Miguel Herráez, escritor y autor de 'Aparte de lo otro': “Faltan relatos sobre la València de la Transición”
Miguel Herráez habla despacio, como si en cada frase te contara una novela. Profesor universitario de Crítica Literarias durante décadas, lector voraz desde niño y escritor de una obra que se mueve entre la memoria y la ficción, regresa ahora con A parte de lo otro, una novela que vuelve a la Valencia de la Transición para explorar —una vez más— la relación entre literatura, periodismo y experiencia vital.
La conversación empieza ahí, en ese tiempo que él llama “mítico”, aunque enseguida matiza. “La Transición fue una época muy violenta. Parece que ahí empieza la democracia, pero todo el mundo sabe que no era así”, dice. Su novela se sitúa en ese terreno inestable: finales de los setenta, una ciudad en ebullición y un joven que quiere ser periodista. No es casual. Herráez pertenece a una generación marcada por acontecimientos que todavía hoy funcionan como hitos íntimos: el asesinato de Carrero Blanco, la muerte de Franco, el 23F. “Fue un aldabonazo”, recuerda sobre aquellos años en los que “la gente hablaba muy bajo en los bares”.
Pero más que reconstruir la Historia, le interesa reconstruirse a sí mismo. “Lo que intento es rescatarme a mí mismo, mi memoria”, explica. El protagonista de A parte de lo otro aspira a ser periodista, como el propio Herráez reconoce que le hubiera gustado ser. Es, en realidad, una forma de estar en el mundo. “El periodismo siempre me sedujo. Puedes entrar en ámbitos donde todo el mundo no puede acceder”, dice el escritor, que ha formado en los clásicos de la literatura a centenares de plumillas.
Para Herráez, esa es una de las claves: el periodista no solo cuenta lo que ocurre, sino que está allí donde ocurren las cosas. En reuniones clandestinas, en redacciones agitadas, en los márgenes de la historia. Pero también es una ilusión que se enfrenta a la realidad. “Quería trazar el perfil de esa iniciación: un personaje que se enamora de la profesión y el choque que tiene con la realidad”, resume.
Ese choque sugiere, sigue existiendo hoy, aunque el contexto haya cambiado radicalmente. “Ha cambiado mucho la actitud del alumno. Antes llevaba el periódico bajo el brazo. Ahora no interesa. Todo es mucho más ligero”, lamenta. Y ahí introduce una idea central, casi una advertencia: “El periodista tiene que tener rigor, verificación. Si te dicen que hay un árbol, tienes que ir a tocar el árbol”. A ese rigor añade algo menos técnico y más visceral: “El hambre debe ser consustancial. Si no está en la genética, se equivoca de profesión”.
Herráez se define sin rodeos como un escritor que no ha tenido éxito. O, al menos, no en los términos habituales. “¿Éxito qué significa? ¿Vender libros? Una cosa es literatura y otra vender libros”, afirma. Su escritura, explica, nace de un impulso introspectivo, casi inevitable: “Yo suelo escribir sobre lo que soy yo en el mundo”. Ese movimiento hacia dentro condiciona también sus límites: “El problema de escribir sobre uno mismo es que es un mundo muy limitado. Solo puedes hacer variaciones sobre tu idea del mundo”.
La ciudad que no se contó
Una de las obsesiones de A parte de lo otro es Valencia. Como una cartografía precisa. “Si hablo de una calle, es esa calle. Soy muy fiel a la ciudad”, explica. Herráez reivindica una carencia: la falta de relatos sobre la Valencia de la Transición. “Hay mucho Madrid en la novela, pero Valencia ha quedado marginada”, señala. Por eso su literatura tiene algo de restitución. De devolverle densidad narrativa a un lugar que también fue central. Pone la “atmósfera”, por encima de la “intriga”.
Miguel Herráez reconoce que escribe sin un plan cerrado: “Soy un escritor sin brújula. Solo tengo la atmósfera y voy estirándola”. Ese método le obliga a una reescritura constante, casi obsesiva. “Esta novela me la puedo haber leído cien veces”, confiesa. Frente a la inmediatez del periodismo, la literatura le permite detener el tiempo: “En literatura puedes trabajar siete u ocho horas para un párrafo. Eso permanece”.
Aunque sus novelas se apoyan en hechos históricos, Herráez rehúye el tono solemne. “Quiero desacralizar los hechos sin quitarles dolor”, explica. Ahí entra la ironía, el humor leve, incluso cierta distancia frente a los grandes relatos ideológicos. Sus personajes —periodistas, aspirantes, observadores— funcionan como vehículos de esa mirada: están dentro de la historia, pero también la cuestionan.
A parte de lo otro introduce además un elemento poco habitual en su obra: una intriga más marcada, un cierre que obliga al lector a mantenerse atento. “Recomiendo leer hasta la última palabra”, advierte. No da más pistas.
Este brillante profesor de Crítica Literaria seguirá escribiendo libros. Le queda mucho por contar. Pero en la literatura, podrá disfrutar de aquello que también quiso ser y tanto ama. El periodismo.