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Ganar, ganar y ganar

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El título es una frase con la triple repetición de un infinitivo que yo le escuché hace años al entrenador de fútbol Luis Aragonés para definir la manera de afrontar un partido. La entendí como que en el fútbol lo único que vale es ganar.

Me temo que la expresión le sirve a mucha gente y en diferentes ámbitos: la política, los negocios y las relaciones personales. Entiendo que la frase es motivadora porque coloca una meta para orientar el comportamiento dejando en segundo plano cualquier cuestión que pueda despistar del logro del objetivo principal.

Si la analizamos ligeramente observamos un desprecio por cuestiones que tienen que ver con el buen juego, el ambiente de trabajo, la cohesión del equipo, la táctica, la consistencia estratégica o la conexión con una afición que también disfruta del buen fútbol, del fair play o del propio espectáculo y no solo del resultado y de ganar a toda costa, de cualquier manera.

En el deporte se compite y cualquier competición tiene un ganador y un trofeo. Suele haber un ganador que recibe todos los reconocimientos y elogios y uno o varios perdedores que en el mejor de los casos reciben indiferencia y en ocasiones humillación y desprecio.

El deporte en el mundo actual refleja y marca en buena parte una simbología de la vida moderna, funciona como en otros periodos históricos lo hacían hegemónicamente las religiones o las manifestaciones de la cultura, que eran reflejos de la manera de vivir y, al mismo tiempo, marcaban los patrones sociales de la conducta.

Parece que ganar unas elecciones o un mero debate televisado se ha convertido en el fin último de la política

Las competiciones deportivas son un juego, un divertimento y un espectáculo, por ello no me preocupa tanto el elogio del ganador en el deporte, como la obsesión por ganar que se emplea en la competición política. Parece que ganar unas elecciones o un mero debate televisado se ha convertido en el fin último de la política.

Es obvio que en los sistemas democráticos para poder llevar a cabo las políticas que propone un partido es necesario tener el respaldo de la ciudadanía y ganar las elecciones. Sin embargo, observo una inversión de términos y a veces de prioridades: lo que debería ser un medio se convierte en un fin en sí mismo. Y lo peor de esto es que pervierte las estrategias electorales, también el lenguaje y en ocasiones las propias políticas que se plantean.

La política democrática parte de la ideología o de las ideas que pretenden cambiar la vida de la gente, conquistar mejoras o, por el contrario, conservar situaciones y costumbres establecidas. Esto, junto con las cuestiones en torno a la libertad versus seguridad, los nuevos derechos personales frente a los valores tradicionales o los posicionamientos ante la disyuntiva igualdad/privilegios, marcan buena parte de las diferencias políticas actuales.

El fin de los partidos en buena lógica debería ser tratar de convencer, hacer pedagogía social y trabajar por llevar a cabo sus políticas, sin renunciar ni a su ideología ni a sus valores éticos. El problema es que los partidos políticos condicionan su actividad para llegar con su discurso a la manera de pensar que le atribuyen a una mayoría del electorado, a veces con formas cosméticas y con comportamientos que no se corresponden con su ideología.

La corrupción requiere un capítulo aparte. Aunque es transversal a los partidos y a las organizaciones, debe ser inaceptable allí donde se produzca y es necesario detectarla, investigarla y sancionarla con rigor; pero debemos evitar que, sin ocultarla, esta se convierta en un espectáculo que alimenta el morbo mediático y se utilice como el instrumento más eficaz para la destrucción del adversario político, dejando de lado la confrontación o el diálogo en torno a las políticas que se hacen o se pretenden hacer y que son en realidad lo que más le afecta a la gente.

Soy consciente de que puede parecer ingenuo pensar que el resultado electoral no es lo más importante para un partido político, pero me parece un fraude defender políticas impropias para ganar elecciones. Aunque en realidad este enmascaramiento se produce más sobre las artes de la manipulación política y las formas y estrategias de la comunicación y del marketing, especialmente, mediante la batalla mediática y las redes sociales, que al final son los instrumentos que están resultando más eficaces para configurar la opinión pública.

Soy consciente de que puede parecer ingenuo pensar que el resultado electoral no es lo más importante para un partido político, pero me parece un fraude defender políticas impropias para ganar elecciones

Se sabe que los programas electorales y las propuestas programáticas no generan emociones y apenas son leídas, y por eso el partido se juega sobre los asuntos que generan polémica y con las descalificaciones más o menos ingeniosas o demoledoras hacia los adversarios.

No debería ser humillante perder unas elecciones, porque solo significa que una mayoría de personas no comparte las propuestas políticas planteadas. Ganar unas elecciones es un instrumento necesario para llevar a cabo políticas transformadoras, progresistas, reformistas, moderadas, conservadoras o reaccionarias; pero cuando ganar se convierte en el fin principal lo importante es saber lo que piensa el electorado para decirle lo que quiere oír y contar con los apoyos mediáticos y de los líderes de opinión más influyentes. Esto es tan evidente que todos damos por hecho que siempre sucede así e incluso admitimos que en esto consiste la política: en ganar, ganar y ganar.