Pedro Pablo Solinís Llata: una guerra, un incendio, una familia, una vida
Pedro Pablo Solinís Llata nació en Santander el 29 de junio de 1930, día de San Pedro y San Pablo. Quizá por eso su propio nombre aparece unido desde el principio a una fecha señalada, casi como si la vida hubiera querido dejarle una marca de calendario.
Fue el mayor de cuatro hermanas. Después nacieron María Victoria, Margarita y María Dolores (Lolita). Su padre, Pablo Solinís Cabarga, era santanderino y trabajaba como sastre cortador; su madre, Trinidad Llata Castanedo, también santanderina, se dedicó “a sus labores”, todo lo doméstico y crianza, aunque de joven había trabajado en una tienda de juguetes.
La infancia de Pablo pertenece a una Santander que ya no existe. Nació en la calle de la Concordia —hoy Cisneros—, en un entorno de cuadras, comercios, talleres, animales de carga y mujeres renoveras —tratantes que compraban género a las campesinas en los pueblos para revenderlo en la ciudad— de los pueblos cercanos. La ciudad que recuerda era todavía una ciudad de tratos cercanos, de tiendas donde se conocía a la gente por su nombre, de lavaderos públicos, huertas, carros, lecheras, barrenderos con bueyes y niños bajando por las cuestas en triciclos de madera. “Santander era otra cosa”, asegura. No solo porque las calles fueran distintas, sino también la forma de vivirlas.
Una de las figuras centrales de aquella infancia fue su abuelo paterno, Wenceslao Solinís Abarca. Pablo lo llama “el abuelito” y lo recuerda como un hombre distinguido, siempre con sombrero, sastre de oficio y presidente de una sociedad médica de cuota, una de aquellas formas de asistencia sanitaria asociativa anteriores a la Seguridad Social unificada. En su casa había taller, máquinas de coser y una mesa de cortar bajo la que Pablo dormía de niño. Recuerda el ruido de las máquinas como una música doméstica: se quedaba dormido mientras cosían y despertaba cuando paraban. Aquella casa, era “un templo”, siempre llena de familia, de visitas, de cuñados, primos y aprendices.
Por parte materna, su abuelo Antonio Llata trabajó en los grandes almacenes Martínez Zorrilla, vinculados al comercio de tejidos, y fue también albañil. Pablo recuerda ese mundo de telas, sastres, almacenes y hombres “muy serios” como una parte esencial de su paisaje familiar. También conserva memoria de una genealogía singular: el apellido Solinís, de origen francés según el relato familiar, asociado a antepasados llegados a Santander como ingenieros o emisarios vinculados al puerto. En su relato aparece incluso el orgullo de una familia inscrita como hidalga, aunque él lo cuenta con mezcla de memoria, humor y distancia.
Su primera escuela fue el colegio de las monjas de San José. Allí recuerda a sor Carmen, sor Catalina, sor Josefa y a don Andrés, con quien hizo la primera comunión. La guerra interrumpió las clases y fue su tío Rodolfo quien le enseñó las letras en casa. Después, durante tres años, pasó por el colegio Menéndez Pelayo, donde dice que aprendió más que en ningún otro sitio, luego tuvo diferentes profesores particulares y, finalmente, durante dos años asistió la Academia Juanes, donde estudió cultura general y coincidió con el duque de Alba. Su formación fue irregular, como la de tantos niños atravesados por la Guerra Civil, la posguerra y el incendio del centro de la ciudad, pero Pablo conserva una memoria muy viva de maestros, calles y pequeños aprendizajes.
La Guerra de España le alcanzó siendo niño. Sus recuerdos no son los de quien analiza la historia desde los libros, sino los de quien retiene imágenes: sirenas, aviones, refugios, soldados, hambre, estraperlo y miedo a hablar. Recuerda a su padre repitiéndole ese “no te signifiques”, una frase que resume bien la estrategia de supervivencia de muchas familias en tiempos de violencia política
La Guerra de España le alcanzó siendo niño. Sus recuerdos no son los de quien analiza la historia desde los libros, sino los de quien retiene imágenes: sirenas, aviones, refugios, soldados, hambre, estraperlo y miedo a hablar. Recuerda a su padre repitiéndole ese “no te signifiques”, una frase que resume bien la estrategia de supervivencia de muchas familias en tiempos de violencia política. En su memoria aparecen también los soldados italianos instalados en la ciudad, que daban pan, chocolate o latas a los niños, y el hambre como una presencia constante. Su amigo Benito Cea, hijo del sacristán de San Francisco, compartía con él bocadillos cuando había poco que comer. La amistad, en ese contexto, también podía ser una forma de quitar el hambre.
