Un 8 de marzo en tiempos hostiles

0

Hacía años que no sentía tan necesario escribir sobre el 8 de marzo. Durante un tiempo creímos que cada 8 de marzo era la celebración de que avanzábamos, de que algunas batallas estaban ganadas y de que la igualdad formaba ya parte del consenso democrático básico. Pero este año, sinceramente, tengo que decirlo con preocupación: siento que las mujeres estamos más amenazadas que nunca.

No son palabras huecas porque estemos en la semana del Día Internacional de la Mujer. Es una sensación real, una inquietud política que nace de lo que veo cada día en mi entorno y en la esfera pública.

Por primera vez en mucho tiempo, me preocupa seriamente que las mujeres que participamos en política tengamos cada vez más dificultades para ejercer con normalidad nuestro derecho a la representación, al debate público y a la discrepancia democrática.

Lo hemos visto en el propio Senado, donde el Partido Popular ha acreditado como supuestos periodistas a personas vinculadas con la extrema derecha que se dedican a intimidar y hostigar a representantes públicas. Un espacio que debería ser sagrado para la deliberación democrática se convierte así en un lugar de amedrentamiento.

Mi compañera y amiga, la senadora Rocío Briones, ha sido agredida físicamente por uno de estos supuestos periodistas acreditados, que llegó a golpearla con un puñetazo por la espalda. Lo más preocupante no es solo el hecho en sí, sino la negativa del Partido Popular a condenar lo ocurrido.

Pero el problema no se limita a las instituciones. También alcanza al periodismo y al espacio público.

Periodistas mujeres son señaladas, humilladas y acosadas sistemáticamente por ejercer su profesión con libertad. Pienso en Sara Santaolalla, convertida en objeto permanente de insultos y desprecio. Hasta el punto de que en un programa de gran audiencia como El Hormiguero se llegó a bromear sobre ella diciendo, entre risas, que era “mitad tetas, mitad tonta”.

También vemos cómo mujeres con voz propia en el debate público son perseguidas, ridiculizadas o acosadas judicialmente, como Ana Pardo de Vera. O cómo se normaliza la burla de llamar “Charo” a María José Pintor, un insulto que en realidad va dirigido contra toda una generación de mujeres mayores de 50 años: mujeres que han sostenido familias, que han criado hijos e hijas y que han trabajado durante décadas, y que ahora, cuando opinan o votan libremente, son caricaturizadas y ridiculizadas.

Todo ello forma parte de un clima cultural cada vez más hostil.

Pero la preocupación no se limita a nuestras fronteras ni a nuestras instituciones. Vivimos en un mundo donde la violencia se normaliza cada vez más, incluso cuando afecta a niñas.

Recientemente hemos visto el ataque a una escuela de niñas en Irán que ha asesinado a más de 180 niñas. En cualquier momento del año sería una tragedia insoportable. Pero que ocurra mientras nos acercamos al 8 de marzo tiene un significado todavía más doloroso.

Porque cuando una escuela de niñas es atacada, cuando niñas que simplemente iban a estudiar se convierten en víctimas de la violencia, lo que se está atacando no es solo un edificio ni solo a unas familias. Se está atacando la idea misma de que las niñas tienen derecho a aprender, a crecer libres y a construir su futuro.

Pero lo que resulta especialmente descorazonador es el silencio de muchos de los supuestos líderes internacionales. De hecho, una de las pocas voces que se ha pronunciado con claridad ha sido la del presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez.

Mientras tanto, escuchamos declaraciones de líderes como Donald Trump o Emmanuel Macron que parecen competir en una especie de exhibición permanente de testosterona política. Un modelo de liderazgo que vuelve a presentarse como fuerte, agresivo y dominante. Un modelo de poder profundamente masculino que parece querer devolvernos a un mundo en el que las mujeres debíamos estar en segundo plano.

Por eso este 8 de marzo se siente diferente.

Se siente más urgente.

Se siente más necesario.

Porque da la sensación de que vivimos un momento de reacción. Un momento en el que algunos quieren empujar a las mujeres de nuevo hacia los márgenes del espacio público. En el que quienes levantan la voz son señaladas, ridiculizadas o incluso agredidas.

Pero quiero pensar que este 8 de marzo de 2026 será recordado no solo como un momento de preocupación, sino también como un momento de conciencia.

El momento en el que recordamos que ningún derecho está garantizado para siempre.

Y que, precisamente por eso, hay que defenderlos todos los días.

Para que 2026 no sea el inicio de un retroceso, sino el momento en el que decidimos que no vamos a dar ni un paso atrás.

Para que dentro de unos años podamos mirar atrás y decir que, cuando parecía que todo se torcía, fuimos capaces de volver a avanzar.