Fe, algoritmos y metapolítica

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Ninguna transformación política profunda ocurre sin una transformación previa de las creencias, porque el poder no solo gobierna instituciones, también gobierna imaginarios, emociones y esperanzas.

La gran batalla de nuestro tiempo no es únicamente económica o institucional. Es una batalla por definir qué consideramos verdadero, justo, deseable y moralmente aceptable. Una batalla por el sentido común. Y ahí es donde entra la metapolítica.

La política decide leyes. La metapolítica decide qué leyes parecen naturales, qué valores consideramos legítimos y qué futuro acabamos aceptando como deseable, incluso inevitable. Es el terreno donde se construyen las identidades colectivas y donde se define la frontera entre el bien y el mal. Y en ese espacio, la religión sigue teniendo un papel decisivo, especialmente lo que denominaré evangelismo político: determinadas corrientes del evangelismo neopentecostal vinculadas a la teología de la prosperidad, al ultraconservadurismo y a la movilización política.

El evangelismo político ya no es únicamente un actor religioso en países como Estados Unidos o Sudamérica. Se ha convertido en una fuerza cultural, mediática y electoral con capacidad para influir en gobiernos y agendas públicas. Europa empieza a observar algunos de esos mismos mecanismos de penetración cultural.

Conviene precisarlo desde el principio. El evangelismo forma parte del cristianismo y comparte con el catolicismo raíces esenciales, textos sagrados y la figura central de Cristo. Pero, como sucede en todas las tradiciones religiosas, existen corrientes muy diferentes, incluso divergentes. Y algunas de ellas están impulsando una reinterpretación profundamente individualista del mensaje cristiano.

La más relevante es probablemente la llamada Teología de la Prosperidad, donde la relación con Dios queda estrechamente vinculada al éxito material. La fe no solo salva el alma, también promete riqueza, ascenso social y prosperidad individual. La pobreza deja de entenderse como una realidad compleja para convertirse en un fracaso espiritual. Es un cambio aparentemente inofensivo, pero de enormes consecuencias. Porque el sacrificio, la compasión o el cuidado del prójimo —valores centrales en el cristianismo clásico— pierden peso frente a una nueva moral donde el éxito económico es signo de virtud.

Y aquí resulta inevitable recordar a Ayn Rand, la filósofa ruso-estadounidense que elaboró una defensa radical del individualismo como valor supremo, desvinculado de toda noción de responsabilidad colectiva. Desde esa lógica, la solidaridad deja de interpretarse como virtud y pasa a percibirse como sometimiento. El Estado del bienestar ya no es una conquista social, porque es un mecanismo inmoral que obliga a unos a vivir para otros. La consecuencia es decisiva: lo que durante siglos había sido considerado virtud —el sacrificio, el cuidado del otro, la comunidad— comienza a reinterpretarse como debilidad.

El éxito económico deja de interpretarse únicamente como capacidad material para convertirse también en signo de virtud moral. Quien triunfa económicamente no solo es eficiente, también es justo. Quien fracasa no solo pierde, también parece merecerlo.

Por eso el auge del evangelismo político no puede analizarse solo como fenómeno religioso. Es también un fenómeno cultural, comunicativo y metapolítico, que conecta perfectamente con el momento histórico de guerra cultural que vivimos. Porque vivimos en sociedades aceleradas, competitivas y emocionalmente fragmentadas. Sociedades donde millones de personas sienten incertidumbre, miedo al descenso social y una profunda sensación de pérdida de control; y en ese contexto, una promesa sencilla posee una enorme fuerza psicológica: “si crees, prosperarás”.

Pero existe todavía otro elemento más profundo: la hiperstición. Una hiperstición es una idea que termina haciéndose real porque suficientes personas comienzan a actuar como si ya lo fuera. Cuando repetimos constantemente que la democracia es ineficiente, que Europa está en decadencia por su defensa de la democracia y del Estado de derecho, que la desigualdad es inevitable o que los desafortunados viven a costa de quienes triunfan, estamos desarrollando narrativas que terminan moldeando comportamientos colectivos. La ficción comienza entonces a producir realidad.

Con la religión ocurre algo parecido. Cuando millones de personas interiorizan que la fe conduce a la prosperidad material, cuando reorganizan su vida y modifican prioridades y expectativas, la idea termina produciendo las condiciones que refuerzan la propia idea. De hecho, los pastores evangélicos formados en instituciones estadounidenses incorporan técnicas avanzadas de comunicación política, liderazgo y marketing emocional. No son solo pastores, son agentes metapolíticos.

No es casual que parte de este ecosistema cultural haya encontrado en el trumpismo —y en determinadas expresiones del cristianismo sionista— una poderosa capacidad de amplificación simbólica. Importan lenguajes, símbolos y marcos culturales capaces de transformar la percepción de la realidad política y social. El individualismo extremo, la meritocracia moral o la desconfianza hacia el Estado dejan entonces de percibirse como posiciones ideológicas concretas y pasan a entenderse como verdades naturales.

En este contexto el evangelismo político funciona como una tecnología metapolítica de la identidad colectiva, porque no solo predica creencias religiosas, construye pertenencia, genera certezas y ofrece relatos simples en un mundo cada vez más confuso. Y además se adapta perfectamente al ecosistema digital.

En la era del algoritmo, los discursos complejos compiten en inferioridad frente a las emociones simples. Y las narrativas binarias —el bien contra el mal, los virtuosos contra los corruptos— circulan mucho mejor en redes sociales. Las plataformas digitales no solo distribuyen información. Seleccionan aquello que vemos, amplifican determinados mensajes y terminan configurando un menú invisible de ideas, emociones y percepciones disponibles para ser pensadas o imaginadas.

Y cada vez más, esa selección deja de depender únicamente de criterios humanos. Los sistemas de inteligencia artificial comienzan a intervenir activamente en la organización de la atención, la jerarquización emocional de los contenidos y la construcción de los marcos culturales desde los que interpretamos la realidad.

Quien consigue controlar ese menú cultural posee una enorme ventaja metapolítica. Por eso el evangelismo político logra expandirse con enorme eficacia en el entorno digital. No ofrece únicamente religión, ofrece identidad, certezas, comunidad y una explicación sencilla para problemas extremadamente complejos.

El desafío para el catolicismo es enorme, porque la tradición católica posee una riqueza intelectual y humana inmensa: la dignidad de la persona, la centralidad de la comunidad, la justicia social o la defensa de los más vulnerables. Pero esa profundidad no siempre se traduce en capacidad de comunicación. Y hoy la batalla cultural también es una batalla narrativa. La verdad no siempre vence, la mayor parte de las veces simplemente circula menos en el ecosistema digital.

Por eso el reto no consiste únicamente en defender doctrinas. Consiste en pensar metapolíticamente. El cristianismo clásico no es solo un conjunto de normas. Tiene una historia poderosísima —con todas sus contradicciones y errores históricos—, una historia que necesita ser explicada en el lenguaje del siglo XXI.

Las redes sociales, los algoritmos y las plataformas digitales no son neutrales. Son espacios donde se construye sentido común y donde se libra una parte creciente de la batalla metapolítica.

El mayor peligro de nuestro tiempo no es únicamente perder elecciones o debates concretos. El mayor peligro es que otros terminen definiendo por nosotros el marco desde el cual pensamos la realidad. Porque quien consigue definir el lenguaje emocional y moral con el que una sociedad interpreta la realidad comienza a ejercer poder mucho antes de conquistar las instituciones.

Y esa batalla ya ha comenzado.