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La radio terapéutica que sintoniza con la salud mental: “Quien escuche el programa nos verá de otra manera”

“Por una mala jugada con el novio que falleció, ingresé aquí. Vine hecha un destrozo”. Blanca lleva trece años dentro. Aún utiliza un anillo en el dedo anular de su mano derecha. Los pasillos del Centro Hospitalario Padre Menni son laberínticos: suben y bajan y se bifurcan. El centro funciona como una pequeña ciudad al margen de los tiempos del mundo exterior.

Entre pacientes y personal, las mañanas del hospital concentran unas 600 personas. Es un murmullo constante, una suma de rutinas que se repiten. Entre ese ir y venir, Blanca, Guti, Marijo y Fran caminan hacia un cuarto pequeño al fondo de uno de esos pasillos. No parecen distintos a los demás. Lo son cuando se sientan frente a un micrófono.

El estudio bautizado con el nombre del locutor cántabro Hugo Lebaniegos cabe en pocos metros: una mesa céntrica, su consola de mezclas, varios micrófonos, cables que se cruzan en un desorden lógico. En las paredes, fotos con invitados del programa —Emilio Butragueño, Antonio Resines o Alberto Núñez Feijóo— y, en un lateral, un cartelito con la leyenda: “No somos perfectos pero somos muy felices”.

Cuando se cierra la puerta, el sonido de fuera desaparece. La espuma acústica cubre las paredes. Dentro no hay pacientes, hay reporteros, melómanos, lectores y viajeros. Amenízate Radio lleva ya nueve años emitiéndose desde este cuarto: un programa mensual de cuarenta minutos, diseñado y locutado por pacientes del centro de salud mental, con secciones de noticias, cultura, música, meteorología, recetas y rutas por Cantabria.

Emma Carmona es coordinadora de integración social en la Fundación Hospitalarias Cantabria. Llegó a encabezar el proyecto sin ninguna experiencia sobre el tema. “A mí lo que me dijeron es: tú a la radio, te toca hacer radio. Yo no tenía ni idea —dice con su voz clara—, estaba igual que ellos: no sabía nada”. Nueve años después habla del programa con una seguridad quirúrgica: “Ellos se sienten importantes. La autoestima crece bastante. Ha habido muchos pacientes que han pasado por aquí y que hoy en día ya están dados de alta”.

Han llevado las emisiones a diferentes espacios que se prestan para ello, desde colegios hasta ferias por distintos espacios de Cantabria. “Con este programa —resalta Emma— lo que más busca el hospital es romper el estigma de la salud mental, tanto en los propios pacientes como en quienes los escuchan”.

Juan Carlos es el primero en hablar. Se apellida Gutiérrez. “Pero Gutiérrez tres veces”, aclara. Su nombre completo es Juan Carlos Gutiérrez Gutiérrez Gutiérrez, le apodaban Guti, vaya a saber por qué. Tiene 54 años, su álbum favorito de Pink Floyd es The Wall y se encarga de seleccionar la música para el programa. Dedicó su vida a la peluquería por tres décadas, hasta que hace siete años, fue ingresado al hospital por problemas de adicciones.

Frente al micrófono, Guti es otro: “Lo que más aparece son mis vivencias musicales”, resalta. Le gustan más los días de grabación que los días en los que se reúnen a preparar el programa —“esos me aburren un poco”—, pero en cuanto se pone los cascos algo cambia. “Creo que alguien va a escuchar esto y les va a gustar —dice mientras se entretiene con la cremallera de su chándal azul rey—, entonces lo presento contento”. Sus compañeros aseguran que tiene muy buenas selecciones musicales, él sonríe y admite que a veces el equipo le impone alguna canción.

Lo que el programa le ha dado lo resume con simpleza: “He descubierto que he sido capaz de hacer algo”. Y añade, sobre la convivencia dentro del hospital: “Aquí no es fácil, y cuando te metes en la radio te olvidas un poco de las malas historias que puede haber”. Ser constante tampoco lo es, admite. Pero ayuda.

Las adicciones empezaron joven. Las dejó, las retomó, las dejó otra vez. “Las recaídas son muy malas”, dice sin adornos. Es la frase más corta que pronuncia en toda la entrevista, quizá la más exacta. “He pasado de la muy buena vida que tenía a una vida mala y ahora ya un poco mejor”, resume finalmente.

Ese sube y baja es una constante en el centro. María José Sánchez lo conoce bien. Fue ingresada después de una depresión severa y tres intentos de suicidio. “En el tercer intento llamaron al asistente social para ver si me podían meter aquí”, explica. Lleva quince años. Hoy es la encargada de la sección de noticias de Amenízate Radio.

Marijo —como la llaman sus compañeros— tiene 62 años, su estatura contenida, sus manos regordetas, su voz áspera y una carcajada que aparece sin avisar. A lo largo de su vida ha hecho de todo: ha cuidado ganado, ha trabajado en hostelería, en limpieza y hasta ha sido segurata.

Dice que cuando se sienta frente al micrófono se convierte en periodista, aunque matiza entre risas que no lo hace ni bien ni mal: “Nadie aquí es profesional”. A ella lo que le gusta es que la gente la escuche. “Tanto la gente que no tiene nada que ver con nosotros como los familiares que tengo por ahí un poco lejanos, pues que me oigan, aunque sea por la radio, ya que no puedo verlos ni me pueden ver”.

