De maíz, kiwi y arándano a tinto y aguacate: así afecta a las plantaciones el cambio del clima en Cantabria
Un experto en cultivos tropicales vio claro en 2024 el negocio del aguacate cántabro: “Si yo pudiera, a los clientes que tengo, llevarles aguacate de calidad como el que se puede producir aquí... me lo quitan de las manos”. Juan de Dios García, que cultiva aguacate, mango y chirimoya en Málaga, habló en la que fue la primera jornada técnica de cultivo de aguacate en Cantabria. De entonces a ahora, la producción aumenta muy lentamente, pero refleja cómo el cambio climático y la búsqueda de rentabilidad reconfiguran las tendencias en los usos del suelo en una región cuya climatología dista de la tropicalidad.
Hace más de cien años que Cantabria es una región caracterizada por un uso principal del suelo: pasto para dar de comer a las vacas. El negocio de producir para alimentar a la ganadería —vaca de leche y de carne— ha marcado la economía y ha cambiado el paisaje de la comunidad. Aún hoy marca el uso mayoritario del suelo, principalmente para la producción de hierba (para pasto directo, siega o silos) y también para maíz forrajero, pero “se encuentra en clara recesión” por los altos costes y la falta de relevo generacional en el campo.
Así lo advierte Roque Sainz de la Maza, presidente del Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos y Peritos Agrícolas de Cantabria. Cuenta que funciona porque es un cultivo rentable con un valor añadido y producción altos, pero confirma un cambio de tendencias en los usos del suelo desde hace 30 años y “sobre todo”, en los últimos 15 años.
El aguacate representa la tendencia más reciente por dos razones: el cambio climático con temperaturas aún más suaves y la reducción de las heladas en la costa. Pero su producción es muy minoritaria con apenas 20 hectáreas y unos 13 productores, según estimaciones del CIFA, siglas del centro encargado de la investigación agraria del Gobierno de Cantabria, que acaba de organizar otra jornada técnica alrededor de este árbol.
“La inversión histórica ha sido y es en pasto, hubo una invasión de pasto, pero la climatología y la orografía -con una riqueza de suelos poco explorada- ofrecen alternativas”, advierte Eva García, investigadora especialista en hortofruticultura del CIFA, sobre una región en la que el tomate y la patata son cultivos localizados, de mucho autoconsumo, pero con esfuerzos de producción mayor.
Del kiwi al arándano
El primer intento de dar una alternativa al suelo del suelo fue con el kiwi, a finales de los ochenta. Significó la primera “gran ola” de cultivos alternativos para diversificar la producción tradicional. “Empezó con mucha fuerza porque el clima era el ideal y tenía muy poca necesidad de riego” por la lluvia, explica Sainz de la Maza. “La gente plantó kiwis porque era una oportunidad de negocio pura y dura”, pero faltó especialización técnica para afrontar el cultivo y las plagas que vinieron.
Luego, la competencia extranjera fue brutal, sobre todo de Nueva Zelanda y países sudamericanos, relata el experto, por lo que el precio se desplomó. Muchos dejaron de cultivar kiwi y los que resisten, afrontan problemas de drenaje que han diezmado las plantaciones.
El kiwi empezó a convivir, a mediados de los noventa, y con especial impacto en los 2000, con el arándano, que había sido probado primero en Galicia y Asturias. “Fue la segunda oleada, la segunda panacea... se adaptó relativamente bien en Cantabria”, rememora Sainz de la Maza: “Se adaptó bien al clima húmedo y requería menos agua que el kiwi”.
El cultivo de arbustos de frutos rojos, especialmente de arándano, tenía el reto agregado de que las plantas suelen estar sujetas al pago de patentes, por lo que el gasto inicial fue mayor. “Al principio, iban muy poquito a poco, se plantearon algunas explotaciones pequeñas, pero surgió el problema de la comercialización”. Aunque ahora se vende arándano en los supermercados, el reto fue cómo exportarlo, porque es un fruto primordialmente consumido en el norte de Europa.