La guerra dejó además una herida familiar profunda. Pablo recuerda que tres jóvenes parientes de su madre, vinculados a Acción Católica, fueron escondidos en la casa de su abuelo y detenidos allí durante los registros. Después fueron trasladados al barco prisión Alfonso Pérez donde fueron ejecutados tras el bombardeo del Barrio Obrero del Rey. Eran muy jóvenes y sus restos, según recuerda, reposan en la cripta del Cristo, bajo la catedral. Ese episodio abrió una fractura entre ramas de la familia. La memoria de Pablo conserva ese hecho no solo como episodio político, sino como drama íntimo: una madre que pierde a sus hijos, una casa convertida en lugar de captura, y una familia que tarda años en recomponerse.
El incendio que cambia todo
Pero si la guerra marcó su infancia, el incendio del centro de Santander de febrero de 1941 la partió definitivamente. Pablo tenía diez años. Recuerda primero el ciclón: su padre sentado en el suelo, la casa moviéndose, los cascotes cayendo por la Atalaya, los cables y tiestos en la calle, la decisión de salir de noche hacia la casa del abuelo. Después llegó el fuego. Su casa fue volada para intentar cortar el avance de las llamas. La familia perdió casi todo. Pablo conserva una imagen mínima y poderosa: una botella retorcida por el calor. A veces la memoria guarda un detalle que contiene la catástrofe entera.
Tras el incendio comenzó otra vida. Durante unos días fue acogido en Peñacastillo, en casa de una prima de su madre, mientras sus hermanas permanecían con su abuelo. Después, la familia encontró una buhardilla en el Alto de Miranda, junto al mercadillo. Más tarde vivieron en Barrio Camino durante un par de años y, finalmente, se instalaron en el Río de la Pila, en una casa vinculada a los hermanos Cossío y al entorno del restaurante Riojano. Desde allí se veía el Teatro Pereda que años más tarde fue derruido. Pablo viviría en aquella casa más de 30 años, hasta que se casó.
El incendio no fue solo una tragedia familiar. También transformó la ciudad. Pablo recuerda las demoliciones, los barracones, las viviendas provisionales, la reconstrucción y la sensación de que Santander perdió una parte de sí misma. La Plaza del Príncipe, las callejuelas, los comercios, la Plaza del Pescado, los cafés, la catedral anterior al fuego, las Atarazanas o la vieja trama urbana aparecen en su relato como fragmentos de una ciudad borrada. Para él, la reconstrucción tuvo algo de pérdida y de injusticia: levantó una ciudad nueva, sí, pero no necesariamente pensada para quienes lo habían perdido todo.
En la proyección del documental ‘La memoria no arde’, el propio Pablo volvió a caminar por aquellas calles a través de las imágenes, sumando recuerdos y detalles de una ciudad que permanece viva en su memoria.
A los 14 años su padre le propuso bajar a ayudar en 'Arce', una tienda de artículos de vestir de calidad. Lo que empezó como una ayuda se convirtió en oficio. Su primer recado —aún lo recuerda— fue llevar un encargo hasta Canalejas, en Puertochico, a Luz, una camisera. Después vinieron miles de escaleras, repartos, clientes, mostrador y aprendizajes. En 'Arce' pasaron más de tres décadas. Allí se formó como dependiente y hombre de confianza, en un comercio elegante entre artículos ingleses, cachemires, guantes, ropa de caballero y clientes de todas las clases.
