Hablan tres maestras de la primera gran movilización educativa valenciana: “La huelga actual es mejor que la del 88”
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Después de dos semanas de huelga indefinida en la enseñanza pública valenciana, el conflicto educativo sigue marcado por las movilizaciones, las negociaciones bloqueadas y una fuerte participación de profesorado, familias y alumnado en todo el territorio. Las reivindicaciones van más allá de la cuestión salarial y ponen el foco en las ratios, las plantillas, las infraestructuras, la burocratización de los centros o la defensa del valenciano y de la escuela pública.
En este contexto, nos encontramos en la Facultad de Magisterio de la Universitat de València con Conxa Delgado Amo Güin, Àngels Martínez Bonafé e Imma Coscollá Girona, maestras vinculadas a los Movimientos de Renovación Pedagógica y al sindicalismo de clase, para recordar la huelga educativa de 1988 y compartir reflexiones sobre las continuidades, los cambios y los aprendizajes entre aquel momento y el presente. Casi cuatro décadas después, sus experiencias permiten poner en diálogo a dos generaciones de lucha docente.
¿Dónde estabais trabajando en el 88 y cuál era el contexto previo a la huelga que llevó a estas movilizaciones?
Àngels: Estaba trabajando con el equipo de asesoras de la Reforma de Enseñanzas Medias y, por tanto, no estaba en un centro concreto. Ayudaba a distintos equipos docentes que iniciaban proyectos pedagógicos alternativos en Secundaria. La llegada de la huelga, por una parte, me emocionaba porque daba respuesta a mucho malestar que también existía en los centros: se le pedían muchas más cosas al profesorado de Secundaria de las que hasta entonces se le habían pedido. Pero, por otra parte, la huelga también suponía una ruptura de los proyectos que llevábamos adelante. Era un momento difícil.
Güin: Estaba en el Colegio Público Mas d’Escoto, de Riba-roja de Túria. Tuve la suerte de estar en un centro muy progresista, y allí hicimos huelga todo el profesorado. Tuvimos algunos problemas con las familias, pero había mucho ambiente asambleario, mucha decisión y mucha conciencia, porque lo teníamos claro. La única sindicalizada era yo, que pertenecía al Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza (STE), y además en aquella época era muy militante. Eso hizo que tuviera mucho trabajo, no solo en el centro, sino también en la comarca. Íbamos a las escuelas donde la gente no hacía huelga a explicar las propuestas y a animar a la gente a sumarse.
Imma: Era maestra en el Cervantes de Xirivella, pero, a diferencia del caso de Güin, en mi centro no había una sensibilidad clara a favor de la escuela pública ni de la necesidad de dignificarla. Vivía una especie de esquizofrenia: por una parte, estaba inmersa en el contexto sindical y de renovación pedagógica, donde había una efervescencia de reivindicaciones y sensibilidades; pero, por otra, en mi colegio prácticamente hice la huelga yo sola.
Àngels: Una de las cosas buenas que recuerdo es esa vida comarcal. En las asambleas comarcales te encontrabas con la mejor gente de las escuelas de todo tu entorno. Fueron, realmente, un espacio de encuentro muy bonito, aunque en aquel momento no hubiera unidad sindical, y eso nos permitía encontrarnos con gente a la que querías aunque tuviera planteamientos distintos.
Hablemos de las reivindicaciones. ¿De qué contexto político, social, sindical y educativo venían y cuáles eran las principales demandas?
Àngels: He pensado mucho estos días en el contexto de aquella huelga, porque la del 88 la hicimos con un gobierno socialdemócrata y en un momento en el que se iniciaba todo un proyecto de reformas. Es un contexto muy diferente al actual, en el que tenemos gobiernos en posiciones de extrema derecha. En el caso de Secundaria, que es la experiencia que yo viví, a los institutos empezaban a llegar adolescentes de hasta dieciséis años que nunca antes habían estado en esos espacios, especialmente de otras clases y ambientes sociales. Al profesorado se le pedía que fuera capaz de atender a una diversidad muy grande de alumnado, que asumiera tutorías… y una parte importante del profesorado, acostumbrado al bachillerato, se preguntaba: “¿Tutoría? ¿Y eso para qué sirve?”. Por tanto, era un momento en el que estaba cambiando la propia idea de la enseñanza y también la de lo que significaba ser profesor o profesora de Secundaria. De ahí nacían muchas de las reivindicaciones, porque era necesario que aquella reforma pedagógica viniera acompañada también de una reforma del puesto de trabajo. Y en ese contexto, creo que la huelga era necesaria.
