerda los tiempos sin agua corriente en casa, la ropa lavada en el río y los viajes a la fuente. La lavadora llegó cuando ya había pasado de los cuarenta.

Durante dos inviernos de su adolescencia, cuando el trabajo en el campo menguaba, Esther fue enviada por su madre a clases de costura con Sarita, en Santiurde. En un grupo de siete jóvenes, Esther, la más pequeña, empezó a trabajar con patrones de papel: primero los pintaba, luego los recortaba y, finalmente, los pasaba a la tela. Con el tiempo, fue perfeccionando sus habilidades bajo la guía de mujeres mayores que también le enseñaron ganchillo y a tejer. A pesar de su deseo de trabajar como sirvienta, como algunas de sus amigas, su madre se lo impidió, temerosa de que no encontrara empleadores adecuados. En lugar de ello, Esther comenzó a ganar algo de dinero cosiendo para sus primas, aunque su madre siempre le advertía que “gastaba antes de ganar”.

Rioseco, pequeño pueblo, vivía principalmente de la ganadería y la industria de la harina. Además de las fábricas de harina de Pesquera o El Borbollón, algunos vecinos cortaban madera y fabricaban albarcas. En invierno, se reunían a jugar a la baraja. Las fiestas locales eran esenciales, aunque las Navidades eran modestas, con regalos sencillos como mantas o naranjas. La vida en la posguerra era dura, marcada por el racionamiento. En la tienda de ultramarinos, que aún sobrevive como Piensos Santiurde, el padre de Esther vendía cestos que él mismo fabricaba para el comercio en Castilla y León.

Tras su juventud en Rioseco, Esther conoció a Rafael González Herrera, quien había regresado del servicio militar en África. En 1958, “vestida de negro”, contrajo matrimonio y, tras un breve viaje de novios a Torrelavega, establecieron su hogar en Rioseco, donde compartieron sus primeros cinco años de vida juntos. Tras casarse en 1958, vivieron cinco años en Rioseco, donde nacieron sus dos primeros hijos. El tercero nació en 1966, cuando ya residían en Aguayo, aunque Esther regresó a casa de su madre para dar a luz. Durante esa etapa, Esther se dedicó al ganado y a la crianza, además de ocuparse de las labores domésticas. 

En 1963, la familia se trasladó a Aguayo, pueblo natal de su marido. Rafael trabajaba como panadero en Pesquera y recorría a diario diez kilómetros. Cuando Helario, el dueño del obrador, se jubiló, el negocio pasó a nuevas manos. Permaneció unos siete meses en el puesto —“el tiempo suficiente para enseñar el oficio y el manejo del horno”—, antes de ser despedido.

En 1969 se establecieron en Orzales, donde vivieron durante 15 años y se integraron en el negocio familiar de panadería que regentaban los hermanos Antonio y Joaquín Ruiz, frente al embalse del Ebro. Su marido trabajó allí con Joaquín hasta la jubilación, mientras que Esther tuvo que adaptarse a un nuevo modo de vida, marcado por la distancia con su madre —los 20 kilómetros se le hacían largos en esta tierras— y por las exigencias del entorno rural: “Como había carretera, había que cuidar las vacas”. Esther asumió más horas en el trabajo ganadero y se encargó de la venta de leche a Collantes, sin dejar de lado la crianza y las tareas del hogar. Llevaba décadas trabajando cuando una vecina le animó a cotizar y, gracias a ello, pudo jubilarse a los 65 tras 12 años de aportaciones.

En 1983 compraron su propia casa en Villasuso y se mudaron al año siguiente, pero la alegría se vio truncada por una tragedia doméstica: el 3 de diciembre de 1988, una estufa provocó un incendio que arrasó la vivienda. A pesar de la devastación, la vivienda renació poco a poco. Durante tres meses, la familia encontró refugio en una casa prestada en Bustamante, con la ayuda del cura del pueblo de Orzales. Hoy en día, esa casa de Villasuso continúa siendo su hogar.

En marzo de 2010, Esther vivió una de las pérdidas más significativas de su vida, la de Rafael, tras acompañarle en sus últimos años, marcados por múltiples operaciones y un delicado estado de salud. Desde entonces, destaca los ratos con su familia, hoy en día compuesta también por tres nietas y dos nietos, y, desde sus 76 años, por un bisnieto. A pesar de la soledad de su pueblo, con escasa vecindad, Esther encontró en el Centro Comunitario Las Nieves, en Campoo de Yuso, un espacio clave que le ha brindado compañía, rutina e ilusión, hasta el punto de renunciar a su habitual estancia invernal en Santander con su hija para quedarse cerca de la comunidad que allí ha construido. “Es media vida”, dice a sus 87 años.