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Análisis

Las elecciones en Catalunya que no convienen a nadie pero que todos han comenzado a invocar

Barcelona —
7 de marzo de 2026 22:37 h

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“Una vez de una escoba salió un tiro”, solía decirse a los niños —al menos a mí me lo decían— para advertirles de que, con las cosas peligrosas, es mejor no bajar nunca la guardia. Pero amagar con lo que uno en realidad no desea y enseñarle al contrario las orejas del lobo es, también, una estratagema habitual en diferentes contextos. En los juegos de naipes se le llaman faroles y, en política, una negociación normal y corriente.

La política catalana lleva una semana con la respiración contenida a la espera del desenlace sobre los primeros presupuestos de Salvador Illa. Están en manos de ERC y a nadie se le escapa que son la prueba definitiva sobre la estabilidad del Govern.

El acuerdo para que haya cuentas no está cerrado y ni siquiera se atisba cercano, pues los republicanos reclaman movimientos del Ministerio de Hacienda a favor de su propuesta para que Catalunya recaude el IRPF. Es un compromiso que ERC arrancó al PSC en la investidura, pero que en el Gobierno ven ahora difícil de digerir en crudo. En Hacienda preferirían una solución escalonada en forma de consorcio fiscal, algo que Esquerra cree que suena demasiado al programa electoral del PSC, donde se incluía esa medida.

Nadie está parado, tampoco la cuenta atrás. La negociación está en marcha y se produce a diversas bandas, tal como ha ocurrido hasta el momento, pero ahora con más prisa. Todos, Ministerio, Govern y ERC, creen que hay margen para el acuerdo y que lo más probable es que este se acabe alcanzando antes del 20 de marzo, día límite para retirar la enmienda a la totalidad.

Pero el runrún de un posible adelanto electoral en Catalunya si finalmente no hay presupuestos ha comenzado a sonar, en parte como estrategia de presión pero en parte, también, como salida lógica para Illa después de haber lanzado el envite de llevar las cuentas al Parlament antes de ligarlas.

En el lado opuesto de la balanza, el principal argumento contra la hipótesis electoral es el análisis que hacen los propios actores implicados en la negociación. A pocos les convendría ahora un aborto abrupto de la legislatura y que Catalunya volviese a poner las urnas en, como pronto, el mes de mayo. Y, desde luego, ninguno de los posibles beneficiados de esa maniobra está en el Govern ni en ERC, y ni siquiera en Junts, sino en formaciones de cuño ultra a un lado y otro del espectro nacional.

En la última rueda de prensa ofrecida por Illa para hacer balance de 2025, el pasado 23 de diciembre el president descartó con claridad la posibilidad de unas elecciones incluso si ERC le tumbaba las cuentas. “El horizonte de la legislatura en Catalunya es de cuatro años y termina en 2028”, aseguró. Tras utilizar una fórmula tan clásica como “solo contemplo que haya presupuestos”, Illa también admitió que ponía la “estabilidad” por delante de todo lo demás, por lo que alejó la convocatoria electoral incluso en el peor caso.

El Govern tiene en las encuestas las mejores razones para tratar de alejarse de un final abrupto de la legislatura. El último CEO preveía un ligero descenso de los partidos que dan apoyo a Illa, lo que le dejaría a un voto de la investidura si se repitieran las alianzas de agosto de 2024. No hay en Catalunya sondeos que prevean una debacle socialista, pero tampoco ninguno que vea la mayoría tan consolidada como para poder prescindir de la cautela.

En ERC ocurre algo similar, con una circunstancia añadida. Si bien el partido está ligeramente al alza en los sondeos, Oriol Junqueras sigue estando inhabilitado para presentarse a unas elecciones. Por eso los republicanos no tienen nada que ganar en una carrera electoral.

Esa situación legal del líder republicano es la que lleva a pensar a algunas voces en Madrid que poner la carta del adelanto sobre la mesa podría asustar a la dirección independentista. En el círculo de Junqueras lo ven al revés. “No somos nosotros los que peor saldríamos de un adelanto electoral”, razonan en ERC.

Los republicanos saben mejor que nadie que, como pasa con las escobas, los adelantos electorales también los carga el diablo. Más aún cuando Illa debería someterse a una nueva carrera electoral con la mayoría de sus grandes proyectos de gobierno a medias. Otra cosa es que, tanto en Palau como en la cúpula de ERC, saben que en un momento así solo pueden emitir el mensaje de que están preparados para cualquier escenario.

Una derivada que sí podría cambiarlo todo es la conexión entre el calendario electoral catalán y español. En paralelo a los rumores sobre Catalunya, algunos analistas han comenzado a hablar de la posibilidad de un “superdomingo electoral”, es decir, hacer coincidir en un mismo día generales, andaluzas y catalanas.

Más allá del fundamento que tenga esta idea, lo cierto es que el PSC en los últimos años ha intentado españolizar todo lo posible las campañas electorales porque Sánchez moviliza mucho a sus votantes catalanes. A ERC le pasa lo contrario: necesita que en las elecciones catalanas se hable de temas catalanes para tener mejores opciones.

Por eso, una cosa es que Illa pueda descartar lanzarse solo a un adelanto electoral y otra qué haría si, efectivamente, Sánchez aprovecha el momento internacional para tratar de revalidarse en las urnas. Y, por eso, para ERC la amenaza electoral catalana es una amenaza menor, pero un superdomingo es una razón de más peso para avenirse a pactar unos presupuestos catalanes que cortocircuitarían esa opción.