Imma: En Primaria también empezaba a crecer una sensibilidad pedagógica diferente. Al mismo tiempo, había una nueva generación de maestras y maestros que ya llevábamos unos años trabajando dentro de la escuela pública y que empezábamos a tener voz propia para dignificar nuestra situación. De hecho, eso sería un paralelismo con algunas cosas que pueden estar pasando ahora. Recuerdo que se hablaba mucho de la homologación con otros niveles funcionariales, porque era una forma de dignificar el puesto de trabajo. También se insistía mucho en el tema de las ratios. Y, sobre todo en Primaria, era muy importante la reivindicación del cuerpo único, una propuesta muy vinculada a los Movimientos de Renovación Pedagógica y a los sindicatos de clase.
Güin: Justamente, una de las cosas que más he echado de menos en las reivindicaciones actuales es esa del cuerpo único, porque para nosotras era fundamental. Tendría que haber estado también en las reivindicaciones de hoy. Es una manera de dignificar toda la profesión, desde la gente que trabaja en la escuela infantil de 0 a 3 años —que cobra una miseria— hasta quien da clase en la universidad. Creo que, al fin y al cabo, es el mismo trabajo. Y después estaba también el tema de las ratios, que comentaba Imma. Nosotras teníamos 40 o incluso 45 alumnos por clase. Recuerdo perfectamente aquel cambio: de repente entrabas al aula y tenías la sensación de decir “hostia, esto parece vacío”. Y eso te permitía atender mucho mejor al alumnado.
Àngels: También había reivindicaciones relacionadas con el horario de trabajo. Por ejemplo, que se contemplaran horas de permanencia en el centro que no fueran lectivas, sino destinadas a coordinación y formación. Estas dos cuestiones eran fundamentales, aunque no se consiguieron inmediatamente. Si la huelga fue en el 88, la LOGSE se aprobó en 1990, y prácticamente todas las negociaciones de los años siguientes —algunas ya presentes en aquel calendario reivindicativo y otras que fueron apareciendo después— fueron mejorando aspectos como las ratios o el horario laboral. También era muy importante cambiar la normativa sobre las actividades extraescolares. En Secundaria, y creo que también en Primaria, para la gente vinculada a la renovación pedagógica, que intentábamos hacer el máximo posible fuera del aula, era fundamental que dejara de existir aquella normativa según la cual, si había un accidente, se culpabilizaba directamente al profesorado. Y no solo por el riesgo de un juicio, sino porque el cambio implicaba empezar a entender las actividades extraescolares como una parte importante del aprendizaje, y no simplemente como un día de excursión para distraerse. Al final, aunque inicialmente la huelga comenzaba por la reivindicación de la homologación con el funcionariado —una cuestión que a algunas nos daba bastante igual, porque no nos sentíamos funcionarias sino trabajadoras de la enseñanza—, el movimiento fue incorporando otros elementos que sí nos interesaban mucho: queríamos transformar nuestro lugar de trabajo y redefinir qué significaba ser docente. Y eso, poco a poco, el movimiento lo fue consiguiendo.
