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Un mojón en el puerto

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No hay duda. Si hay algo que València no necesita para nada es un hotel de treinta alturas — más de cien metros— en el puerto, ese pequeño Distrito Federal en el que manda la autoridad portuaria, que, es bien sabido, se pasa los intereses de la ciudad por el forro. Lo que ganamos el resto es un mamotreto que se cargará el skyline de la ciudad para que vengan turistas con posibles y algunos ingenuos se piensen que estamos todos en el mismo barco y que la riqueza se contagia. Son los voyeurs de la clase media aspiracional.

Vaya por delante que si al final nos plantan el mojón, será en parte porque el gobierno Compromís-PSPV no movió un dedo, para que no parezca que esto va solo contra María José Català. Aunque es difícil culparles por pensar que era una idea tan disparatada que ni siquiera necesitaba un funeral. Así que a la alcaldesa sobre todo hay que agradecerle el pacto que ha firmado con Mar Chao, presidenta del puerto, para mejorar València, que es como poner a Michael Jackson al frente de una guardería. Esta estafa se hace, como siempre, por el bien de todos pero, de momento, solo se ve el bien de algunos: por el futuro hotel, la cuidad recibirá la friolera de cero euros que nuestros manirrotos políticos se gastarán de golpe, olvidando que Zaplana nos enseñó que el que ahorra siempre tiene. Y de salud bien, gracias.

A la empresa adjudicataria, nada que reprocharle, porque va a amoquinar cinco millones de euros, pero hasta el último irá a las arcas del puerto. Ni las gracias van a dar. No solo nos joden el paisaje, sino que les pagamos la ocurrencia. Dicho sea de paso, Lanzadera se quedará con la base del Alinghi (lo que quede, porque se caía a trozos) y soltará 220.000 que también se quedará la Autoridad Portuaria, pero al menos no afeará nada.

El monstruo ocupará 7.000 metros cuadrados a todo trapo en uno de los barrios más olvidados de la ciudad. Y podría ser peor, porque Barberá pensó que ahí debía ir un edificio en forma de ‘V’ para que desde cien millas náuticas se vieran nuestras ínfulas de nuevos ricos. Por supuesto, como las buenas costumbres no hay que perderlas, la adjudicación será por la vía dactilar: el puerto solo negociará con el puerto a quién se lo tiene que adjudicar.

Como siempre, hay que recordar los datos económicos de relumbrón: una inversión privada que superará los 120 millones y que el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE), algún día dirá si por cada euro invertido hay que esperar un retorno de 10, 100 o 1.000 euros. Dependerán de lo que les paguen por el informe y lo que digan los dados que tiran para hacer los cálculos. Entre esto y lo que nos dijeron hace unos meses que genera Feria Valencia, como tarde en septiembre, cada valenciano se podrá comprar un piso con el fardo de pasta que le va a tocar.

A estas alturas, no se sabe si hay que ser muy listo o muy tonto para poder entender qué motivos pueda tener el Ayuntamiento para ceder de manera gratuita ese espacio. Por los vecinos no parece que sea. Todas las asociaciones vecinales del Cabanyal-Canyamelar, Grau, Malva.rosa, Natzaret, y hasta la Federación se ha apuntado al grito en el cielo. Dicen que no solo no aporta, sino que resta, y es complicado llevarles la contraria. Saben de lo que hablan, salen a susto urbanístico cada diez años. De hecho, el consistorio tendrá que hacer mucha pedagogía y gastarse todavía más en publicidad en prensa afín para explicarnos a todos —sobre todo a los que no somos del barrio, que son más difíciles de engañar— porqué Costas, en su día, redujo a 15 pisos la altura de un hotel que iba a ser de escasos 200 metros, y ahora nos tengamos que comer el nuevo hotel con patatas.

El problema del futuro hotel es que es el enésimo símbolo de una gestión a mayor gloria de Hosbec y del sector turístico que de los ciudadanos. Ni rastro de la tasa turística, pero cada vez más coches, cada vez el autobús va a peor, cada vez calles más sucias, cada vez los precios más altos, cada vez más pisos turísticos… y siempre la misma mentira: es por nuestro bien. Es verdad que vivimos del turismo (cerca del 20% de nuestro PIB) y de él depende nuestra riqueza, pero también nuestra pobreza. Es un sector de muy poco valor añadido, escasa innovación y con sueldos de subsistencia. Si lo que nos gastamos en salvar la hostelería y asociaciones lo destináramos en industrializar o en investigación, otro gallo cantaría. Algún día, se va a agotar nuestra capacidad de timar a los turistas con una ciudad cada vez más igual a todas y a ver dónde pasamos el plato.

No critico al ayuntamiento por su concepto de ciudad, sino por su ausencia. De concepto, no de ayuntamiento, aunque parece que también. De momento, parece que las líneas maestras están claras, y las han aplicado en la plaza del Ayuntamiento o en el túnel de Pérez Galdós: si la idea parece buena, es mala. Es la servidumbre que hay que pagar a Vox, que han convertido en un signo de identidad negar el cambio climático o cualquier cosa que huela a ciudad moderna. La suya es la de las postales de hace cuarenta años, con mucho coche —signo de poderío—, y con pocos parques, que es de maricas.