Carta de adiós para un río o en las fuentes altas del Tiétar
Luere, lutum, lavar, bañar, fango, lodo, aluvión... Lo que han dejado los poemas de los otros en ti, y luego la larga sequía de tu poema, en concreto 'Carta de adiós para un río, o en las fuentes altas del Tiétar'. El verano en el que fuimos valientes.
Y después de las circunstancias, a partir de aquí, un campo de arena en torno siempre a lo que fue un río, e hizo el río desde que en este mundo hubo ríos. Es decir, lluvia y sed, esperanza y locura; el territorio de las grandes palabras, palabras sirvientes.
¿Y el río? Ya no había río, solo las señales y las huellas que había dejado ese río, y se hacía pesado caminar por la arena. Primero hacia allí, donde se encuentra el brazo más profundo de ese río, y había un lecho blanco flanqueado de alisos calcificados.
Y más tarde, caminando todavía por arenales menos consistentes, los pies se hundían, y cada paso precisaba del doble de fuerza para avanzar, y todo precisaba del doble de fuerza, de un impulso mayor, pues el territorio, el extenso campo de arena había sido antes del agua, con sus brazos fluviales cambiantes, y el aluvión... ¡ Qué palabra más bella, aluvión!
Y ahora, caminado sin un sentido mayor por la arena, él, yo, o tú, que hace ya mucho somos lo mismo, al igual que cuando uno avanza por una extensa malla suspendida en el vacío, o en un campo carente de gravedad. Y ese ir y venir por el campo de arena de ese río que ya no estaba, siempre por la arena, hundiéndose uno a cada paso, sin buscar nada concreto, pero empujado por ese-no-se-sabe-a-dónde, y el aluvión, siempre la memoria que con su flujo rápido y violento de agua, mezclada de lodo, roca, basura y otros materiales, hasta hacer de cada uno de nosotros ese sedimento feliz entorno al río Alluvio -así lo llamé una vez-, el río que ya no existía, en el verano que fuimos valientes.
Y cómo me habían golpeado, en el no-dormir-del-verano-en-T., aquellas frases del maestro, esas no nos arrebates, lanzándolas al sueño.
Las cosas buenas, muéstranoslas a la luz del día -las cosas queridas que duran- y ponlas junto a nuestras cabezas a la luz del sol, tan lejos como cerca. Y de vez en cuando libera para nosotros 'árbol' para el árbol, 'río' para el río, como si ya no me pudiera liberar del silencio eterno de la Sierra, o de párrafos enteros del Quijote. O la noche que dormí al raso hace ya muchos veranos en un prado de Gavilanes, junto a un castaño en un colchón de helechos en el verano que fuimos valientes.
Y otras veces, de la misma manera, sobre la hierba seca que pincha en el lugar de Sartajada, y en los prados de heno de Buenaventura, y a la salida de La Iglesuela, en los días de fiesta. “Haznos ser esta noche lo que somos”: y así, como un citador, y cita tras cita volver hacía atrás en la larga duración de la alegría, y para liberarse de uno mismo, lo que Derrida admitía. Aquello que el saber no sabe ocurre, eso ocurre, 'arrive un ver à soie'.
Y después de dejar el campo de arena, ya en la tierra negra, encinas a medio quemar, campos de retama como los alambres de ruedas quemadas en los descampados de las ciudades de los incendios. E iba, iba en diagonal por la tierra negra, ¿hacia la frontera? Sin sentir la extenuación de vivir.
Y se había decidido a cambiar silencio por escritura, silencio por amor, silencio por cualquier cosa. ¿Y ese ahora, en el que se podía pagar con silencio todo? Sí, y el supremo valor, de intercambiar tu silencio por el mío, y aquel silencio negro por el de algunos animales, que habiendo huido de la tierra negra volvían enloquecidos al lugar original.
Y en aquel lugar, ¿llamado no importa? Así, como suena, solo ardía el sol. Eso mismo ya lo había visto en el Alto Jerte, y lo vi en el Seber, y en el río Cuerpo de Hombre.