Imma: Yo quería insistir precisamente en eso. Ahora entramos en una escuela pública y nos encontramos con formación en los centros, actividades extraescolares reguladas y reconocidas pedagógicamente, o con cuestiones como los sexenios, que no dependen tanto de cargos jerárquicos como de la dedicación al centro. También esa diferenciación entre horas lectivas, horas de formación u horas de coordinación. Todo eso, que ahora parece normal, es fruto de aquel movimiento. Por eso es muy importante hacer una lectura política del momento en que estas reivindicaciones empiezan a aparecer. Desde la izquierda, una de las cosas que a menudo perdemos es el sentido de las victorias acumuladas a lo largo de los años. En el pulso constante con el poder hay momentos de parón, de desgaste o de pacto, pero cuando miras atrás y comparas el punto de partida con lo que hay ahora, te das cuenta de que ha habido un cambio enorme. Todo eso ha sido una conquista de aquel movimiento que arranca en ese momento y que, poco a poco, va extendiendo determinadas sensibilidades pedagógicas y políticas. Y esa es la gran fuerza de una huelga así: que acaba desbordando lo que piensa un claustro concreto o unas personas concretas y se extiende como un magma colectivo.
Güin: Es muy importante eso de hacer colectivo. Cuando estás en el colegio explicándole las cosas a las familias, no te sientes sola, porque sabes que hay un movimiento muy grande de maestras y maestros haciendo huelga y reivindicando lo mismo. Creo que la huelga de ahora es mucho más alegre que la que hicimos nosotras. Y eso es bonito. Lo notas en muchas cosas: en el color, en la idea de una camiseta que unifica —que parece una tontería, pero no lo es—, en la música en la calle, en las meriendas, en las columnas que van llegando. A mí me emociona verlo. Nosotras, en aquella época, no lo hicimos así.
Imma: También es cierto que la tecnología y las redes sociales ayudan muchísimo. Y esa es una de las cosas más bonitas: ponerlas al lado de la vida, de la creatividad y de la cohesión. Yo he alucinado viendo que, en una encuesta hecha en un solo día, participaran 40.000 personas y que después hubiera una clasificación por ítems de todas las respuestas. Eso es aprovechar recursos muy potentes que ayudan a crear colectivo. Y también se nota en todos los componentes creativos que vienen, por ejemplo, del 15M o de lo que pasó después de la pandemia: la manera de unirse a través de canciones, de acciones compartidas, de nuevas formas de movilización. Vivimos aquella etapa muy marcadas por la transición política y por la manera de enfrentarnos a la herencia de la dictadura. Las reivindicaciones se vivían con mucha ilusión y con muchas ganas de construir escuela, pero también desde una dureza muy grande. Y ahora hay algo muy importante: entender que la radicalidad no niega la alegría, ni la belleza, ni la creatividad. Tampoco niega la proyección de futuro ni la capacidad de pensar más allá del presente. Y eso es una conquista preciosa.
Àngels: Quiero decirlo claramente: creo que la huelga actual es mejor que la del 88. Y también me gusta pensar que muchas de las personas que ahora la están haciendo fueron alumnas nuestras. Han vivido lo que era hacer asambleas en clase, tomar decisiones colectivas, participar. Ahora están demostrando una enorme capacidad de organización, de toma de decisiones colectivas y también de negociación: no solo frente a la Conselleria, sino dentro de la propia diversidad del movimiento sindical y del movimiento de maestras y maestros. Y creo que esa es una capacidad política muy esperanzadora y muy bonita de la generación que está liderando este momento. Y después hay otra cosa: la belleza y la creatividad también tienen que ver con la escuela. La renovación pedagógica intentaba unir la historia, las matemáticas, la lengua… con la creatividad, la participación y la expresión. Y esta huelga lo demuestra muy bien: hay una plataforma muy estructurada, con reivindicaciones muy claras, pero al mismo tiempo con eslóganes creativos y carteles preciosos. Eso también es fruto de haber pasado por una escuela que ha intentado unir lo científico con lo artístico, lo creativo con lo participativo.
