La última primavera de 55 árboles de Santander que serán eliminados por el Ayuntamiento

Olga Agüero

17 de mayo de 2026 06:02 h

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Esta será la última primavera para más de medio centenar de árboles urbanos de Santander que esperan una sentencia de muerte, un invierno infinito. Los brotes inocentes de las nuevas hojas que alumbra mayo crecen en las ramas, pero dentro de unos días llegarán unas máquinas que arrancarán las raíces a la tierra, los cimientos que les enhebran a la vida, y derribará los árboles. Las ramas caerán abruptamente sobre las aceras que siempre han mirado desde la altura. El tronco se vencerá herido. Al poco, la savia dejará de circular y las hojas se marchitarán de tristeza.

El paisaje quedará huérfano de cinco árboles que resultan incómodos para las aceras. Otros 55 desaparecerán de una de las vías de entrada a la ciudad, la calle Antonio López. Más de medio centenar que ahora han sido reasignados a la condición de invasores. De repente, los Ailanthus altissima -los árboles del cielo, que llaman- han pasado a ser nocivos y deben ser eliminados porque son una especie invasora incluida en el catálogo estatal por su ambición colonizadora, ya que se les atribuye una enorme capacidad de rebrote que amenaza a las especies autóctonas. No es el caso de los ejemplares de esta acera que alineados en uno de los lados de la calle no han podido multiplicarse sobre el asfalto.

En el mismo naufragio la tormenta municipal arrancará de la tierra otros ejemplares que no son malos, pero que están ahogados por los adoquines. Sus raíces han intentado sobrevivir empujando el cielo de hormigón que las asfixia y reventando las costuras de las aceras. Ellos estaban primero, antes de que los alcorques se fuesen haciendo cada vez más pequeños, cada vez más ceñidos al tronco, que les impiden respirar. Las autoridades municipales anuncian que les van a sustituir por carpinus betulus, una especie «mejor adaptada al entorno urbano y climático de la ciudad», ejemplares pequeños que alcanzan entre 15 y 25 metros cuadrados y tiene raíces poco profundas que se extienden superficialmente.

La alcaldesa de Santander, Gema Igual, anunció el otro día la sentencia de muerte. Dijo que por razones “avaladas técnicamente” se van a talar estos cinco árboles de las calles Calvo Sotelo, Rualasal, Canalejas, Tetuán y Jesús de Monasterio. “Como último recurso”, justificó porque antes de tomar la solución más extrema se valoran otras opciones como modificar la acera o ampliar el alcorque. En los árboles de Rualasal y de Calvo Sotelo no se han proporcionado los últimos auxilios. Durante estos años lo único que han hecho sus raíces es seguir tratando de respirar, pero no se ha ampliado el perímetro verde a su alrededor.

Las raíces han reventado las losetas y levantan la acera, ahora una superficie irregular que puede provocar traspiés y caídas. Delante de la plaza de Atarazanas, en la Catedral de Santander, un frondoso liquidámbar junto al paso de peatones apura sus últimos días. Ya no habrá otro otoño que tiña de ámbar sus hojas. También sus raíces, cercenadas por un alcorque diminuto, han ido abriendo grietas en el cemento. Mientras tanto sobrevive como habitual soporte del cartel del autobús turístico de Santander, que cada mañana abrazan a su tronco con un alambre. “Mira, al fin lo va a quitar el Ayuntamiento, es que mira cómo está de mal la acera”, comenta un hombre a su acompañante mientras esperan el semáforo verde.

Otro ejemplar de la misma especie en Rualasal, cuya altura alcanza hasta el tercer piso de los edificios, correrá la misma mala suerte. Algunos vecinos se han quejado reiteradamente al Ayuntamiento del mal estado de la acera. Tampoco se amplió el perímetro verde del árbol. Ahora las raíces han alterado gran parte de la acera, rota y levantada, donde ha habido tropiezos y algunas caídas de peatones. La ubicación del ejemplar coincide con la salida del garaje del edificio Coliseum. Aunque también hay vecinos que lamentan que se vaya a talar “un árbol tan bonito que lleva tanto tiempo aquí”. “Tal como está la acera es un peligro, pero también da pena talar un árbol tan bonito que lleva tantos años aquí”, lamenta Rosa. Es uno de los cuatro grandes ejemplares que quedan en la Plaza de los Remedios, delante del actual hotel. En el resto de la calle se plantaron -solo en una de las aceras- ejemplares de mucho menor porte.

Además de la pérdida de estos sesenta ejemplares, entre talas y traslados, en la ciudad hay también palmeras enfermas por la plaga del picudo rojo. Pocas sobreviven. Actualmente están afectadas 67 de las cuatrocientas que hay en lugares públicos, aunque suman algunas más con las de fincas particulares.

Santander presume de tener 63.000 árboles pero están más concentrados en parques y zonas verdes. Las calles y jardines del centro -como los de Pereda- han ido perdiendo ejemplares en los últimos años o han sido sustituidos por algunos menos frondosos.

Otro árbol de ambar desaparecerá de la Alameda primera, en Jesús de Monasterio. También tiene los días contados el tulipero de Tetuán. Y un olmo viejo y triste de Canalejas que tampoco sobrevivirá a la primavera.