Y por la tierra negra escribía mucho, caminaba mucho. Mucho nunca es demasiado. ¿Y qué era demasiado para el que ya no se detiene en un lugar concreto? E iba e iba hacia ese lugar llamado 'Silencio', e iba e iba. ¿En tu busca? Pero su rastro, su escritura por la tierra negra entonces era silencio, un gran silencio, y al cruzar los campos negros y las grandes extensiones de los incendios, y en aquella ocasión, él hubiera querido que esa escritura fuera solo el rastro de lo otro. Su 'baba' que el escribía siempre 'Schleim' y no esa expresión familiar e infantil para decir adiós en Austria 'Bussi baba'. No se quejaba, iba por los lugares negros, dejando huellas de botas, siempre en diagonal, ya siempre atravesando en diagonal las grandes extensiones de los incendios.
Todo lo vivo había huido, la viveza. Qué pocos sinónimos tiene la palabra vida.
Y se sentía un explorador del infierno, y no ya del lenguaje, sino de la incomprensión, y le dolían en los ojos los cielos de cualquier lugar. Por algún motivo, o razón inexpresable, el lugar al que había llegado, después de dejar atrás el campo de arena del río que ya no existía, y al que había llegado en un coche llevado por ella. Siempre es ella la que te lleva por alguna carretera negra y estrecha.
Y tú vas mirando a los lados, y le hablas a la conductora como si narraras el verano en el que fuimos valientes, o leyeras el guion de una película que se había rodado en total silencio, y para la que no había banda sonora, música o palabra alguna: una película muda, más silenciosa que el resto de películas que tú, el gran cinéfilo conocía, y las conocías todas, incluso aquellas que jamás fueron rodadas, y se quedaron en los ojos del gran cinéfilo en el verano que fuimos valientes, y más que muda o eternamente silenciosa, más bien sorda.
'Taub' duro de oído, en ese ya-pasé-por-aquí-una-vez, y esa 'vez' ya no como momento, sino como memoria de lo que 'Casi' no fue o no tuvo lugar en la tierra negra, y eso lo lleva como peso y ese peso negro lo lleva de un lugar a otro.
Memoria de otro silencio, y por algún motivo o extraña razón, ese lugar era conocido para ti, y la Sierra, la extensa falda de la Sierra, y las altas crestas y picos, que se interponían entre tú y el otro, el al-otro-lado, y conocían bien el otro lado, tan bien que ese era el motivo por el que la Sierra para ti, fuera transparente.
Se podía ver el mundo a través de ella, y así fue desde aquel verano en el que fuimos valientes. Siempre la Sierra inamovible y en el lugar de siempre. Se podía ver a través de ella, y a través de ella, morir y nacer otra vez, y solo porque se interponía, y ese era el motivo, el extraño motivo, que finalmente no lo era, y la que te llevaba en coche, la conductora miope, con las gafas heredadas de Simone Weil, y que nunca quería, o no sabía hablar, y que solo hablaría en el momento en el que ella estuviese más cerca de la muerte y del amor. En aquel verano en el que fuimos valientes.
Y para quien no tenga dudas, y se mantenga inflexible, uno de esos Miguel Torga que te va diciendo lo que está bien y lo que está mal.
Y he aquí, mientras se va por la tierra negra, después de atravesar los campos de arena, aquí, ya en un lugar sin nombre, pero lleno de brezos, por los que es difícil ir hacia allí, en línea recta, y si hubo un momento que su Miguel fue de Brezo.
Y sus flores de un lila nazareno fuerte, bajo un sol ¿español? o ¿portugués? Y mucho más allá de esas sierras oscuras el mar, y podríamos llamar al lugar Calluna, la tierra alta de Calluna, y perderse en Calluna bajo el sol español que nos mata como a bichos que estridulan por amor a la nada, y ese Dios lo ve todo, pero no se lo dice a nadie.