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Enfermedad renal crónica: el peligro de mirar para otro lado ante una enfermedad silenciosa

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Cuando las instituciones fallan o las respuestas tardan en llegar, la sociedad civil es la única que sostiene el fuerte. Lo comprobé de primera mano en mi reciente encuentro con ADERHE, una reunión nacida de la necesidad de entender la compleja odisea que rodea a los enfermos renales asociados en ella. Escuchar sus demandas y su lucha incansable me llevó a tomar una decisión inevitable: implicarme de lleno. A partir de hoy, asumo el compromiso de colaborar con ellos para intentar poner luz en este túnel de incertidumbre. Me sumo a su causa porque la búsqueda de una solución y el apoyo mutuo no son opcionales; son el único camino hacia adelante.

De ese encuentro nace esta reflexión. Existe una contradicción muy preocupante en cómo se gestiona nuestra sanidad. Mientras los responsables políticos se pierden en debates sobre logística, como si es mejor centralizar o repartir las máquinas de diálisis, se está gestando una tormenta perfecta en el silencio de las consultas de los médicos de cabecera. Los datos analizados en Hellín dejan al descubierto una realidad alarmante: hay un abismo enorme entre la seguridad que la administración dice tener en los papeles y el peligro real que corren los ciudadanos en la calle.

Es un hecho demostrado por la ciencia que la enfermedad renal crónica (ERC) afecta a casi el 15% de los adultos en España, según estudios como el EPIRCE de la Sociedad Española de Nefrología. Sin embargo, los papeles oficiales de comunidades como Castilla-La Mancha dicen que solo la padece el 1,4% de la población. Que los registros oficiales marquen un porcentaje tan bajo no es un éxito médico del que presumir; es la prueba clarísima de un fracaso a la hora de detectar el problema. Significa, básicamente, que la enfermedad no se busca y, por lo tanto, no aparece en las estadísticas.

Esta patología es la 'enfermedad silenciosa' por excelencia. Los riñones son órganos asombrosos y tienen una capacidad de resistencia enorme. Esto hace que puedan perder hasta el 70% o 80% de su fuerza para funcionar sin que la persona sienta el más mínimo dolor, náuseas o hinchazón. Los síntomas claros y graves aparecen solo cuando el daño ya no tiene vuelta atrás y el paciente está al límite, con el cuerpo intoxicado por los desechos que los riñones ya no pueden limpiar (lo que los médicos llamamos uremia).

Saber si a alguien le están empezando a fallar los riñones es baratísimo, sobre todo si lo comparamos con lo que cuesta un tratamiento de diálisis. Solo hacen falta dos pruebas muy sencillas en un análisis rutinario

Saber si a alguien le están empezando a fallar los riñones es baratísimo, sobre todo si lo comparamos con lo que cuesta un tratamiento de diálisis. Solo hacen falta dos pruebas muy sencillas en un análisis rutinario:

  • El Filtrado Glomerular (eFG), que consiste en medir una sustancia en la sangre (la creatinina) para saber a qué velocidad están filtrando y limpiando los riñones.
  • El cociente albúmina/creatinina (ACR), una prueba en una muestra de orina para comprobar si los riñones están 'dejando escapar' proteínas, lo que indica que sus filtros están dañados.

No hacer este seguimiento básico condena a miles de personas a vivir sin saber que están enfermas, provocando consecuencias que destrozan su salud:

  • Medicinas mal calculadas y daños por tratamientos (iatrogenia). Muchos medicamentos de uso diario (como los antiinflamatorios comunes tipo el ibuprofeno, ciertos antibióticos o pastillas para el azúcar) tienen que ajustarse al milímetro según lo limpios que estén los riñones. Recetar a ciegas a alguien que tiene los riñones tocados sin saberlo multiplica el riesgo de intoxicación y puede provocar un fallo renal súbito y grave.
  • Más ingresos en el hospital y peligro de infartos. El riñón y el corazón funcionan como un equipo inseparable (lo que en medicina llamamos síndrome cardiorrenal). Si uno falla, el otro sufre. Una persona con una enfermedad de riñón no detectada tiene hasta cinco veces más probabilidades de morir por un problema del corazón o terminar ingresada antes incluso de llegar a necesitar diálisis.
  • Empeoramiento acelerado hacia la fase final de la enfermedad. Si no se frena a tiempo el desgaste del riñón usando las defensas químicas adecuadas (como los medicamentos protectores del riñón clásicos —IECA o ARA-II— o los más modernos —iSGLT2—), las pocas partes del riñón que aún quedan sanas se ven obligadas a trabajar el doble. Esto acelera la aparición de cicatrices irreversibles en el órgano (esclerosis glomerular).
  • Un aumento descontrolado de pacientes que necesitan diálisis. Si no frenamos la enfermedad en sus etapas iniciales, empujamos inevitablemente al paciente a depender de una máquina para vivir. Es una tremenda ironía que la administración califique de 'inviable' mantener servicios locales de diálisis mientras, por otro lado, fabrica sin saberlo una masa enorme de futuros enfermos graves por no invertir en prevención. Además, cuando la enfermedad se descubre tarde, el paciente suele entrar en diálisis por urgencias y de malas maneras (colocando un tubo o catéter directo a una vena central), lo que duplica las complicaciones y aumenta un 40% el riesgo de fallecer durante el primer año.

La paradoja de todo esto es que no hace falta inventar nada nuevo. Países como Canadá o regiones españolas como la Comunidad Valenciana y Baleares han demostrado que invertir en prevención sale muy a cuenta. Utilizan sistemas informáticos inteligentes en el historial clínico del paciente que avisan automáticamente al médico cuando los valores del riñón empiezan a empeorar. Esto permite que el médico de cabecera envíe al paciente de forma rápida y organizada al nefrólogo.

Invertir en pillar la enfermedad a tiempo reduce las complicaciones a largo plazo, protege la vida de la gente y permite a los hospitales organizar el dinero y las instalaciones con años de antelación

Invertir en pillar la enfermedad a tiempo reduce las complicaciones a largo plazo, protege la vida de la gente y permite a los hospitales organizar el dinero y las instalaciones con años de antelación. Por eso resulta desolador ver cómo proyectos técnicos que ya estaban aprobados, firmados y con dinero asegurado desde fuera se quedan guardados en un cajón por la pereza de la administración o la falta de diálogo de los directores de los hospitales.

Seguir discutiendo únicamente sobre dónde se ponen las máquinas de diálisis es un error de bulto. Es como preocuparse por las lanchas salvavidas cuando el barco se está hundiendo por un agujero en el casco que nadie quiere tapar. Proteger la salud de la gente exige sacar a la luz esta enfermedad oculta. Es hora de que los gestores sanitarios dejen de conformarse con estadísticas falsas y miren la realidad de frente: descubrir el problema hoy es salvar vidas mañana.