El primer día de clase: tres miradas, un mismo corazón
El primer día de clase se vive de forma distinta según el momento de la vida. En la infancia rural de los años sesenta, en la experiencia de la docencia y en la maternidad, septiembre adopta rostros muy diferentes, pero mantiene un mismo latido de fondo: el de los comienzos que vuelven a abrir la vida.
Para una niña humilde en la España castellana y rural de aquellos años, el inicio de curso no traía estrenos ni viajes que contar, sino el regreso a la rutina tras un verano de ayuda en casa, costura por las tardes y alguna tarea en el campo. Si cierro los ojos, todavía puedo percibir aquel aroma inconfundible: la mezcla de goma de borrar, lápices y libros usados. Septiembre no era un tiempo de abundancia, sino de retorno a lo esencial.
Lo más importante de aquel reencuentro era el entusiasmo de volver a ver a las amigas de otros barrios en una escuela segregada por sexos, donde los chicos vivían en otro mundo, ajeno al nuestro. Era un espacio tranquilo donde aquellas vidas femeninas coincidían. En los preparativos no se estrenaba nada: se ajustaba el bajo a los babis o ropas heredados, se ponían tapas nuevas a los zapatos y se borraban los libros usados de hermanas mayores o vecinas. Un cuaderno y unos lápices nuevos eran un auténtico tesoro. (Los estuches y las carteras nos los traían los Reyes Magos). El regreso nos devolvía a un aula presidida por el crucifijo y los retratos del régimen, entre rezos, filas y algún canto patriótico. Sin embargo, para nosotras significaba algo más sencillo y luminoso: recuperar nuestro espacio de juegos, confidencias, complicidad y aprendizaje.
Como maestra, el primer día de clase seguía despertando nervios, aunque de naturaleza muy distinta. El inicio del curso significaba el reencuentro con los compañeros y el conocimiento de otros nuevos; los primeros cafés compartidos, las anécdotas del verano y las ilusiones renovadas mientras revisábamos horarios, programaciones y proyectos
Entonces no era consciente, pero aquellos comienzos me enseñaron a encontrar luz incluso en la escasez. Y si hoy soy lo que soy, es en gran parte gracias a ellas, a mis maestras. En aquel entorno recio, aquellas mujeres nos guiaron con cariño y una ternura callada. Fueron mis primeros referentes, el espejo en el que, sin saberlo, un día querría mirarme.
Con los años crucé la misma puerta, pero me senté al otro lado de la mesa. Como maestra, el primer día de clase seguía despertando nervios, aunque de naturaleza muy distinta. El inicio del curso significaba el reencuentro con los compañeros y el conocimiento de otros nuevos; los primeros cafés compartidos, las anécdotas del verano y las ilusiones renovadas mientras revisábamos horarios, programaciones y proyectos. A todo ello se sumaba una burocracia que aumentaba con cada nueva ley. Había un inevitable cansancio de los preparativos, pero también esa energía especial que acompaña a quien sabe que su profesión puede cambiar vidas.
Ya no pensaba en mis cuadernos, sino en las mochilas invisibles que traía cada alumno: el miedo del que llegaba por primera vez, la timidez del que apenas levantaba la vista, la inquietud del que no conseguía estar quieto o la vulnerabilidad que algunos escondían tras una sonrisa.
Yo tenía una ventaja que pocas madres podían tener: sabía perfectamente qué estaba sintiendo la maestra que los recibía al otro lado de la puerta. Conocía sus nervios, la responsabilidad, el deseo de aprenderse cuanto antes el nombre de cada niño y la esperanza de comenzar bien el curso. Quizá por haber ocupado también ese lugar, me resultó más fácil confiar
Con los años comprendí también que no todas las mochilas pesaban lo mismo. Algunas escondían preocupaciones que iban más allá de la timidez o del miedo: el esfuerzo de familias que afrontaban con dificultad el coste de los libros, el material escolar o las actividades complementarias. Siempre me resultó doloroso que un niño pudiera quedarse al margen de una excursión o de una salida educativa por falta de recursos. Más de una vez, los maestros buscamos discretamente la manera de conseguir ayudas para que ninguno se sintiera excluido. Porque la escuela pública no solo enseña conocimientos; también debe garantizar que todos los niños puedan compartir las mismas oportunidades, sin que la situación económica de sus familias condicione su derecho a aprender, convivir y crecer junto a sus compañeros.
