La complejidad ha cambiado de bando
Durante la Transición española, el mapa de la inteligibilidad política parecía tener unas coordenadas fijas para la inmensa mayoría de la población: la izquierda era el hogar de las ideas claras, la base social, la intervención pública, mientras la derecha — y particularmente la extrema derecha — arrastraba lastres históricos irresolubles para ellos mismos. Tres o cuatro décadas después, ese péndulo ha oscilado. Consecuencia de ese cambio hoy, la derecha política ha encontrado en la simplificación emocional y en los significantes vacíos un eficaz mecanismo de movilización, mientras que la izquierda se debate en una maraña de matices, contradicciones ideológicas, compromisos institucionales y fracturas internas que la vuelven casi incapaz de articular un relato tan potente como aquel que la impulsó en los años setenta y ochenta.
Para comprender el cambio de paradigma, conviene recordar el escenario original. En la muerte de Franco, la izquierda acompañado de una derecha antifranquista asumió un papel que hoy podría parecer contradictorio: el de la síntesis narrativa. Frente al bloque reformista y al inmovilismo del bunker, las consignas de libertad, amnistía, estatutos de autonomía y Constitución operaban como condensadores de sentido. Cada uno de esos términos era, en esencia, un concepto polisémico, pero precisamente su ambigüedad permitía la unidad. Un comunista, un socialista o un nacionalista periférico podían discrepar en el contenido exacto de la libertad, los estatutos o de la amnistía, pero coincidían en la necesidad de proclamarlos como horizonte compartido.
La izquierda logró entonces lo más difícil en política: hacer de la complejidad de un proceso de ruptura pactada un relato lineal, comprensible y movilizador. Desde luego con cesiones, concesiones y renuncias pero no va de eso esta reflexión. No necesitaba explicar, a la inmensa mayoría de la población, los matices de la Ley de Reforma Política o los entresijos del consenso constitucional; le bastaba con oponer la dictadura a la democracia, la represión a la amnistía, el centralismo a los estatutos el régimen franquista a la constitución. La audacia de aquella estrategia fue que la izquierda aceptó cargas enormes — la autocensura, la moderación de sus reivindicaciones económicas, la renuncia a la ruptura revolucionaria — a cambio de colocar esos pocos conceptos como el vocabulario ineludible del nuevo régimen.
Mientras tanto, la derecha — y de manera más aguda la extrema derecha — vivía su propia complejidad irresoluble. Por un lado, su legitimidad histórica se asentaba en el alzamiento militar y cuarenta años de dictadura. Por otro, el contexto internacional y la necesidad de integrar a España en las democracias occidentales la empujaban a aceptar el proceso. Su contradicción fundamental era imposible de simplificar: ¿cómo oponerse a la democracia sin condenarse al ostracismo? ¿cómo defender el legado franquista sin renunciar a la respetabilidad internacional?. Las contradicciones, es decir, la complejidad argumentativa, estaba en su lado.
Esa complejidad estructural la abocó a discursos tímidos, a reformulaciones vergonzantes y a una constante sensación de ir a remolque y a aprovechar cualquier cesión, por mínima que fuera, de la parte democrática. La extrema derecha, representada entonces por Alianza Popular y sus primeros líderes — Fraga incluido con Blas Piñar creando más contradicciones —, tardó años en encontrar una fórmula de simplificación que le permitiera competir en igualdad de condiciones. Su complejidad era demasiado real, demasiado pesada, demasiado ligada a un pasado que no podía defender sin autoexcluirse del sistema.