Imma: Y respecto a la gente que la está haciendo ahora, yo creo que una de las características más valiosas de la escuela pública es que quienes la habitan la construyen. Nosotras hacemos la escuela. Movimientos tan grandes como una huelga indefinida hacen que los colectivos empecemos a tomar la palabra sobre la escuela que queremos: una escuela más participativa, más digna, más abierta y con más proyección hacia fuera. Y ahora, en este cambio de ciclo generacional, se están empezando a hacer preguntas muy importantes: cuando decimos inclusión, ¿de qué estamos hablando? ¿Qué necesita una escuela inclusiva? Cuando hablamos del valenciano en la escuela, ahora —y no en 1990—, ¿qué estamos diciendo exactamente? Y cuando decimos que queremos una escuela pública de calidad y no subsidiaria de la concertada, ¿qué estamos defendiendo? Lo que está pasando es que se está construyendo una voz colectiva para pensar y hacer la escuela que queremos. Y eso es una de las cosas que más me ilusionan de este momento: que es un inicio. Más allá de cómo acabe el proceso, es el comienzo de una nueva manera de aunar una voz colectiva. Una generación que hereda la escuela que nosotras construimos, pero que la repiensa desde su propia experiencia y crea su propio proyecto de futuro. Y eso es necesario para la escuela pública.
Güin: Otra cosa que he notado es que antes los representantes sindicales eran muy serios. Como nosotras. Veníamos de donde veníamos, y vivíamos las reivindicaciones y la lucha sindical de una manera muy intensa, muy dura y muy radical. Por eso, cuando el miércoles escuché a Marc Candela, del STEPV, decir “continuamos en la unidad sindical”, se me pusieron los pelos de punta. Yo pensaba que ANPE y CSIF acabarían descolgándose, porque ya había pasado otras veces. Y ver que la unidad sindical continuaba me emocionó. Además, él lo decía con alegría. Y eso también es importante. Los sindicatos también tienen que aprender de esta nueva manera de vivir la lucha. Porque los sindicatos son fundamentales.
Hemos hablado de la unidad sindical y de las reivindicaciones, pero también me gustaría volver un momento a vuestra relación con los Movimientos de Renovación Pedagógica, porque implicaban una manera concreta de entender y vivir la escuela: hacer escuela desde la participación y la democracia en el aula y en los claustros. ¿Qué puede transformar dentro de una escuela un movimiento de huelga como este?
Àngels: Había una lectura bastante conservadora de ciertas reivindicaciones laborales. Por ejemplo, profesorado de Secundaria que decía: “Yo soy profesor de matemáticas, ¿por qué tengo que hacer tutorías? Que haya un psicólogo o un orientador y que los alumnos que molestan vayan allí”. Desde la renovación pedagógica, en cambio, lo que planteábamos era otra cosa: teníamos que aprender a dar clase de una manera que conectara con aquel alumnado que se aburría en el aula, que no encontraba sentido a la escuela. Y eso implicaba formación, coordinación y tiempo para elaborar propuestas culturales y pedagógicas diferentes. Yo no quería que aquel alumnado “se fuera al psicólogo”; lo que reivindicaba era tiempo para formarme, coordinarme y pensar mejor mi trabajo. Por eso digo que también había maneras reaccionarias de formular los problemas: querer volver a ser el profesor de BUP que solo se preocupaba de su asignatura.
Y no, nosotras no queríamos eso. Ahora, en cambio, la sensación que tengo —vista desde fuera— es que la formulación de los problemas es más global e incorpora mucho más la dimensión pedagógica. El hecho de que las reivindicaciones principales no sean solo salariales, sino también las ratios o las plantillas, ya indica que la dignificación del profesorado se piensa unida a la calidad educativa. Y después está la cuestión del valenciano y de hacer una escuela valenciana. Su presencia dentro de la huelga es una apuesta cultural y también política: una manera de entender el futuro y la cultura del país. Eso le da al movimiento un carácter popular, progresista y claramente de izquierdas. Seguramente no todo el mundo lo vive igual, pero el hecho de que eso esté presente ya abre un camino. No sé qué se conseguirá exactamente con esta huelga, pero el vínculo entre enseñanza en valenciano y enseñanza de calidad ya ha quedado puesto sobre la mesa.
¿Y cómo se vivía, en aquel momento, la relación con la administración pública, teniendo en cuenta que había un gobierno socialdemócrata?
