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Bajo el manto de la noche festiva

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Todo comienza con un chispazo insignificante: un roce entre la multitud, una copa derramada, una mirada mal interpretada, una palabra fuera de lugar. Durante una fiesta patronal, sin embargo, un incidente que en otro contexto quizá terminaría con una disculpa puede convertirse, en cuestión de segundos, en una pelea.

El alcohol, la presión del grupo, la necesidad de mantener el orgullo ante los demás y determinadas rivalidades pueden transformar un conflicto individual en una confrontación colectiva. Y cuando hay menores implicados, las consecuencias pueden ir mucho más allá de aquella noche.

No hace falta imaginarlo. Basta con repasar la prensa regional para encontrar ejemplos de reyertas ocurridas durante fiestas patronales y celebraciones locales. Algunas alcanzan una gravedad extrema y terminan ocupando titulares. Otras, afortunadamente, no pasan de un incidente puntual.

Pero los periódicos solo cuentan una parte de la realidad. Existe otra mucho más amplia y silenciosa: la de los altercados que nunca llegan a convertirse en noticia.

Porque no todo lo que ocurre durante una noche de fiestas acaba en un periódico. Hay peleas que se disuelven antes de llegar a mayores, discusiones que requieren la intervención de la Policía Local o de la Guardia Civil, jóvenes que terminan con lesiones leves, familias que tienen que acudir de madrugada a un centro sanitario y conflictos que, aunque no dejan un titular al día siguiente, sí dejan consecuencias entre quienes los viven.

En los pueblos, muchos de estos episodios se gestionan de manera local. Se interviene, se separa a los implicados y, en ocasiones, todo queda aparentemente resuelto cuando vuelve la calma. No hay noticia, no hay titulares y, para buena parte de la comunidad, quizá al día siguiente parezca que no ha ocurrido nada.

Pero que un incidente no llegue a los medios no significa que sea irrelevante. Para quien ha recibido un golpe, para una familia que ha tenido que acudir de madrugada a urgencias, para unos padres que reciben una llamada porque su hijo está involucrado en una pelea o para quienes han tenido que intervenir para evitar que un conflicto vaya a más, aquella noche sí ha tenido importancia.

Y existe además un efecto que resulta difícil de medir: la acumulación. Un altercado aislado puede parecer poca cosa. Una pelea sin consecuencias graves puede quedar reducida a una anécdota. Pero cuando año tras año se repiten pequeños incidentes que nadie considera suficientemente importantes como para hablar de ellos, quizá estemos dejando de ver el problema en su conjunto.

Porque la ausencia de noticias no equivale necesariamente a la ausencia de problemas. Los periódicos cuentan aquello que alcanza determinada dimensión, gravedad o interés público. La vida de un pueblo, sin embargo, transcurre también en una zona mucho menos visible: en las pequeñas peleas, en los conflictos entre grupos, en las discusiones que terminan a empujones, en los jóvenes que tienen que ser separados y en esas situaciones que, por suerte, no terminan peor.

Y precisamente por no terminar peor no deberíamos dejar de preguntarnos por qué ocurren. Quizá la verdadera prevención consista también en prestar atención a esa parte de la realidad que no llega a convertirse en noticia. Porque esperar a que una pelea sea lo suficientemente grave como para aparecer en un periódico significa, en cierto modo, esperar a que el problema ya haya alcanzado una dimensión que nadie quería.

En una pelea, además, las fronteras entre víctima y agresor no siempre son tan sencillas. Puede haber personas que hayan participado activamente en la confrontación y que, al mismo tiempo, hayan terminado sufriendo lesiones. Una persona puede haber agredido y acabar herida. Puede haber iniciado una confrontación y terminar necesitando asistencia médica. Y alguien que inicialmente se encontraba al margen puede acabar entrando en la pelea. Reconocer esta complejidad no significa justificar la violencia ni repartir responsabilidades de manera automática, sino analizar qué hizo cada persona, cómo se inició el conflicto y cómo evolucionó.

Pero existe una dimensión del problema de la que hablamos mucho menos: lo que ocurre cuando termina la fiesta.

Cuando las luces se apagan, la música deja de sonar y las calles recuperan la calma, comienza otra dinámica. En pueblos donde todos se conocen, señalar a un vecino, identificar a un agresor o denunciar a los hijos de una familia conocida puede tener un coste social importante. Aparecen entonces los silencios, las justificaciones y la tendencia a quitar importancia a lo sucedido.

“Son cosas de chavales”. “No ha sido para tanto”. “Los problemas los traen los de fuera”.

Frases aparentemente inocentes pueden terminar convirtiéndose en una forma de normalización.

Y ese quizá sea uno de los mayores riesgos: que la comunidad termine aceptando como inevitable aquello que debería considerar intolerable.

Y cuando hay menores, hay otra cuestión especialmente delicada que tampoco deberíamos esquivar: la responsabilidad de los adultos. No para señalar a unos padres concretos ni para convertirlos en culpables de todo lo que hagan sus hijos, sino para preguntarnos si, como sociedad, estamos confundiendo la autonomía de los adolescentes con la ausencia de límites.