Algo cambió en el tránsito al siglo XXI, algo que nace precisamente de la simplicidad de los mensajes construidos en aquella transición y que la izquierda no pudo, no supo o no quiso seguir haciendo suya. La globalización, la crisis del relato socialista tras la caída del Muro y la aparición de nuevas realidades (incremento de la movilidad -migración y turismo-, terrorismo yihadista, crisis de soberanía ante Europa, luego la crisis financiera de 2008) ofrecieron a la derecha la oportunidad de reinventar su síntesis. Ya no se trataba de defender el pasado, sino de simplificar el presente. Conceptos como prioridad nacional, unidad de España, rearme moral, ley y orden o gestión eficiente empezaron a operar exactamente igual que la libertad o la amnistía cuarenta años antes: como significantes vacíos, pero políticamente operativos. «Prioridad nacional» no tiene un contenido económico y social concreto —¿prioridad en qué? ¿en presupuestos? ¿en política exterior? ¿en seguridad? ¿ayuda a la seguridad y mantenimiento de la economía o la perjudica ?—, pero permite, por su vacuidad, que cada votante llene ese vacío con su propia ansiedad, su propio malestar. Para un empresario será la competitividad; para un trabajador de la industria, la protección frente a la deslocalización; para un progenitor -padre o madre- de familia anclado en viajas formulaciones, la seguridad ciudadana. La derecha descubrió que la efectividad de un argumento no depende de su precisión semántica, sino de su capacidad para funcionar como un comodín emocional.
A ello se suma una estrategia procesal y mediática demoledora: la judicialización de la política. El señalamiento constante de que los líderes progresistas son el epicentro de tramas de corrupción, financiación ilegal o deslealtad institucional actúa como un mecanismo de complejidad forzada para la izquierda. Cada vez que un juez instructor —muchas veces con filtraciones selectivas— coloca a un dirigente socialista o de Podemos bajo la sospecha de una trama, la izquierda se ve obligada a desplegar un ejército de matices: distinguir lo judicial de lo político, explicar los plazos procesales, defender la presunción de inocencia, diferenciar la causa general del caso concreto. Esa es la complejidad que paraliza. La agenda le viene marcada.
Paradójicamente, la izquierda ha heredado la vieja complejidad argumental de la derecha. Su éxito en la Transición — la institucionalización del Estado autonómico, la consolidación de derechos civiles, la participación en el diseño del Estado del bienestar — la ha convertido en gestora de un sistema cuyas contradicciones debe ahora explicar. ¿Cómo defender el gasto social sin caer en el déficit? ¿Cómo conciliar los derechos de las minorías con la estabilidad presupuestaria? ¿Cómo explicar que la libertad que antes era una consigna ahora se llama regulación de alquileres o impuesto a grandes fortunas? ¿Cómo desarrollar el estado federal sin caer en el independentismo?. Demasiados matices, demasiada complejidad. La izquierda ya no puede resumir su programa en tres palabras. Necesita párrafos, estudios, informes, matices, y eso en política contemporánea es sinónimo de derrota comunicativa. El resultado es una izquierda con los pies atados: incapaz de encontrar los argumentos sencillos y comprensibles que permitan colocar su agenda y, al mismo tiempo, obligada a responder en el terreno de la complejidad forense y administrativa que le impone la derecha. La derecha, en cambio, puede decir «que investiguen» y ese imperativo se convierte en un relato completo. No necesita demostrar nada, solo insinuar.
Lo que este análisis sugiere no es que una ideología sea intrínsecamente más simple o más compleja, sino que la capacidad de simplificar — de convertir contradicciones reales en relatos movilizadores — es un recurso que cambia de bando según las épocas. En la Transición, la izquierda supo hacerlo porque su demanda era el futuro: y el futuro, por definición, puede ser simple. La derecha de entonces defendía un pasado que, por mucho que se adornara, no podía dejar de ser un laberinto de justificaciones.
Hoy, la derecha ha encontrado un nuevo futuro simple: la defensa de la nación – apropiándose de símbolos - frente a un progresismo que ella misma ha contribuido a presentar como fragmentario, dubitativo y atrapado en procedimientos. Y la izquierda, por su parte, defiende el presente institucional, las conquistas que ya están escritas en leyes y sentencias, y el presente es siempre más complejo que cualquier promesa. La lección es amarga: quien quiera gobernar deberá no solo tener razón, sino también encontrar las tres palabras que hagan comprensible la imagen para quien no tiene tiempo para leer las otras novecientas noventa y siete.