OPINIÓN
El Mundial: el mundo convertido en monasterio
Ya habréis participado muchos en la polémica sobre la nueva pausa de tres minutos por tiempo —el cooling break— que se está ensayando en el Mundial de fútbol. Los que venimos del baloncesto FIBA ya experimentamos, hace años, la conversión de los dos medios tiempos en cuatro cuartos. No recuerdo tanta polémica.
Los muy futboleros expresan su rechazo a esta medida por su impacto negativo en el partido. La pausa altera la dinámica del juego, frenando al equipo que va ganando o jugando mejor y dando un respiro al que está en peor condición física y anímica. Esto puede desequilibrar el ritmo tradicional del fútbol y favorecer estrategias defensivas o reactivas justo antes de finalizar el cuarto.
Fuera del campo, los no futboleros criticamos lo que el nombre oculta. El término inglés cooling break se puede traducir como “pausa para hidratación”: eufemismo que edulcora la realidad con un lenguaje engañoso. ¿Realmente busca proteger la salud de los jugadores o responde, más bien, a intereses económicos?
Recordemos que los futbolistas siempre se han hidratado durante el partido, acercándose a refrescarse a los banquillos cuando el juego lo permitía. Por eso, la verdadera motivación de la pausa sería beneficiar a las cadenas de televisión y a la FIFA, que ha recibido grandes sumas por los derechos de retransmisión. Los seis minutos adicionales —tres por tiempo— permiten insertar más publicidad en momentos de máxima audiencia, lo que supone un ingreso extra para todos los interesados. Por ello,sería más honesto asumir la división del partido en cuatro cuartos y admitir la inserción de pausas publicitarias, como ya se hace en el baloncesto. Al fin y al cabo, en los partidos de básquet retransmitidos por televisión, cuando no hay tiempos muertos solicitados por los entrenadores, el partido se detiene para emitir la publicidad.
Los muy futboleros replicaréis que habría que implementar las pausas de otra manera, sin afectar tanto al ritmo del partido. Vosotros sabréis cómo. Pero parece que el proceso de comercialización del fútbol es tan imparable como el uso del lenguaje para disimular los intereses económicos. Al menos esconden sus vergüenzas con el lenguaje de la hipocresía.
Si queréis practicar otro lenguaje, escuchad al menos una vez en vuestras vidas las campanas de la iglesia románica de Beget. Apagad el móvil y guardad cualquier dispositivo que os ubique en el tiempo: volveréis a la experiencia medieval del tiempo. Si, además, lo hacéis en estas fechas de Mundial, os provocará un cortocircuito mental: no podréis controlar a cada instante qué hora es.
En cambio, estas semanas, hay al menos 48 países pendientes del horario de los partidos de sus selecciones nacionales: 48 países pendientes del reloj y de los dispositivos electrónicos donde ver los encuentros.
El fútbol y el tiempo: ¿magia o negocio?
El cooling break o la comercialización del fútbol es un ingrediente más de lo que Max Weber llamó desencantamiento del mundo. Se pierde la magia medieval durante el proceso moderno de racionalización o desmagización (Entzauberung). Y, valga la redundancia, los Mundiales no pueden sustraerse a un proceso mundial.
Hoy, en definitiva, casi todo se mide, se programa y se planifica al minuto. Lo que en la Edad Media era una excepción reservada a los campanarios de las iglesias y a los tañidos que estructuraban la vida monacal, hoy se ha universalizado. Cada cual que juzgue y valore pros y contras, pero parece complicado oponerse al proceso de desencantamiento. El mundo se ha convertido en un gran monasterio, y los Mundiales acaban de ingresar en la vida monacal: regulada al minuto por relojes y planificada según las divisiones racionales del tiempo. Continuará.