Ignatius teme al 8M

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Ni en sus mejores sueños habría imaginado Ignatius Reilly que llegaría a ser portavoz de un grupo político con capacidad de doblegar e imponer su agenda sobre un partido de la envergadura del PP. Después del fracaso estrepitoso de aquella asamblea fundacional, el muchachote que maltrataba a su madre y sentía que el mundo conspiraba contra él, nunca se habría podido plantear que sus reivindicaciones contra los sodomitas, los comunistas, las feministas, la inmoralidad burguesa o la falta de teología y geometría, de buen gusto y decencia, lograrían arraigar hasta el punto de encumbrarle políticamente.

Ojalá John Kennedy Toole pudiera ver que cómo ha prosperado su personaje, su gorra de cazador y su voluminoso pantalón de tweed. Cómo se han multiplicado y empoderado los Reilly del mundo. Cómo se han integrado en la sociedad moderna que tanto denostaban y se han conjurado en torno a un populismo reaccionario e internacionalista que en España se ha materializado bajo las siglas de Vox, tutelados por el Partido Popular de Esperanza Aguirre, Isabel Díaz Ayuso o Cayetana Álvarez de Toledo.

A la santísima trinidad del PP no debe alegrarle ver cómo Vox ha reducido a María José Catalá a una vicealcaldesa comparsa de una ultraderecha que en el Ayuntamiento de València le ha tomado la medida. Ya lo demostró cuando, con total impunidad, su portavoz dijo aquello de que ser nazi no era un delito para ahora anunciar que pretende quitar el paseo de Guillem Agulló de los Jardines de Viveros. O como cuando otro concejal, al más puro estilo Reilly en Levy Pants, pronunció un discurso contra el cambio climático en la conferencia internacional de 'Conservación y gestión de humedales frente al cambio climático', ante científicos internacionales.

Todo es tan esperpéntico que podría formar parte de una segunda entrega de la Conjura de los necios, en la que uno de los momentos álgidos de esta secuela, sería la protagonizada por los autodenominados Los cuatro de Vox en la Plaza de la Virgen, desentonando el Viva España que maltrata un señor disfrazado de torero de tercera regional.  Un habitual del centro de la ciudad que encaja con los personajes vestidos de martes de carnaval que acompañan al joven Reilly por las calles de Nueva Órleans. 

Pero en esta ocasión ni es cómico, ni ficción. Es la realidad que nos fustiga con esta escena en la que cuatro personajes celebran, en palabras del portavoz de Vox, su “compromiso con España y la Constitución para que una moción progre, sectaria y discriminatoria como la del 8M no haya sido aprobada por primera vez en el Ayuntamiento de València. Gracias Francisco, ‘Charly’, por traer alegría y música a las calles de Valencia”. Les ha faltado añadir la opinión de Ignatius sobre el feminismo: basura, pura basura.

Un hito que tiene como única responsable a Catalá y su negativa a votar una moción alternativa de la oposición que simplemente añadía a la consensuada entre PP, PSOE y Compromís rectificar los cambios impulsados por el grupo ultra en las políticas activas de empleo para la mujer. La alcaldesa impidió que en el Pleno del 7 de marzo se alcanzara un acuerdo que estableciera un cordón sanitario a la extrema derecha. Una decisión errónea que empequeñece a María José Catalá, deja a la vista la extrema debilidad de su liderazgo y revela de qué lado está.

Demostró que no está con las 1.238 las mujeres asesinadas, desde que en 2003 se comenzaron a contabilizar los crímenes machistas, y de los 50 niños y niñas asesinados, desde que en 2013 se comenzó a contabilizar la violencia vicaria. Que no apoya a las niñas y adolescentes que son víctimas de agresiones sexuales en manada. Save The Children ha alertado de que, en 2022, estas agresiones crecieron un 64 por ciento y que de las 2.374 denuncias interpuestas en la Comunitat Valenciana, el 85 por ciento correspondieron a niñas o adolescentes.

A pesar de las fotos, en el pleno demostró que tampoco está al lado de quienes reivindican la Igualdad Salarial para que en la Comunitat Valenciana las mujeres dejen de cobrar un 20,2 por ciento menos que los hombres o de reducir la precariedad, la temporalidad y los problemas de acceso al mercado laboral. Y sí, las mujeres tienen más dificultades para desarrollar su carrera por los techos de cristal, los suelos pegajosos o el síndrome de la impostora y porque, según la reciente encuesta del CIS, las mujeres dedican a las tareas del hogar 172 minutos (casi 3 horas) de media al día, y ellos 127 minutos; las mujeres dedican 6,7 horas a sus hijos, los hombres ocupan casi la mitad: 3,7 horas de su tiempo. 

Catalá demostró que todos estos datos le dan igual. Podría seguir con más porcentajes sobre quién asume los cuidados y la necesidad de la corresponsabilidad, sobre la esclavitud sexual, sobre el empobrecimiento de los hogares monomarentales o el de las mujeres pensionistas para las que, como denuncia la Coordinadora Feminista, la media de ingresos no sube de 600 euros al mes y muchas mal viven con 400 euros. A todas estas mujeres y a muchas más, se les dio la espalda en el pleno para contentar a Vox y a quienes niegan la desigualdad.

De la misma manera que niega esta realidad la campaña de la Generalitat Valenciana cuyo lema La mujer que quiero ser evoca la manida libertad de la derecha para ocultar que quien marca la agenda en el Palau y el Ayuntamiento es Vox, imponiendo el borrando de las pancartas que denuncian la violencia machista o sentando a negociar con el PP a maltratadores. Esos Ignatius Reilly obsesionados en perseguir a las mujeres de la misma manera enfermiza que el personaje de Toole con Myrna Minkoff. A ellos es a quienes debemos combatir y no perdernos en debates que nos debilitan, abriendo brechas por las que avanza el machismo que están contaminando a los y las jóvenes. Sólo desde la unidad podremos pararles y convertir el movimiento feminista en el dique de contención que salve la democracia de los depredadores. En ese movimiento de transformación y de emancipación. Ignatius lo sabe, por eso teme al 8M. Por eso Vox se burla del día de la mujer.