Una década de feminismo en el Camp de Morvedre
Hay cosas que empiezan con un grupo de WhatsApp. Esta también. Se llamaba Femibus, que ya de entrada tiene algo de gracioso y de serio a la vez, que es exactamente como suelen ser las cosas importantes cuando las organizan las mujeres.
La idea era sencilla: ir juntas a Madrid. El 7 de noviembre de 2015 se celebraba la primera Marcha Estatal contra la Violencia Machista y un grupo de mujeres del Camp de Morvedre había decidido que quería estar allí. No cada una por su cuenta, perdiéndose en el metro o llegando tarde al punto de encuentro, sino juntas, en autobús, como cuando se va de excursión pero con otra cosa en el pecho. Con esa mezcla de ilusión y rabia que solo se siente cuando sabes que lo que vas a hacer importa de verdad.
Fueron. Vieron decenas de miles de personas en las calles de Madrid. Escucharon el manifiesto. Gritaron. Y volvieron a casa siendo, de alguna manera, distintas.
Lo que pasa cuando te quitan el espacio
Sagunto tenía ya su historia feminista. El Consell de la Dona funcionaba, se convocaba el 8 de marzo, había mujeres organizadas desde hacía años. Pero luego llegó el Partido Popular al Ayuntamiento y empezó a pasar eso que pasa: que te dejan estar, pero te van recortando. Que una iniciativa se revisa, que otra se censura, que de repente tienes que justificar cosas que antes no necesitaban justificación.
Quien haya vivido algo así sabe la sensación. No es un portazo. Es más incómodo que eso. Es que te van estrechando el pasillo hasta que casi no puedes moverte.
Y entonces las mujeres de la comarca hicieron lo que llevan haciendo las mujeres desde siempre cuando les estrechan el pasillo: buscaron la puerta de atrás. O mejor dicho: construyeron una puerta nueva.
Una reunión en diciembre
El 29 de diciembre de 2016, en plenas fiestas, con esa rareza que tienen los días entre Navidad y Año Nuevo en que nadie sabe muy bien en qué fecha vive, un grupo de mujeres convocó una reunión. Marta Fuster y Mónica Caparrós, entre otras, escribieron en Facebook algo que muchas estaban pensando: “Las mujeres decimos BASTA.” Y propusieron quedar en el Triángulo Umbral del Puerto de Sagunto para hablar, para pensar juntas, para ver qué se podía hacer.
Que eligieran el Triángulo Umbral me parece significativo. No una sala de reuniones, no un despacho. Un espacio abierto, en la calle, al aire. Donde cualquiera podía llegar.
Y llegaron. Asociaciones, colectivos, mujeres a título individual. Llegaron con sus ideas y con sus dudas, porque el debate que se abrió ya antes de la reunión era de los que no tienen respuesta fácil: ¿sirve de algo pedirle al Estado que resuelva lo que el Estado lleva décadas sin resolver? ¿O hay que construir desde abajo, desde lo cercano, desde las propias redes? Hablaron de autodefensa feminista, de huelga de mujeres, de observatorios locales, de redes de acogida. De empezar por Sagunto. De no esperar a que nadie les diera permiso.
De aquella tarde nació la Coordinadora Feminista del Camp de Morvedre.
El río y sus aguas
Me gusta pensar en la Coordinadora como en algo vivo que cambia sin dejar de ser lo mismo. Como esos ríos que en verano bajan con menos fuerza y en otoño se desbordan, pero que nunca dejan de correr.
Por ella han pasado mujeres de distintas generaciones, con vidas distintas y momentos distintos. Las que llegaron al principio con toda la energía del mundo y las que llegaron después, más despacio, tanteando el terreno. Las más jóvenes, que a veces tienen una manera de nombrar las cosas que te hace pensar: claro, eso es exactamente lo que era. Las que se fueron un tiempo porque tenían hijos pequeños, o trabajos imposibles, o simplemente porque el cuerpo y la cabeza no daban para más, y que volvieron sin que nadie les preguntara dónde habían estado.
Porque la Coordinadora entiende algo que no todos los colectivos entienden: que la vida interrumpe. Y que eso no te convierte en mala feminista.
Es un feminismo que mira ancho. Que conecta la violencia machista con el medioambiente, la igualdad con la libertad, lo personal con lo político. Que no le pone puertas al campo ni decide quién tiene derecho a estar dentro. Un feminismo que respeta a todas las mujeres, todas, sin asteriscos ni condiciones. Porque ya hay demasiada gente en el mundo poniendo condiciones a los cuerpos de las mujeres como para que lo hagamos también entre nosotras.
Las fechas que no se saltan
Hay dos días en el año en que la Coordinadora siempre está en la calle. El 8 de marzo y el 25 de noviembre. Sin falta. Con lluvia o con sol, con mucha gente o con menos, en años fáciles y en años difíciles.
El 8 de marzo porque la igualdad sigue sin ser una realidad y hay que recordarlo en voz alta. El 25 de noviembre para nombrar a las muertas, que es lo mínimo que se puede hacer, nombrarlas, no dejar que se conviertan en un número en una estadística que se lee un momento y se olvida.
Y cuando el dolor ha llegado más cerca, cuando ha habido un asesinato machista en la comarca —y ha habido dos en estos diez años— la Coordinadora también ha salido. Porque hay cosas ante las que no cabe quedarse en casa.
El Subversives, o cómo la cultura también es una forma de resistir
Pero no todo es manifestación y denuncia. La Coordinadora sabe, y esto me parece muy importante, que la alegría también es política.
Por eso existe el Festival Subversives. En cuatro o cinco ediciones celebradas a lo largo de estos diez años, siempre en torno al 25 de noviembre, el festival ha convertido Sagunto en un espacio de encuentro feminista que no se parece a nada solemne. Talleres de autodefensa, charlas sobre sexualidad y sobre el cuerpo, danza, yoga, feminismos que vienen de otros lugares del mundo y te hacen ver las cosas desde otro ángulo. Un sitio donde pensar y donde celebrar son la misma cosa. Donde se puede ser seria y pasárselo bien al mismo tiempo, que es algo que las mujeres llevamos haciendo toda la vida aunque no siempre nos lo reconozcan.
Lo que se defiende cuando se defiende lo que ya se tiene
En 2023, con la extrema derecha entrando en las instituciones autonómicas valencianas, la Coordinadora salió a decir Davant l'extrema dreta, no callem. No hace falta ser muy perspicaz para entender por qué eso les importaba especialmente a ellas, que ya habían vivido en su propio municipio lo que pasa cuando el poder decide qué feminismo es tolerable y qué feminismo no.
Hay una diferencia entre saber algo en abstracto y haberlo vivido. Ellas lo habían vivido.
Diez años
Aquella tarde de diciembre de 2016, unas mujeres quedaron en un espacio abierto del Puerto de Sagunto para hablar de lo que estaba pasando y de lo que se podía hacer. Probablemente ninguna sabía muy bien lo que estaban empezando.
Diez años después, la Coordinadora Feminista del Camp de Morvedre sigue siendo eso: un grupo de mujeres que decide no quedarse callada. Que cambia, que crece, que a veces tiene más energía y a veces menos, que se renueva con cada generación que llega y guarda la memoria de todas las que estuvieron.
No es poca cosa. De hecho, es bastante.
El río sigue fluyendo.
Tenim feina.