Con el paso del tiempo, la producción de arándano en Cantabria se concentró en menos manos. En muy pocas manos, de hecho. Hoy son no más de cinco productores sólidos y que han logrado introducirse “con éxito” en los canales de exportación de Francia hacia arriba. Ahora, “la gente planta dos o tres variedades distintas para tener toda la campaña de manera continuada”, explica el presidente del colegio.
Hoy son alrededor de 190 hectáreas de suelo dedicadas al arándano, según datos del CIFA. El último reto de los que aguantan con la producción de arándano es el clima. “Hay que hacer aportes de agua porque, si no, las plantas se asuran”. Este verbo, asurarse, se traduce en que a una planta de arándano le dé un golpe de calor y se seque de golpe, algo que está sucediendo con el incremento de jornadas de calor extremo, por lo que tienen que invertir en infraestructuras de almacenamiento de agua, que antes no eran necesarias.
Del vino (pasando por la patata) al aguacate
Desde los dos miles, la tendencia ha sido usar el suelo para vino, sobre todo vides de blanco joven. A diferencia del kiwi y el arándano, la implantación ha sido más gradual y más técnica. “La gente que se ha dedicado al vino, en su mayoría, son gente más mucho más profesionalizada”, opina Sainz de la Maza, sobre unos productores de vino en Cantabria, que han dependido mucho de la ubicación exacta de la finca: “Una orientación al norte puede suponer el fracaso total de la cosecha”, explica.
Junto al blanco, más recientemente, se ha empezado a hablar de producción de tinto. “Han llegado productores del sur de Castilla, nombres muy importantes, a producir en Cantabria”, avanza Roque Sainz de la Maza, que destaca las posibilidades del régimen hídrico y térmico de Cantabria, que permite variedades “imposibles” en la meseta castellana. “Ha atraído el interés de grandes grupos bodegueros nacionales”, reconfirma.
“Vides hubo hace mucho tiempo en Liébana y Valderredible, solo que se dejaron de producir y se fueron asilvestrando”, evoca Eva García, investigadora del CIFA, que reivindica también “el auge” de la producción de patata de Liébana, como una apuesta sostenida y alternativa a las modas, igual que Sainz de la Maza reivindica las posibilidades de la nuez y las castañas. “Muchos vienen queriendo explotar algo rápido, pero hay que ser prudentes”, reivindica sobre las tendencias en los usos del suelo y, en particular, con el arándano o el aguacate.
Desde 2018, García registra las posibilidades del aguacate en Cantabria. Algunos productores se atrevieron desde entonces, cuando el Gobierno registró unas 13 hectáreas de producción en la región. Para 2020, la investigadora plantó las primeras variedades en el vivero que el Gobierno tiene en Villapresente (Reocín), donde hoy dispone de diez variedades de aguacate, en cerca de 3.000 metros cuadrados de este producto subtropical. Seis años después, mantiene la prudencia sobre los resultados.
Sobre el cultivo de aguacate cántabro, que el Colegio de ingenieros y peritos agrícolas sitúa en los últimos tres años, también advierte de que tiene un alto riesgo hídrico: incluso para Cantabria, el aguacate demanda mucha agua. “El problema que tienen los los ríos de Cantabria es que son muy cortos, con un régimen relativamente torrencial, tienen mucho caudal cuando llueve, y el día que no llueve, el caudal es mínimo. Extraer aguas de de los de los cauces fluviales en verano puede ser algo catastrófico”, alerta Sainz de la Maza.
“El aguacate necesita suelos muy drenados, la orientación es muy importante por el viento: cada finca es un caso”, matiza Eva García. Además, dice la experta del CIFA, los recientes eventos de olas de calor en mayo afectan a la floración del aguacate, porque son temperaturas excesivas para su cultivo. “Pero, sobre todo”, agrega Sainz de la Maza, “faltan estudios de viabilidad económica actualizados” elaborados por el Gobierno de Cantabria que evidencien las posibilidades que indiquen si el aguacate se quedará en tendencia, será una moda, o cambiará el uso del suelo de Cantabria de amarillo forrajero a verde aguacate.