Mis herramientas también habían cambiado: los bolígrafos verdes y rojos, las listas de clase, las agendas y los proyectos que esperaba convertir en experiencias significativas. Esos bolígrafos se convirtieron en algo más que instrumentos: pequeñas brújulas del aprendizaje. Comprendí entonces que enseñar iba mucho más allá de explicar una lección. Consistía en ofrecer seguridad, escuchar sin prisas, despertar la curiosidad y hacer sentir a cada niño que el aula era un lugar donde podía crecer sin miedo. Mi mayor aspiración fue siempre ser un faro capaz de iluminar sus primeros pasos.
La vida todavía me regaló una tercera mirada, quizá la más intensa desde el punto de vista emocional: la de madre. Preparar la mochila con cuidado, revisar que no faltara nada, forrar los libros, pegar las etiquetas con sus nombres y caminar juntos hasta la puerta del colegio formaba parte de un pequeño ritual lleno de ternura. Con septiembre regresaba también el pulso cotidiano de la familia: los horarios, las prisas de la mañana, las mochilas junto a la puerta y las conversaciones con otros padres. Aquel primer día compartíamos el privilegio de cruzar el umbral los tres juntos; una hermosa excepción antes de que la rutina del curso me obligara, como maestra, a entrar mucho antes que mis hijos o a salir después. Después llegaba ese instante inevitable: soltar su mano y confiar.
Pero yo tenía una ventaja que pocas madres podían tener: sabía perfectamente qué estaba sintiendo la maestra que los recibía al otro lado de la puerta. Conocía sus nervios, la responsabilidad, el deseo de aprenderse cuanto antes el nombre de cada niño y la esperanza de comenzar bien el curso. Quizá por haber ocupado también ese lugar, me resultó más fácil confiar. Sabía que detrás de aquella sonrisa había una profesional que pondría el corazón en su trabajo. Y eso me permitió despedirme con más serenidad, aunque el corazón siguiera encogido. Como madre comprendí que educar también es aprender a dejar marchar poco a poco, celebrando cada paso hacia la autonomía mientras una parte de nosotros querría detener el tiempo.
Hoy la emoción del primer día sigue siendo la misma: las miradas nerviosas, las manos que aprietan mochilas nuevas, las sonrisas contenidas y el abrazo rápido en la puerta
La educación ha cambiado enormemente desde aquellos años. Las pizarras de tiza dieron paso a pantallas digitales, los pupitres en fila al trabajo cooperativo y la educación emocional ocupa hoy un espacio imprescindible. Han cambiado las metodologías y las herramientas; sin embargo, hay algo que permanece intacto: el asombro ante el conocimiento que yo sentía de niña gracias a mis maestras, el que procuré despertar en mis alumnos y el que siempre he deseado para mis hijos.
Hoy la emoción del primer día sigue siendo la misma: las miradas nerviosas, las manos que aprietan mochilas nuevas, las sonrisas contenidas y el abrazo rápido en la puerta. Cambian los tiempos, pero esa mezcla de temor y expectación permanece viva en los niños y niñas que cada septiembre vuelven a empezar.
Hoy, ya jubilada, septiembre sigue despertando en mí una emoción difícil de explicar. Ya no preparo clases ni mochilas, pero la jubilación no borra el pasado: lo ilumina con una luz distinta. Cada comienzo de curso me recuerda que una parte de mi vida permanecerá siempre entre los pasillos de un colegio. Quienes hemos amado la escuela pública desde sus tres orillas —como alumna, como maestra y como madre— sabemos que, aunque ya no crucemos cada mañana esa puerta, una parte de nuestro corazón seguirá entrando en un aula cada mes de septiembre. Allí continúan encendiéndose pequeños faros que iluminan el camino de otros.
Por eso septiembre sigue emocionándome. Porque cada comienzo de curso me recuerda que una parte de mí nunca dejó aquella escuela: la niña que soñaba, la maestra que enseñaba y la madre que aprendió, al fin, que educar también consiste en confiar.