Ajusticiar
El espectáculo judicial que estamos padeciendo es lastimoso, produce vergüenza ajena y propia, y desde fuera, desde muy afuera, nos vuelve incrédulos, desconfiados y temerosos de unos instrumentos que se crearon para defendernos de los abusos, y ahora son ellos los que abusan metiéndonos en una profunda confusión de la que no hay toga que nos saque. El miedo a la justicia es el peor de los miedos, y la percepción de impunidad para algunos es la peor de las percepciones.
Hemos perdido el hilo conductor de los procesos, y los diferentes roles, el fiscal, el abogado, el testigo, la acusación, el imputado, el juez, todos se mezclan sin dejarnos ver cuál es el objetivo real. Los agoreros vocean una y otra vez que se está tratando de politizar la justicia cuando lo que pretenden es ajusticiar la política, dejarla en manos de personajes no elegidos por nadie.
Con semejante revuelo entiendo que la justicia lleve los ojos tapados, porque no quiere ver lo que se hace en su nombre. Nos dan ganas, muchas, de tapar también los nuestros, apagar el telediario, y dejar que la ignorancia nos defienda. Sentarnos en el sofá y leer una novela de ficción porque la otra ficción, la verdadera, es insoportable.
Y los medios de comunicación, ¡ay! los medios. La mayoría multiplican esa sensación de malestar mientras se alimentan de subvenciones tendenciosas, y la minoría, caminan con pies de plomo y palos amenazantes en las ruedas. Cuando las mentiras, los olvidos, los disimulos, los insultos, los bulos y otros menesteres inundan las noticias, solo nos queda el suicidio del desinterés, mirar para otro lado y pensar solo en lo nuestro. Calentitos y con cara ausente.
No quiero caer en el desánimo de la injusticia, ajusticiadora de la convivencia (un desánimo más, como los acuerdos vergonzosos, como las guerras intencionadas, como la ley del más poderoso, como el pisoteo de los derechos fundamentales), y quiero creer que todo es posible cambiarlo, que este péndulo de voy y vengo, de hoy oscilo hacia aquí, mañana hacia allí, se detendrá y pondrá la razón y la ley del mismo lado.
Es cuando la justicia verdadera, la que tiene los ojos abiertos de par en par (nada de vendas) regresará y enriquecerá la convivencia en lugar de torpedearla. Los tribunales estarán al alcance de todos y todas, con independencia del nivel adquisitivo que hoy actúa como barrera infranqueable, y la política, en la que se basa la democracia, dará el protagonismo al parlamento, ese que ha elegido la ciudadanía, sin atajos ni usurpaciones, sin exabruptos ni insultos.
Entonces volverá la convivencia, sabremos que vale la pena votar y defender nuestros derechos, nos sentiremos protagonistas y dueños de nuestro destino. Entenderemos las discrepancias y las resolveremos desde el acuerdo, amparados por los derechos humanos y las leyes que nosotros hemos elegido.
Siempre con los ojos abiertos y sin ajusticiar a nadie.