Ella es la única del grupo que resalta el contacto con las redes personales que tiene fuera del hospital. También es la más explícita sobre la importancia de espacios como este, que acercan la realidad de los pacientes al mundo exterior. “La salud mental es importante para todos”, dice. “No somos solo los de dentro, somos los de fuera también. Quién dice que mañana no puedas ser tú, pueda ser el otro, a quien le pase lo mismo”.

Francisco Javier Arce no piensa en los oyentes. Tiene la voz profunda, habla despacio y carraspea continuamente. A sus espaldas carga con 63 años de una vida que él describe como “bastante estrambótica”. Se dio a la mala vida desde los 14 años. Comenzó con la marihuana y a los pocos años cayó en la heroína: “Ahí sí que perdí muchos puntos”, se lamenta. Ha pasado por muchos trabajos diferentes, desde albañil hasta reparando motores eléctricos. Hoy en día lleva la sección Pueblos de Cantabria en la radio.

Al entrar al estudio se convierte en otro. “Cuando grabamos, dejo fuera lo que es el paciente y me siento como si fuera un reportero”, dice con seguridad, como quien constata algo que lleva tiempo siendo verdad. Le gusta presentar. Cuando le toca, dice, “me la gozo de verdad”.

Fran resalta su compromiso con el proyecto: “Nunca pensé que iba a estar en un estudio así, ni que iba a hacer lo que estoy haciendo. Y cuando me he visto involucrado de esta manera, he dicho: pues a darlo todo. Y en ello estoy”. La radio le sirve principalmente para ordenar sus pensamientos. Cada vez que graban un programa, dice, se siente a gusto. Emma da fe de ello posteriormente: “Si bien Fran ha tenido ingresos, altas y reingresos, siempre engancha con la radio cuando va y viene”.

El camino de Blanca Garzón ha sido menos cambiante. Lleva trece años en el mismo sitio. Es esbelta y serena, habla con claridad académica. Tiene 68 años y estudió magisterio. Se describe a sí misma como “simpática, alegre, habladora y empática”. Preparó oposiciones, hizo sustituciones. Después llegó la niebla, cuando falleció su novio hace trece años. Desde entonces reside aquí y se encarga de la sección cultural del programa. Cada mes lee un libro y lo comenta para sus oyentes. Le es imposible elegir un favorito: ha leído varios. El género que más le gusta es la novela histórica: “algo un poco historiado, que te cuente alguna cosa seria. No me gustan las novelas cursis o de romances”, dice, y ríe. El libro que la ha atrapado estos últimos días se titula 'Suéñame', de un joven escritor cántabro.

A Blanca le gusta planear el programa, disfruta las reuniones previas y el trabajo que implica preparar una emisión. Es la única de las cuatro que menciona las reuniones como algo que le gusta, no como algo que tolera. La radio la mantiene entretenida y la abstrae de su realidad. Además, destaca el doble efecto del programa. Su idea es central: “Quien escuche el programa, nos verá de otra manera, eliminando muchos de los estigmas que existen sobre las enfermedades mentales, y esto a su vez, nos ayuda también a nosotros a quitarnos la idea de enfermos para hacer el trabajo en sí”.

La experiencia como columna vertebral

Así como estos cuatro locutores, hay otros tres —Rafa, Ana y Josefa—, y detrás de todos ellos, hay dos personas que no salen al aire. Una es Emma. La otra es quien le da el nombre al estudio: Hugo Lebaniegos.

Hugo ha estado vinculado a la radio toda su vida. Ha pasado por todos los espacios posibles: desde técnico hasta locutor de su propio programa en Onda Cero, que mantuvo por más de 20 años. Una incapacidad visual lo obligó a dejarlo: “No lo podía desarrollar como yo quería”, dice. Una vez jubilado, Amenízate Radio se le presentó como una posibilidad para seguir vinculado con el medio. La tomó. Es voluntario desde hace nueve años.

Que el estudio lleve su nombre es, dice, uno de los momentos más importantes de su vida. “Es difícil explicar que alguien te rinda un homenaje en vida, que te digan que tu nombre vale para representar y para animar lo que pasa en un estudio”, comenta entre risas, como si él mismo aún lo creyera del todo.

Su trabajo en el programa consiste en transmitir lo que sabe: cómo se genera un programa, qué es una cuña, qué es un jingle, cómo se buscan los temas, cómo se prepara una entrevista, la importancia del trabajo en equipo. Su papel es importante en el previo: “Esas reuniones donde realmente se gesta lo que después va al aire”.

Hugo conocía la capacidad terapéutica de la radio, sobre todo en el sentido de control de emociones: “Como locutor no se puede decir todo lo que piensas, tienes que saber hasta dónde tu opinión debe influir en lo que dices o cómo lo dices. Esto ayuda a conocerte y saber controlarte mejor”.

Sobre el estigma, Hugo es tajante: “No son bichos raros. Esta es gente normal, que en algún momento ha pasado por situaciones que los han empujado hacia un trastorno mental”. Evoca una imagen que ilustra la complejidad que enfrentan los pacientes: “Tú ves a una persona con una discapacidad muy visible y la entiendes, pero ves a una persona con enfermedad mental y parece que vas al autobús y no te quieres sentar al lado suyo”. Él también venía con ese respeto, dice. Le enseñaron a darse cuenta.

Su forma de trabajo y tutoría se basa en un simple sistema: “Si te lo hago yo, no lo estás haciendo tú. Ellos son los auténticos trabajadores y protagonistas. Nosotros no salimos en antena”.