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Ceuta no empieza en la frontera

Carlos Mora de Marcos

Sociólogo —

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Hace más de treinta años, lo poco que algunos sabíamos de África venía dentro de una agenda salesiana. Historias de misiones en formato cómic, lecturas breves sobre misioneros en lugares vulnerables, viñetas de niños con la barriga hinchada. Todo muy pedagógico. Todo muy lejos.

Aquello tenía una finalidad práctica: concienciarnos antes de repartir los sobres del Domund y las huchas de bustos con los rasgos estereotipados de niños y personas de los distintos continentes, que luego llevábamos por las casas pidiendo el donativo. Uno llamaba al timbre con la hucha en la mano y, sin saberlo, estaba recibiendo su primera lección de geopolítica. África era un sitio al que se ayudaba. Un sitio del que llegaban historias, nunca personas.

Treinta años después, África está a catorce kilómetros y ya no cabe en una hucha de cerámica policromada y esmaltada. Llega en directo, sin viñetas y sin sobre. Y nosotros seguimos contemplando el mismo sitio de siempre. Antes era el dibujo del misionero. Ahora es la valla.

Ceuta nos obliga a mirar hacia la frontera. A la valla, al mar, a los policías, a Marruecos, a las personas corriendo. Es lógico. Cuando decenas de miles de personas aparecen de golpe ante una ciudad de poco más de 80.000 habitantes, la primera pregunta es qué ha ocurrido allí.

El Instituto de Medicina Legal de Ceuta recibió ochenta y tres cuerpos. Hay alrededor de cuarenta y cuatro personas de las que no se sabe nada.

Una frontera puede quedar desbordada durante unas horas. Puede fallar la vigilancia, relajarse los controles o producirse una concentración imposible de contener. Lo que no puede hacer ninguna frontera es inventarse, de una tarde para otra, a miles de personas dispuestas a tirarse al agua, cruzar a nado o correr un riesgo evidente con tal de poner un pie en Europa.

Ya querían marcharse antes de llegar a Ceuta.

Marruecos terminó 2025 con un desempleo juvenil del 37,2% entre los 15 y los 24 años. Casi tres veces la tasa general del país. Entre quienes tienen estudios, el paro sigue rondando el 19%. Y alrededor de 2,9 millones de jóvenes de entre 15 y 29 años ni trabajan, ni estudian, ni reciben formación.

El dato necesita una aclaración. Esos 2,9 millones no son 2,9 millones de futuros emigrantes. Sería una barbaridad interpretarlo así. Además, una parte muy importante de ese colectivo son mujeres inactivas y las situaciones personales son muy diferentes entre sí.

Pero como fotografía de una generación atascada sirve.

Hay un término, acuñado por la politóloga Diane Singerman y desarrollado después por la antropóloga Alcinda Honwana, que describe fenómenos parecidos en el norte de África y Oriente Medio: waithood, jóvenes en la sala de espera.

Han dejado de ser adolescentes, pero la vida adulta no termina de empezar.

El empleo estable no llega. Sin empleo, independizarse se complica. Sin independencia económica, la vivienda queda lejos. Se retrasa la pareja, la familia, la autonomía. Eso también nos suena por aquí.

Pero hay un dato que debería preocupar bastante más que muchos de los titulares que hemos leído estos días: el 55% de los marroquíes de entre 18 y 29 años reconoce haber pensado en emigrar. Más de la mitad.

Cuando más de la mitad de los jóvenes de un país contempla marcharse, estamos ante algo bastante más serio que un 'efecto llamada'.

Podemos hablar de TikTok, WhatsApp, mafias, rumores o vídeos que anuncian que la frontera está abierta. Todo eso habrá influido. Seguramente mucho. Pero ninguna aplicación es capaz de convencer en unas horas a decenas de miles de personas satisfechas con su vida para que se lancen al mar.

Las redes pueden dar el pistoletazo de salida, pero no explican el porqué. Ese porqué viene de antes.

Y tampoco creo que podamos resolverlo con esa imagen antigua de Marruecos como un país miserable cuyos habitantes huyen simplemente de la pobreza. Marruecos no es eso. O, al menos, no es solamente eso.

Durante las últimas décadas ha crecido, se ha modernizado, ha construido carreteras, puertos, trenes, fábricas y grandes infraestructuras. Ha atraído inversiones, desarrollado una industria potente y se prepara para organizar, junto a España y Portugal, un Mundial de fútbol.

Precisamente ahí está parte del problema. El desarrollo no solo crea riqueza, también crea expectativas.

Y aquí está un dato que explica más que muchas imágenes, aunque difícilmente vaya a abrir un telediario. Según el Banco Mundial, en la última década la población marroquí en edad de trabajar creció más de un 10%. El empleo, un 1,5%. Crece la economía, crecen los jóvenes y no crecen los puestos de trabajo. Lo demás es literatura.

El joven marroquí de hoy conoce mucho mejor que su padre lo que ocurre fuera de Marruecos. Probablemente ha estudiado más, vive en una sociedad más urbana y lleva Europa en el bolsillo.