En muchos pueblos resulta habitual encontrar a chicos y chicas de 13 o 14 años a altas horas de la madrugada en peñas y otros espacios festivos, sin una supervisión adulta cercana. No significa que todos ellos beban, que todos tengan problemas ni que todas las familias actúen de la misma manera. Pero sí debería hacernos reflexionar. Porque quizá lo más llamativo no sea solamente que ocurra, sino que muchas veces ya ni siquiera nos sorprenda. “Son fiestas”. “Siempre se ha hecho así”. “Son cosas de chavales”.

Pero ¿en qué momento dejamos de preguntarnos si algo que hemos normalizado es realmente normal?

No se trata de criminalizar a los jóvenes ni de impedirles disfrutar de las fiestas. Tampoco de pretender que los padres puedan controlar cada minuto de una noche. Se trata de asumir que la autonomía de un menor debe ir acompañada de un grado de supervisión acorde con su edad y con las circunstancias, especialmente cuando hablamos de noches largas, consumo de alcohol, aglomeraciones y situaciones en las que un conflicto puede escalar rápidamente.

También significa asumir que la responsabilidad no termina en quien protagoniza una pelea. Existe una responsabilidad familiar, institucional y, en cierta medida, colectiva: la de no mirar hacia otro lado.

La responsabilidad de una familia no empieza cuando recibe una llamada porque su hijo ha resultado herido o ha participado en una pelea. Empieza mucho antes: preguntando dónde está, con quién está, a qué hora volverá, qué límites existen y qué hacer si surge un problema.

Y hay otra cuestión todavía más difícil de asumir: la dificultad que tenemos, a veces, para aceptar que nuestros hijos pueden haberse equivocado. Cuando ocurre un incidente, es comprensible que lo primero que queramos sea protegerlos. Pero proteger a un hijo no significa justificar todo lo que haga. A veces protegerlo significa precisamente decirle que se ha equivocado, ayudarle a asumir las consecuencias y enseñarle que participar en una pelea, aunque también haya terminado herido, no deja de tener importancia.

Educar también significa eso: ser capaces de querer a nuestros hijos sin convertir ese amor en una defensa automática de todas sus actuaciones.

Y quizá aquí también debamos revisar una cierta tendencia a minimizar determinadas conductas cuando forman parte de las tradiciones de un pueblo. Que una práctica sea habitual no la convierte necesariamente en segura. Que generaciones anteriores hayan crecido de una determinada manera tampoco significa que debamos aceptar sin más los riesgos que hoy conocemos mejor.

Las fiestas son espacios de convivencia y diversión, pero no deberían convertirse en un territorio sin adultos, sin límites y sin consecuencias. Proteger a los menores no significa encerrarlos ni impedirles disfrutar de las fiestas. Significa acompañar progresivamente su autonomía y recordar que detrás de cada adolescente hay también adultos que tienen la responsabilidad de educar, poner límites y estar presentes.

No se trata de criminalizar a los jóvenes ni de impedirles disfrutar de las fiestas. Tampoco de pretender que los padres puedan controlar cada minuto de una noche. Se trata de asumir que la autonomía de un menor debe ir acompañada de un grado de supervisión acorde con su edad y con las circunstancias

Prevenir la violencia durante las fiestas no significa únicamente aumentar la presencia policial. Significa trabajar antes de que llegue la noche: coordinar a ayuntamientos, organizadores, peñas, familias, servicios sanitarios y fuerzas de seguridad; implicar a los jóvenes; diseñar espacios seguros; detectar los puntos de mayor riesgo y establecer protocolos claros de actuación.

Significa asumir que la responsabilidad no termina en quien protagoniza una pelea. Existe una responsabilidad familiar, institucional y, en cierta medida, colectiva: la de no mirar hacia otro lado.

Porque una fiesta puede terminar con una pelea y ser noticia al día siguiente. Pero cuando una comunidad decide callar, el problema puede durar mucho más.

Cuando una familia prefiere pensar que “son cosas de chavales”, cuando se atribuye sistemáticamente el problema a «los de fuera» o cuando nadie quiere asumir que quizá faltaron límites, supervisión o prevención, el problema puede durar mucho más que aquella noche.

La verdadera prevención comienza precisamente ahí: cuando dejamos de considerar la violencia como una parte inevitable de la fiesta y nos atrevemos a hablar de ella.

Solo entonces podremos conseguir que, año tras año, la noche festiva termine con música, encuentros y recuerdos compartidos, y no con una nueva capa de silencio.

Porque quizá el verdadero problema no sea solamente que un adolescente se pelee una noche. El verdadero problema aparece cuando todos los adultos que lo rodean encuentran una razón para explicar por qué aquello no tiene demasiada importancia.

¿Qué estamos enseñando a nuestros adolescentes?

¿Qué estamos permitiendo?

¿Qué estamos normalizando?

¿Y qué podríamos haber hecho antes para evitar que aquel primer roce terminara en violencia?

La música termina. Las luces se apagan. La plaza y las peñas quedan vacías. Pero lo que ocurrió aquella noche no desaparece simplemente porque llegue el silencio. La pregunta es qué hacemos con ese silencio.

Si lo utilizamos para esconder lo ocurrido, probablemente volverá a suceder. Si lo utilizamos para hablar, para asumir responsabilidades y para preguntarnos qué podríamos haber hecho antes, quizá entonces una fiesta deje de ser simplemente una noche que salió bien o mal y se convierta también en una oportunidad para aprender como comunidad.