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OPINIÓN | 'Echar leña al fuego', por Marco Schwarzt

La palabra (y la música) amanecida

Los indígenas murui-muinane de la Amazonía saben lo que es sobrevivir al apocalipsis. La mayoría fueron literalmente secuestrados por la angurria capitalista de la empresa angloperuana Casa Arana en la época conocida como “La fiebre del caucho”. Algunos escaparon con vida de los trabajos forzados y la muerte segura en la selva y reconstruyeron su comunidad. Ahora, cada noche, cuando el cansancio asoma y todo se nubla, entran en silencio en la maloca, su casa común, ‘mambean’ polvo de coca, conversan durante horas y salen con “la palabra amanecida”. ¿Qué demonios tendrá esto que ver con Felisa 2022, la Feria del Libro de Santander y Cantabria?

Pues el asunto es así. Entras a la Plaza Porticada empujando el cuerpo y el ánimo, te sientas en una silla blanca de plástico blanca cuyas patas han aguantado a cientos de personas como tú –o tan diferentes a ti- en otros tantos actos y, de pronto, las palabras (y las músicas) acarician tu alma hasta que sales del recinto con la palabra amanecida y el corazón más contento. Pura serotonina natural. ¿Cuándo ocurre eso? Por ejemplo, este sábado 2 de julio, cuando el pequeño milagro gentil se pudo registrar en varios puntos de la plaza (primero con las recetas literarias de Chiki y Ana Fabregat prescribían con el bolígrafo de la ternura, después en el Café Literario y la presencia generosa de Fran Renedo). Pero centrémonos en otros dos momentos. El de Belén Gopegui, por ejemplo. Escritora de método caótico, de voz con textura de caricia, pelo blanco, zapatos de trekking -por si la cuesta de la vida se hace insoportable-, tímida quizá… Ayudada por otra voz cargada de bondad y sentido –la de Carmen Alquegui- convierte una inmensa carpa transparente sin puertas en una maloca occidental. Y dice lo que hay que decir, pero suave, y se enfada y revuelve en el sillón, pero sin aspavientos, y advierte de que (casi) todo está mal, pero sin amenazar, y llama a la reacción, pero sin soflamas. Y la palabra se siembra y amanece en las 200 personas que guardan el silencio de los momentos ciudadanos reverenciales. Todo parece poder cambiar.

Segundo momento. El de la juntanza virtuosa. Un tipo alto y elegante acariciando un contrabajo (Manuel Cavero), una mujer joven que cumple años atrincherada en su batería (Adela San Miguel), un hombre con tendencia a acariciar el piano (Rafael Santana), una humanidad grande que se sostiene en un saxo (Javier San Miguel) y el enjuto guitarrista con el nervio dominado en las cuerdas (Javi Lost). Dos voces: la de Cárabè, arrastrando las secuelas y  protegida por la mascarilla que nos protege y la de Lidia Gil, que sale de una boca incapaz de borrar la sonrisa.  Todos ellos y ellas amalgaman los verso de Hierro y los devuelven amanecidos a una audiencia que parece ser toda la Humanidad. Así, con mayúsculas.

La magia ocurre. ¡Vaya que si ocurre! Pero no sale sólo de manos y bocas de prestidigitadores, sino que la pueden hacer personas que son nuestras vecinas, que unos días nos reciben detrás de una mesa de oficina y al otro día, en el escenario de Felisa 2022, aparecen cargadas de súper poderes.

Y para que ello ocurra, hay otros súper personajes que sostienen la maloca: libreros cansados por las horas acumuladas pero felices de tejer complicidad con los miles de lectores que en estos días atraviesan la casa común, técnicos de sonio que se van a la cama pensando si su ‘magia’ ha servido a la palabra amanecida, equipo de producción cansado siempre antes incluso de empezar pero con la adrenalina que insufla lo importante, un hombre pequeño anónimo que cuida durante la noche los 7.400 títulos y los casi 13.000 ejemplares que se guardan estas casetas mágicas…

Segundo día a pleno rendimiento de Felisa y la palabra (y la música) no dejan de amanecer.

Los indígenas murui-muinane de la Amazonía saben lo que es sobrevivir al apocalipsis. La mayoría fueron literalmente secuestrados por la angurria capitalista de la empresa angloperuana Casa Arana en la época conocida como “La fiebre del caucho”. Algunos escaparon con vida de los trabajos forzados y la muerte segura en la selva y reconstruyeron su comunidad. Ahora, cada noche, cuando el cansancio asoma y todo se nubla, entran en silencio en la maloca, su casa común, ‘mambean’ polvo de coca, conversan durante horas y salen con “la palabra amanecida”. ¿Qué demonios tendrá esto que ver con Felisa 2022, la Feria del Libro de Santander y Cantabria?

