Pasear con un delfín dentro

Escribe Kirmen Uribe que “un migrante que huye de la guerra / lleva un delfín dentro”, también porta un delfín el niño que se viste de chica, un desertor, una enfermera, una cooperante, un músico que toca en la calle… Los versos del escritor vasco definen con precisión que “ser amable, saber perdonar, alegrarte por los /demás / es llevar un delfín dentro”. Por eso, en tiempos de furor guerrero, de tercos individualismos, de cierta indiferencia ante el dolor del otro, coincidir con gente que lleva un delfín dentro es bálsamo, posibilidad, alimento para la esperanza.

Los espacios amables, donde se sabe perdonar el desliz, en los que cada cual se alegra por cada uno, son bahías repletas de delfines en las que sumergirse para liberarnos de nuestro pasado, o para, como mínimo, reconciliarnos con la vida. Eso ocurría ayer en Felisa 2022. La impresión es que había mucha gente paseando con un delfín dentro. La calle –la plaza, en este caso- deja de ser el lugar ruidoso y sucio por el que esquivar individuos, para convertirse en una bahía calma en la que disfrutar de lo imposible.

Hablo con una chica muy joven y me cuenta cómo se refugia en los libros cuando la duda la acosa. Hablo con dos mujeres mayores que confiesan estar durmiendo mejor tras pasear y disfrutar de Las Noches de Felisa. Si esta bahía de delfines junto a la hermosa Bahía de Santander logra esos arrullos, es que la palabra sigue siendo valiosa en el mundo de las criptomonedas y los absurdos.

La navegación en esta peculiar bahía instalada temporalmente en La Porticada nos lleva de los rostros fascinados de unos 30 niños y niñas que hacen posible un cuentacuentos, a las conexiones que provocan los premios literarios (en este caso del Gobierno de Cantabria) y que nos permiten conocer a un poeta manchego sin prisa y a un narrador onubense que pudo suspender la pasión (de escribir) por 25 años hasta necesitar con ansias el teclado; de la conversación de dos amigos (Jimmy Barnatán y Álvaro Machín) que convierte en salón de la casa el atestado café literario de Felisa a la masiva presentación de Kirmen Uribe en el que el respeto es ritual y la memoria eje de rotación del universo; de los descubrimientos del turista que se topa con la Feria del Libro sin saber que se iba a dar de bruces con esta bahía cargada de sueños a la íntima celebración musical de Inés Fonseca y Carmela para recordarnos de la mano de Hierro que “todo no es más que nada” pero que esa nada la podemos combatir entre todos.

Terminó Uribe su intervención de ayer en Felisa con los versos que cierran su libro y termina esta crónica con el aplauso cerrado que provocaron: “Inventemos y nombremos esos nuevos mundos, / donde puedan convivir delfines, lamias renacidas / y seres humanos. / Diferentes y únicos”.

Escribe Kirmen Uribe que “un migrante que huye de la guerra / lleva un delfín dentro”, también porta un delfín el niño que se viste de chica, un desertor, una enfermera, una cooperante, un músico que toca en la calle… Los versos del escritor vasco definen con precisión que “ser amable, saber perdonar, alegrarte por los /demás / es llevar un delfín dentro”. Por eso, en tiempos de furor guerrero, de tercos individualismos, de cierta indiferencia ante el dolor del otro, coincidir con gente que lleva un delfín dentro es bálsamo, posibilidad, alimento para la esperanza.

Los espacios amables, donde se sabe perdonar el desliz, en los que cada cual se alegra por cada uno, son bahías repletas de delfines en las que sumergirse para liberarnos de nuestro pasado, o para, como mínimo, reconciliarnos con la vida. Eso ocurría ayer en Felisa 2022. La impresión es que había mucha gente paseando con un delfín dentro. La calle –la plaza, en este caso- deja de ser el lugar ruidoso y sucio por el que esquivar individuos, para convertirse en una bahía calma en la que disfrutar de lo imposible.

Hablo con una chica muy joven y me cuenta cómo se refugia en los libros cuando la duda la acosa. Hablo con dos mujeres mayores que confiesan estar durmiendo mejor tras pasear y disfrutar de Las Noches de Felisa. Si esta bahía de delfines junto a la hermosa Bahía de Santander logra esos arrullos, es que la palabra sigue siendo valiosa en el mundo de las criptomonedas y los absurdos.

La navegación en esta peculiar bahía instalada temporalmente en La Porticada nos lleva de los rostros fascinados de unos 30 niños y niñas que hacen posible un cuentacuentos, a las conexiones que provocan los premios literarios (en este caso del Gobierno de Cantabria) y que nos permiten conocer a un poeta manchego sin prisa y a un narrador onubense que pudo suspender la pasión (de escribir) por 25 años hasta necesitar con ansias el teclado; de la conversación de dos amigos (Jimmy Barnatán y Álvaro Machín) que convierte en salón de la casa el atestado café literario de Felisa a la masiva presentación de Kirmen Uribe en el que el respeto es ritual y la memoria eje de rotación del universo; de los descubrimientos del turista que se topa con la Feria del Libro sin saber que se iba a dar de bruces con esta bahía cargada de sueños a la íntima celebración musical de Inés Fonseca y Carmela para recordarnos de la mano de Hierro que “todo no es más que nada” pero que esa nada la podemos combatir entre todos.

Terminó Uribe su intervención de ayer en Felisa con los versos que cierran su libro y termina esta crónica con el aplauso cerrado que provocaron: “Inventemos y nombremos esos nuevos mundos, / donde puedan convivir delfines, lamias renacidas / y seres humanos. / Diferentes y únicos”.

Escribe Kirmen Uribe que “un migrante que huye de la guerra / lleva un delfín dentro”, también porta un delfín el niño que se viste de chica, un desertor, una enfermera, una cooperante, un músico que toca en la calle… Los versos del escritor vasco definen con precisión que “ser amable, saber perdonar, alegrarte por los /demás / es llevar un delfín dentro”. Por eso, en tiempos de furor guerrero, de tercos individualismos, de cierta indiferencia ante el dolor del otro, coincidir con gente que lleva un delfín dentro es bálsamo, posibilidad, alimento para la esperanza.

Los espacios amables, donde se sabe perdonar el desliz, en los que cada cual se alegra por cada uno, son bahías repletas de delfines en las que sumergirse para liberarnos de nuestro pasado, o para, como mínimo, reconciliarnos con la vida. Eso ocurría ayer en Felisa 2022. La impresión es que había mucha gente paseando con un delfín dentro. La calle –la plaza, en este caso- deja de ser el lugar ruidoso y sucio por el que esquivar individuos, para convertirse en una bahía calma en la que disfrutar de lo imposible.