Ruido
Quítale ruido a la gran sala de los acontecimientos, quítale el techo para que el pájaro, cuando suelte su gallinácea de dioses mudos, esta pueda caer sobre tu cabeza. Quítale estruendo a lo envenenado de tu lenguaje, siégalo con tu lengua. Quítale los clavos al sonajero del mal, filfa sonora, y barullo oscuro a los mensajes de los teólogos de la maldad.
No te enredes con los curas que entablillan la mentira y su lenguaje mostrenco con huesecillos de aves blancas, se clava en los ojos la violencia de las astillas. Quítale la voz a los sinvergüenzas del furor y baja el volumen de tu caja de ruidos negros.
Quítale estruendo a la percusión de la realidad viscosa de estos tiempos, arranca la piel de los tambores y cubre con ellos el sembrado de habas. Cura con poesía tu lenguaje enfermo de ti mismo y arráncale los dispositivos que te enfangan en la superposición infinita de imágenes.
Escíndete del chat del diablo, donde la soflama incendia tus ojos. No odies, revive el aguacero de tu mirada ante 'El beso del ayuntamiento de París' de Robert Doisneau. Me hubiera gustado ser el que besaba en la edad de la contingencia.
No odies ni por asomo, pero quítale fulgor y teología a tu verdad, quítale dolor antiguo a tu lengua deconstruida por el poder. Habla al natural, díselo todo al natural, haz que ya no te entienda sólo porque al natural significa decirlo todo con los ojos cerrados. Revuelve todas las imágenes que te asaltan en el cubo de heces de la conciencia, se supone que pronto serán enterradas junto a los bidones radiactivos de tanto mal. Arranca a las imágenes el piñón fijo de su velocidad, las voraces imágenes que se comen tu cabeza.
Quítale al ruido el chirrido de la mentira, la vacuidad a las imágenes de las pantallas. Arráncale al futuro dictador la sombra encorvada y su silencio enfermo, como al bicho negro, cuando eras niño, le arrancabas las cien patas.
Llévale hoy flores a Rosa Luxemburgo, y deja que te hable desde las oscuras aguas del Landwehrkanal en el Spree de Berlín. Escúpele tu gargajo al rapado de las teologías negativas. Quítale hierro al asunto de tu verdad sagrada y pasa la abstinencia del locutor de radio y del hombre programado en la mentira con una copa de armañac desde una ventana abierta a la sierra de Gredos.
Ponte de almohada un libro de Walser y ensueña el mundo como cuando eras niño. Escribe con una tiza en una vieja pizarra de escuela, antes del exabrupto, esa frase de Simone Weil: “Amar y ser amado no tiene otro efecto que hacer mutuamente más concreta la existencia” Llena esa pizarra con la frase hasta que tu mano no sienta el lenguaje del mal: Al borrarla alguien con un cepillo, por un tiempo, aún podrá ser leída.