Pues el asunto es así. Entras a la Plaza Porticada empujando el cuerpo y el ánimo, te sientas en una silla blanca de plástico blanca cuyas patas han aguantado a cientos de personas como tú –o tan diferentes a ti- en otros tantos actos y, de pronto, las palabras (y las músicas) acarician tu alma hasta que sales del recinto con la palabra amanecida y el corazón más contento. Pura serotonina natural. ¿Cuándo ocurre eso? Por ejemplo, este sábado 2 de julio, cuando el pequeño milagro gentil se pudo registrar en varios puntos de la plaza (primero con las recetas literarias de Chiki y Ana Fabregat prescribían con el bolígrafo de la ternura, después en el Café Literario y la presencia generosa de Fran Renedo). Pero centrémonos en otros dos momentos. El de Belén Gopegui, por ejemplo. Escritora de método caótico, de voz con textura de caricia, pelo blanco, zapatos de trekking -por si la cuesta de la vida se hace insoportable-, tímida quizá… Ayudada por otra voz cargada de bondad y sentido –la de Carmen Alquegui- convierte una inmensa carpa transparente sin puertas en una maloca occidental. Y dice lo que hay que decir, pero suave, y se enfada y revuelve en el sillón, pero sin aspavientos, y advierte de que (casi) todo está mal, pero sin amenazar, y llama a la reacción, pero sin soflamas. Y la palabra se siembra y amanece en las 200 personas que guardan el silencio de los momentos ciudadanos reverenciales. Todo parece poder cambiar.

Segundo momento. El de la juntanza virtuosa. Un tipo alto y elegante acariciando un contrabajo (Manuel Cavero), una mujer joven que cumple años atrincherada en su batería (Adela San Miguel), un hombre con tendencia a acariciar el piano (Rafael Santana), una humanidad grande que se sostiene en un saxo (Javier San Miguel) y el enjuto guitarrista con el nervio dominado en las cuerdas (Javi Lost). Dos voces: la de Cárabè, arrastrando las secuelas y  protegida por la mascarilla que nos protege y la de Lidia Gil, que sale de una boca incapaz de borrar la sonrisa.  Todos ellos y ellas amalgaman los verso de Hierro y los devuelven amanecidos a una audiencia que parece ser toda la Humanidad. Así, con mayúsculas.

La magia ocurre. ¡Vaya que si ocurre! Pero no sale sólo de manos y bocas de prestidigitadores, sino que la pueden hacer personas que son nuestras vecinas, que unos días nos reciben detrás de una mesa de oficina y al otro día, en el escenario de Felisa 2022, aparecen cargadas de súper poderes.

Y para que ello ocurra, hay otros súper personajes que sostienen la maloca: libreros cansados por las horas acumuladas pero felices de tejer complicidad con los miles de lectores que en estos días atraviesan la casa común, técnicos de sonio que se van a la cama pensando si su ‘magia’ ha servido a la palabra amanecida, equipo de producción cansado siempre antes incluso de empezar pero con la adrenalina que insufla lo importante, un hombre pequeño anónimo que cuida durante la noche los 7.400 títulos y los casi 13.000 ejemplares que se guardan estas casetas mágicas…

Segundo día a pleno rendimiento de Felisa y la palabra (y la música) no dejan de amanecer.

Los indígenas murui-muinane de la Amazonía saben lo que es sobrevivir al apocalipsis. La mayoría fueron literalmente secuestrados por la angurria capitalista de la empresa angloperuana Casa Arana en la época conocida como “La fiebre del caucho”. Algunos escaparon con vida de los trabajos forzados y la muerte segura en la selva y reconstruyeron su comunidad. Ahora, cada noche, cuando el cansancio asoma y todo se nubla, entran en silencio en la maloca, su casa común, ‘mambean’ polvo de coca, conversan durante horas y salen con “la palabra amanecida”. ¿Qué demonios tendrá esto que ver con Felisa 2022, la Feria del Libro de Santander y Cantabria?

Pues el asunto es así. Entras a la Plaza Porticada empujando el cuerpo y el ánimo, te sientas en una silla blanca de plástico blanca cuyas patas han aguantado a cientos de personas como tú –o tan diferentes a ti- en otros tantos actos y, de pronto, las palabras (y las músicas) acarician tu alma hasta que sales del recinto con la palabra amanecida y el corazón más contento. Pura serotonina natural. ¿Cuándo ocurre eso? Por ejemplo, este sábado 2 de julio, cuando el pequeño milagro gentil se pudo registrar en varios puntos de la plaza (primero con las recetas literarias de Chiki y Ana Fabregat prescribían con el bolígrafo de la ternura, después en el Café Literario y la presencia generosa de Fran Renedo). Pero centrémonos en otros dos momentos. El de Belén Gopegui, por ejemplo. Escritora de método caótico, de voz con textura de caricia, pelo blanco, zapatos de trekking -por si la cuesta de la vida se hace insoportable-, tímida quizá… Ayudada por otra voz cargada de bondad y sentido –la de Carmen Alquegui- convierte una inmensa carpa transparente sin puertas en una maloca occidental. Y dice lo que hay que decir, pero suave, y se enfada y revuelve en el sillón, pero sin aspavientos, y advierte de que (casi) todo está mal, pero sin amenazar, y llama a la reacción, pero sin soflamas. Y la palabra se siembra y amanece en las 200 personas que guardan el silencio de los momentos ciudadanos reverenciales. Todo parece poder cambiar.