Àngels: La situación era complicada. Aquella era una huelga estatal y las grandes decisiones se tomaban desde el Ministerio de Educación. Además, acababan de transferirse competencias a las comunidades autónomas, y eso también generaba debate en las asambleas: hasta qué punto la Conselleria debía tener autonomía para decidir o si todo seguía dependiendo del MEC. De hecho, en el País Valenciano se consiguieron algunas cosas que en otros lugares no, como aspectos relacionados con la formación del profesorado. Pero sí recuerdo que había una actitud más orientada a la negociación. Lo que no pasaba era eso de levantarse de la mesa, como ha hecho ahora la consellera. Eso ni los consellers ni el ministerio de aquel momento lo hacían.
Güin: Lo que está haciendo Ortí es una ilegalidad, porque su obligación es estar ahí y aguantar lo que haga falta. Si tiene que estar veinte horas negociando, pues veinte; y si tienen que ser cuarenta, cuarenta. Pero también es cierto que el contexto es diferente. Para el profesorado, tener delante a un gobierno de extrema derecha facilita algunas cosas, porque las posiciones están mucho más claras. Los otros también eran duros, ¿eh?, pero nosotras, en aquella época, pensábamos que estábamos en un momento histórico y que teníamos que forzar la máquina. Pensábamos: “si estos, que se supone que son los progres, están haciendo esto, imagínate cuando lleguen los otros”.
Imma: En este cambio de ciclo generacional y político, la transferencia autonómica también marca mucho la manera de entender las responsabilidades sobre las condiciones educativas. Hay que recordar que esta huelga indefinida llega después de meses de demandas de negociación que no habían sido escuchadas. Y, como decía Àngels, más allá de la cuestión salarial, hay toda una necesidad de volver a hablar de ratios, de infraestructuras, de plantillas y de condiciones laborales. Ya lo hicimos hace cuarenta años, pero muchas cosas no se han actualizado; incluso se han deteriorado. Se han perdido plantillas, las ratios se han relajado y las escuelas se han degradado muchísimo.
Y después hay otra cuestión muy importante: qué pasa dentro de los claustros. Cuando un claustro reivindica menos burocracia, no está hablando solo de papeles. En los últimos quince años ha habido una invasión de plantillas informáticas, de ITACA, de formularios prefabricados, que han ido sustituyendo la voz propia de cada escuela. Parece una manera de ahorrar tiempo, pero en realidad es una manera de tapar la voz de los centros. Por eso, cuando un claustro dice “basta de burocracia”, o cuando dice “en valenciano”, ahora mismo está abriendo preguntas muy profundas: ¿qué significa hoy una escuela en valenciano? ¿Qué significa una escuela inclusiva?
Porque la inclusión, si se plantea solo desde una especialidad aislada de la responsabilidad colectiva del centro, es un paso atrás. Pero si se piensa como un proyecto global de escuela inclusiva, estamos hablando de otra cosa. Y yo creo que los claustros han empezado precisamente a poner en voz colectiva todas esas preguntas. Por eso pienso que esta tabla reivindicativa tiene una capacidad transformadora muy grande. Quiero creerlo. Es que estamos muy emocionadas con lo que ha pasado esta semana.
Àngels: También hay que tener en cuenta la diferencia de etapa. Después de la LOGSE vienen veinte años de gobiernos del PP y de recortes constantes: aumento del horario lectivo, aumento de las ratios, deterioro de los centros… Los gobiernos del PP siempre han empeorado las condiciones laborales y eso ha ido acumulando un desgaste muy grande.
¿Qué puede aprender una escuela cuando se moviliza colectivamente?
Àngels: Recuerdo con mucho cariño los encierros en los centros con familias y alumnado. Recuerdo especialmente uno en el que acabamos hablando de los exámenes, de cómo se podían resolver los conflictos entre profesorado y alumnado —porque siempre se daba por hecho que la razón la tenía la profesora y no el alumno—, de los deberes, del trabajo en casa… Aquellos momentos eran muy valiosos. Y me habría gustado que eso se hubiera reproducido más en los centros. Es difícil en el día a día, pero en momentos de huelga sí se pueden abrir estos espacios de debate pedagógico. Ya que estamos en huelga, aprovechemos para hablar de cuestiones que afectan a toda la comunidad educativa: los exámenes, la evaluación, los conflictos, los derechos del alumnado, la participación o el Consejo Escolar —que muchas veces nadie quiere porque se vive como algo aburrido y vacío. Pero precisamente por eso hay que reapropiarse de esos espacios y discutirlos colectivamente.
