La fractura del ciclo hídrico en el Mediterráneo: “La desertificación tiene que ver con el uso inadecuado del territorio”
LEER ESTE TEXTO EN CATALÁN
El reciente seminario Certeses i incerteses del canvi climàtic al Mediterrani, organizado por la Universitat de València, ha servido como un foro de análisis crítico para abordar la profunda transformación ambiental y socioeconómica que atraviesa la cuenca mediterránea. El cambio climático en esta región de transición ha dejado de ser una proyección futura para consolidarse como una realidad material ineludible, alimentada por los efectos de las acciones antrópicas.
En este contexto, las precipitaciones mediterráneas muestran una evolución especialmente preocupante. Manuel Pulido, director de la Càtedra de Canvi Climàtic (UPV), sentenció durante su ponencia que el agua actúa como el vector principal del cambio climático. “El riesgo hídrico futuro estará dominado por cambios extremos y por las combinaciones de fenómenos extremos bajo la no estacionariedad”, añade el experto. La geógrafa María José Estrela, de la Universitat de València, recuerda que la irregularidad de las lluvias siempre ha sido una característica del clima mediterráneo, pero advierte de que el cambio climático está alterando su estructura.
Los registros históricos demuestran que los episodios torrenciales no son nuevos —inundaciones como las de la huerta de Valencia en 1912 ya forman parte de la historia climática de la región—, pero su comportamiento actual muestra cambios significativos. En el golfo de Valencia, por ejemplo, de 31 grandes eventos de precipitación extrema registrados, 26 se concentraron en el litoral centro-sur, con acumulados superiores a 400 milímetros.
En estos procesos, el Mediterráneo actúa como un auténtico “acumulador combustible” de energía y humedad que favorece las lluvias torrenciales cuando se dan las condiciones atmosféricas adecuadas. Sin embargo, el cambio más relevante no es solo el aumento de los episodios extremos, sino la transformación del propio régimen de precipitaciones.
Según explica Estrela, las lluvias ordinarias —las que recargan acuíferos, alimentan ríos y sostienen los ecosistemas— están perdiendo peso frente a los eventos extremos. “Los eventos extremos están reemplazando a la precipitación ordinaria”, advierte. Esto implica que, aunque las lluvias intensas puedan ser espectaculares, aportan menos beneficio hidrológico real porque gran parte del agua se pierde rápidamente por escorrentía o provoca daños antes de infiltrarse en el suelo. En paralelo, una atmósfera más cálida exige cada vez más vapor de agua, lo que agrava el desequilibrio hídrico: hay menos lluvia útil disponible para satisfacer una demanda atmosférica creciente. Esta dinámica evidencia, según Manuel Pulido, una intensificación del ciclo hidrológico por el cambio climático inducido por el hombre, lo cual erosiona la seguridad hídrica y multiplica las vulnerabilidades relacionadas con el agua.
La aridez, el suelo y la presión humana
A esta transformación del ciclo del agua se suman otros procesos de degradación ambiental. Jaime Martínez Valderrama, un investigador del CSIC, recuerda que la desertificación no depende únicamente de la aridez climática. “Un desierto es un lugar donde llueve poco”, explica, “pero la desertificación tiene que ver con el uso inadecuado del territorio”. Aquellas actividades humanas que van en contra de las condiciones ambientales naturales pueden acelerar la degradación de los suelos incluso en regiones donde la aridez ya es elevada (por ejemplo, el uso de fertilizantes contamina los suelos y los “exprime” hasta dejarlos desnutridos). El resultado es un sistema cada vez más vulnerable, en el que los cambios climáticos y las presiones humanas se amplifican mutuamente. La ilustración siguiente muestra cómo podría evolucionar el riesgo de desertificación en Europa en función del escenario al que nos enfrentemos o, dicho de otra forma, en función de lo que hagamos o no hagamos como humanidad.
La dimensión de esta vulnerabilidad se comprende mejor al ampliar la escala temporal. Según los estudios paleoclimáticos presentados por Ernesto Tejedor, “los registros de los últimos 100 años son insuficientes para capturar la variabilidad completa del clima mediterráneo”. Al integrar datos paleoclimáticos en la gestión de riesgos se revela, por ejemplo, que, en el Mediterráneo, el verano de 2022 fue el más cálido en más de 900 años, consolidando un profundo cambio de régimen en montañas de latitudes medias dominado por el aumento del estrés hidroclimático.
Un sistema climático cada vez más variable
El cierre de este seminario fue presentado por Ana Camarasa, catedrática de Geografia Física, quien subrayó que, aunque el conocimiento científico sigue ampliándose y abre nuevas preguntas, las evidencias sobre el cambio climático son ya contundentes. “Hay muchas incertidumbres, pero también muchas evidencias. La situación de cambio es dinámica y a medida que avanzamos en el conocimiento se abren nuevas puertas, pero esto no invalida que el cambio climático existe”, afirmó.
Camarasa también recordó que el Mediterráneo es especialmente sensible a estos cambios por su propia naturaleza climática. “El Mediterráneo es una zona de transición y uno de los climas más variables; por eso toda esta variabilidad y esta incertidumbre le afectan más que a otros sistemas”, explicó. Aun así, señaló que las observaciones muestran una coherencia clara en toda la región: “No hay dudas respecto al incremento de la temperatura”. Y el siguiente gráfico lo demuestra.
Más allá de las temperaturas medias, Camarasa alertó en su intervención sobre una transposición retardada del calor hacia las precipitaciones y sobre los impactos indirectos del clima, destacando la “mortalidad silenciosa” que provocan las noches tórridas sobre la salud pública. Nos encontramos, advirtió, ante un escenario de “multirriesgo” donde la combinación de fenómenos extremos supera repetidamente nuestros umbrales de tolerancia sociales y estructurales.
Para hacer frente a esta situación, Camarasa aboga por una “cocreación” de medidas, involucrando a la ciudadanía y a múltiples disciplinas, para desarrollar un porfolio de medidas de adaptación; un porfolio que, según Manuel Pulido, debe atender tanto la oferta y la demanda, como la gestión conjunta. En definitiva, ante la certeza de que los riesgos relacionados con el agua aumentarán con cada grado de calentamiento global, la profesora concluyó: “Sabemos que los extremos van a ocurrir más veces y con mayor intensidad; la incertidumbre es cuándo, dónde y cómo. Y ahí es donde lo que hagamos hoy va a determinar lo que pasará mañana”.
* La producción de este reportaje de elDiario.es cuenta con el apoyo de una subvención del proyecto Climate Frontline, liderado por EJC en colaboración con REVOLVE.