Millares, gritan las basuras del tiempo

Situarse frente a una obra de Manuel Millares siempre es (en)frentarse. Mirarse al espejo del siglo XX, pero también ahondar la mirada hasta un tiempo pretérito y oler el presagio de un futuro postindustrial. Millares transforma el residuo industrial en pieza única, rescatando el alma de un objeto hecho en serie. Eso que une al ser humano de cualquier época y de cualquier lugar.

Si la Sala Millares de la Fundación Antonio Pérez de Cuenca es el sanctasanctórum de la obra de uno de los grandes del siglo XX, esta nueva exposición, comisariada, como no podía ser de otro modo, por Alfonso de la Torre, autor de los catálogos razonados de su pintura y de su obra gráfica, añade una mirada más a la ya multifacética figura del pintor canario: la del rebelde. Manolo Millares, rebelde, que puede visitarse hasta el 24 de enero de 2027, conmemora el centenario de su nacimiento con 28 obras, algunas nunca expuestas, en su mayoría de la colección familiar.

La Serie Mussolini, los Artefactos para la paz, los Objetos o el Sarcófago para un indeseable se unen a la veintena de obras sobre arpillera y los dos objetos escultóricos de la colección permanente para constituir lo que el comisario ha denominado “verdadero museo millaresco”.

Lo acompaña una triple edición: el catálogo, el facsímil de Memoria de una excavación urbana y otros escritos y el sorprendente Ahora se quedó la prisa quieta, que reúne la obra poética de Millares, con versos tan desnudos como “Sobre la tierra húmeda soleada a veces donde la hierba se pone / allí el hombre fabrica su casa / y ya no llueve ni la luna pone su punto ni el aire arremolina polvo”.

El impacto de los versos de Millares es tal que bien merece la pena recorrer de nuevo la exposición acompañado de sus poemas: entrar por el patio del claustro, plantarse ante la Serie Mussolini, en la que Benito Mussolini y Clara Petacci cuelgan cabeza abajo de la pérgola de una gasolinera en Milán, adentrarse por las galerías abovedadas abiertas en la estructura escalonada que fray Alberto de la Madre de Dios levantó sobre la hoz del Huécar para sostener la capilla mayor, desorientarse hasta acabar entre los objetos encontrados de Antonio Pérez, saludar reverencialmente a su autor y subir por unas escaleras, perdido en la lectura, hasta el inesperado acceso a la capilla.

Esperar, fugitivo, a que la capilla quede vacía. Y (en)frentarse en solitario a la esencia rebelde de Millares, canario enconquensado, y dejarse arrastrar hasta esa arqueología de lo contemporáneo. Descubrir la finitud del ser humano, protegiéndose inútilmente del tiempo dentro de su mortaja. Observar en silencio cada punzada, cada herida en la arpillera, tomando conciencia del tiempo presente. Casi se pueden escuchar los gemidos de la tela y comprender que ese saco rasgado y recosido es lo único que sobrevivió, expuesto en la pared como un anfibio en un museo de ciencias naturales.

“Después de Goya —con su palabrota a la cortesanía y a su tiempo—, sólo nos queda la auténtica vía social de los despojos materiales, el florecimiento del homúnculo como insidioso arquetipo”, escribió Millares en 1959.

Los mismos despojos que Antonio Pérez transforma en comedia con sus objetos encontrados, en la mirada del canario, se tornan tragedia atravesada por “puntadas salvajes”, como recuerda su hija Eva. Como escribió Clare Hunter en Hilos de vida, el bordado suele ser “el último bastión de identidad que atesorar para quienes lo han perdido todo”. Lo fue para las arpilleristas chilenas que, durante la dictadura de Pinochet, cosían con retales escenas de sus familiares desaparecidos.

Huele a siglo XX. De la Torre cita al poeta ruso Ósip Mandelstam, “Siglo mío, bestia mía”, el mismo que escribió que “la poesía es un arado que revienta el tiempo de tal forma que las capas más profundas, su humus, quedan en la superficie”. Así trabaja la aguja de Millares en la arpillera, removiendo el tiempo para dar testimonio del horror y la violencia.

Y regresamos a las vitrinas donde se encierran tras el cristal los dibujos en papel, casi bocetos, en los que las caretas han desaparecido. Los curas que presidieron la pared de la capilla, la carpeta contra la Inquisición. Dibujos y pinturas sobre el clero que Millares escondió colgados a modo de fardo clandestino de la ventana del baño, quizá recordando que fueron curas los que denunciaron a su padre, maestro republicano.

“Sobre la tierra clara castellana preñada de tibia luz donde flota la huella / allí el hombre fabrica su casa / entonces nace el pozo negro el sótano la rata / la hipocresía se esconde tras las sordas ventanas entonces”, escribió Millares, el mismo que hizo de Cuenca su casa y de Antonio Pérez su cómplice. Hoy, ausente Antonio, el pintor regresa, sin haberse ido nunca, a la ciudad que ambos compartieron, cien años después de su nacimiento. “Gritan las basuras de un tiempo arrodillado”, parece repetir desde las paredes. Millares. Siempre rebelde.