Imma: Es muy importante visibilizar que la comunidad educativa también la forman las familias. No se trata solo de que apoyen la huelga, sino de que la sostengan. De hecho, FAMPA ha secundado la convocatoria, y las familias son muy conscientes del deterioro de las infraestructuras, de la falta de recursos y de la diversidad que hay dentro de las aulas de sus criaturas. Igual que nosotras formamos parte de una escuela que abrió puertas, esta huelga también puede recuperar una idea muy importante: que las familias forman parte activa de la defensa de una escuela pública de calidad. Eso ya se vio en el referéndum sobre el valenciano. Todo parecía ir en contra, pero la respuesta de las familias a favor del valenciano fue extraordinaria.
Y respecto a la transformación pedagógica dentro de los claustros, creo que hay una palabra clave: complejidad. La complejidad no significa renunciar a las consignas radicales, sino evitar simplificarlas. Significa entender que todo está relacionado. Por eso, esta huelga está transformando las relaciones dentro de los claustros, la manera de hablar, los tiempos y las formas de organizarse. Y eso es tan importante como lo que hace la educación con las criaturas. Cuando tú trabajas por una educación emancipadora, lo haces con el convencimiento de que todo lo que vive una persona forma parte de su trayectoria vital. Y políticamente ocurre igual: la huelga es transformadora porque está transformando la calle y la manera de relacionarnos.
¿Qué les diríais hoy a las personas que están haciendo huelga? ¿Qué es imprescindible para mantener viva esa chispa?
Güin: Que continúen. De verdad, yo lo veo clarísimo, incluso desde la distancia: están en el camino. Esto no se lo van a regalar. Y aunque no me gusta nada utilizar metáforas bélicas, es evidente que es una lucha. Pero una lucha que tiene que seguir viviéndose colectivamente: tocando música, acompañándose, yendo a merendar juntas, repartiendo papeles, convenciendo a la gente, haciendo acampadas en los centros… lo que haga falta. Y sobre todo con las familias, que son fundamentales. Esta huelga la vamos a ganar. No sé exactamente hasta dónde llegará la línea, pero creo que es muy importante evitar una confrontación sindical entre los sindicatos de clase, como nos pasó a nosotras. Si se mantiene esa unidad, llegarán muy lejos.
Àngels: El simple hecho de haber sostenido todos estos días de huelga con un porcentaje tan alto de participación ya es una victoria. Este gobierno de derechas no podrá actuar igual después de esta huelga que antes. Y, además, es una huelga que ha unido escuelas de todo el territorio y que está creando conciencia de País Valenciano. El otro día, en Conselleria, me encontré con compañeras de mi hija Marina, que también es maestra, y estaban muy afectadas porque no habían podido hacer huelga por los servicios mínimos. Y el hecho de que se sintieran mal por haber tenido que estar en el centro… eso también es una victoria.
Imma: Es muy importante lo que está pasando. Por tanto: adelante!. Nosotras estamos muy agradecidas, porque formamos parte de la escuela pública y esto ha sido, verdaderamente, un paso adelante. Y añadiría una última idea. Las que venimos de la renovación pedagógica sabemos que una de las claves que nos ha dado plenitud y compromiso con nuestro oficio ha sido vivirlo en primera persona: vivir el aula, el centro y la relación con las compañeras, los compañeros y las familias desde un lugar propio. No se trata solo de gestionar aquello que te pide la administración. La gota que ha colmado el vaso es, también, toda la docilidad acumulada ante lo que se imponía desde arriba. Y no porque quieras estar en contra de todo, sino porque quieres hacerte presente desde el lugar desde el que quieres construir escuela. A nosotras, vivir así el oficio nos ha hecho maestras felices. Hemos terminado nuestra vida laboral porque tocaba cerrar un ciclo, pero no nos hemos quemado. Y eso es lo que está haciendo ahora la gente que está en huelga. Ese es el camino, y esto ya es una victoria.