Su profesión también le llevó a la capital española, donde durante tres años trabajó en la tienda de 'Arce' junto al Congreso, en la Carrera de San Jerónimo. Vivió en una pensión cerca de la Puerta del Sol y conoció otro tipo de señorío, otra manera de comercio y de ciudad. Pero un tío suyo no quería que continuara en Madrid y le buscó trabajo en 'Ribalaygua', en Santander. El cambio fue rápido: de un sábado a un lunes dejó Madrid y empezó una nueva etapa en el gran comercio santanderino.
Pablo hizo el servicio militar en Burgos, en torno a 1951. Allí trabajó como mecanógrafo en la Jefatura de Sanidad Militar. De aquella etapa conserva una anécdota que cuenta con orgullo: cuando tuvo que ausentarse, fueron necesarias dos personas para sustituirlo y sacar adelante las tareas que él asumía solo.
No todo lo importante sucede en los primeros capítulos de una vida. El amor llegó tarde, pero a tiempo para compartir mucho. En 'Ribalaygua' conoció a la mujer con la que compartiría la vida: Corsina Dorsal Díaz, quien trabajaba en una oficina del mismo edificio. La primera invitación fue a misa. Se llevaban doce años: ella tenía 28 y él 40 cuando se casaron, en 1970, en una boda familiar celebrada en Las Reparadoras. La celebración fue en El Sardinero y el viaje de novios, en Londres. Aquel matrimonio, según Pablo, fue feliz. Compartían el dinero, las decisiones y los viajes. Muchos destinos se sucedieron: Mallorca, Inglaterra, y otros más. Él lo resume con una sencillez que pesa más que cualquier adorno: “Fui muy feliz”.
Tuvieron dos hijos, Pablo y Rosa, y cuatro nietos. Después de la muerte de su mujer, a los 60 años, por un cáncer de páncreas, Pablo quedó marcado por una ausencia difícil.
Hoy la familia ocupa un lugar central en su vida. Habla de sus nietos con orgullo, de Paula y Daniel, de Pablo y Valeria, de lo que estudian, de lo que han recibido de los abuelos y de lo que, seguro, lograrán. Sus últimos años en la profesión, tras 'Arce' y 'Ribalaygua', fueron en 'Custom', una tienda de ropa en la calle Lealtad, frente a la catedral. Se jubiló a los 65 años, aunque siguió trabajando un tiempo más para ganar algo de dinero.
El niño de los recados terminó con toda una vida detrás del mostrador, viendo cambiar la ciudad y la sociedad desde el comercio.
Hubo otros espacios para tomar aire. Durante unos 40 años, Liébana fue para él otro lugar de pertenencia: una casa, una familia de acogida, vendimias, comidas, amistades y una forma de sentirse esperado. También tuvo aficiones sencillas y constantes: la música, la zarzuela, la guitarra, el trato con grupos de amigos, las excursiones, los viajes y, recientemente, el ajedrez por internet en la tablet, donde llegó a destacar hasta que los problemas de vista le obligaron a dejarlo.
La religión fue otro de los grandes recorridos de su vida. Fue un creyente fervoroso, de misa, comunión, ejercicios espirituales, Acción Católica, visitas a iglesias y relación cercana con sacerdotes y canónigos. Recuerda a Ángel Herrera Oria como su guía espiritual. Frecuento espacios como Santa Lucía, la Compañía, los Jesuitas, la catedral y Las Salesas. Sin embargo, con el tiempo, esa fe se quebró. No por un único hecho, sino “por la acumulación de incoherencias entre lo que se predicaba y lo que veía”. Pablo habla hoy desde un ateísmo convencido, pero su ateísmo no borra la importancia que la religión tuvo en su formación. Al contrario: muestra el trayecto de alguien que creyó mucho antes de dejar de creer.
En la actualidad, en su vejez, Pablo vive en la residencia San Cándido. Al principio no era lo que deseaba, pero se integró bien. Valora estar atendido, haber hecho amistades y, sobre todo, que su familia “pueda estar tranquila”. Mira la edad con una lucidez dura: “La edad te quita vida, vista, oído, todo”. Pero no habla desde la queja, sino desde, la aceptación y verdad. Sabe que la vida le ha quitado cosas, pero también que ha dejado algo: una familia, una memoria detallada y una manera de contar en la que cada calle abre otra calle, cada nombre trae otro nombre y cada recuerdo sostiene un mundo desaparecido.