Hace treinta años España estaba a catorce kilómetros, hoy está a un scroll de distancia. Un chico de Tetuán, Rabat o Casablanca tarda segundos en comprobar cómo vive alguien de su edad en Madrid, París, Bruselas o Ámsterdam.

Ve su casa, su coche, su ocio, sus viajes. Ve cuándo se independiza. Ve incluso una versión bastante engañosa de su felicidad. Después apaga el teléfono y se enciende la desazón.

La Sociología lleva mucho tiempo sabiendo que la pobreza no se mide únicamente contando lo que uno tiene. También importa aquello que uno cree que debería tener.

A eso lo llamamos privación relativa: la frustración aparece cuando la distancia entre la vida que imaginabas y la vida que realmente puedes permitirte empieza a resultar insoportable.

La Sociología lleva mucho tiempo sabiendo que la pobreza no se mide únicamente contando lo que uno tiene. También importa aquello que uno cree que debería tener

Por eso creo que reducir Ceuta a las redes sociales sería quedarse en la superficie. Las redes hicieron lo que llevan años haciendo: acelerar el mundo.

Corrió el rumor. Se compartieron rutas. Aparecieron vídeos. Miles de personas creyeron que se había abierto una oportunidad excepcional y actuaron al mismo tiempo.

En 2025 vimos, además, a una parte de esa juventud salir a las calles marroquíes reclamando empleo, educación, sanidad y mejores oportunidades. No afirmaría que quienes protestaron entonces sean quienes han intentado entrar ahora en Ceuta. No lo sabemos y seguramente sería falso en muchos casos. Pero ambos fenómenos hablan de una misma incomodidad generacional.

Albert Hirschman explicó hace más de medio siglo que, cuando una institución deja de ofrecernos lo que esperamos de ella, solemos tener dos caminos: alzar la voz para intentar cambiarla o salir. Protestar o marcharse.

No siempre funcionan así ni son opciones excluyentes, pero hay algo de esa tensión en el Marruecos actual. Una generación que pide participar de la modernización de su país y que, cuando no encuentra sitio, empieza a imaginar su futuro fuera.

Luego está Marruecos como Estado. Es perfectamente legítimo preguntarse cómo semejante cantidad de personas consiguió acercarse a una de las fronteras más vigiladas de Europa.

Albert Hirschman explicó hace más de medio siglo que, cuando una institución deja de ofrecernos lo que esperamos de ella, solemos tener dos caminos: alzar la voz para intentar cambiarla o salir. Protestar o marcharse

Habrá que saber qué ocurrió. Lo que sí sabemos es que España y la Unión Europea llevan años apoyándose en Marruecos para contener buena parte de los movimientos migratorios que llegan por el Mediterráneo occidental. Y eso crea una relación incómoda.

Necesitamos la colaboración marroquí para controlar la frontera y, precisamente por eso, Marruecos sabe que su colaboración tiene valor.

Ceuta tuvo que enfrentarse en unas horas a una situación difícil de imaginar desde cualquier ciudad de la península. Conviene decirlo porque a veces hablamos del miedo con demasiada superioridad moral.

Una llegada de esa magnitud asusta. Desborda servicios, desorganiza una ciudad y provoca incertidumbre. No toda preocupación ante la inmigración es xenofobia y no todo ciudadano que pregunta quién entra en su país es un racista.

¿Qué hacemos políticamente con ese miedo?

Antes de Ceuta, el CIS ya lo venía marcando. En el barómetro de julio, con el trabajo de campo cerrado el día 6, tres semanas antes de todo esto, la inmigración era ya la segunda preocupación de los españoles, sólo por detrás de la vivienda, después de subir cuatro puntos y medio en un mes. Pero ocurría algo curioso: ocupaba posiciones mucho más altas cuando se preguntaba por «los problemas de España» que cuando se preguntaba a cada ciudadano por aquello que le afectaba personalmente.

Hay problemas que vivimos en primera persona y otros que forman parte de una preocupación colectiva.

Después de Ceuta será inevitable que la conversación sobre inmigración cambie. Durante un tiempo hablaremos bastante menos de la inmigración como una cuestión demográfica, laboral o económica y mucho más de fronteras, seguridad y control.

Y es que España tiene derecho a controlar sus fronteras. Es incuestionable. Pero también deberíamos querer saber por qué al otro lado hay miles de personas convencidas de que merece la pena arriesgar la vida para cruzarlas.

España tiene derecho a controlar sus fronteras. Es incuestionable. Pero también deberíamos querer saber por qué al otro lado hay miles de personas convencidas de que merece la pena arriesgar la vida para cruzarlas

Ceuta ha vuelto a cerrar la frontera. Las imágenes desaparecerán de los informativos. Las patrullas volverán a sus rutinas y probablemente nosotros pasaremos al siguiente asunto.

Pero al otro lado seguirá estando el 37% de paro juvenil.

Seguirán los millones de jóvenes atrapados entre los estudios y la vida adulta.

Y seguirá ese 55% que alguna vez ha pensado que su futuro quizá esté fuera de Marruecos.

Esa es la pistola humeante.

Las fronteras se pueden cerrar. Las expectativas de toda una generación, no.