Los “ojos de la calle” que la ciudad echa de menos cuando faltan
Madrid es una ciudad habitada por más de 3,5 millones de personas. La mayoría se mueve de forma anónima, de sus casas a sus trabajos, centros de estudio, a sus quehaceres diarios. Pero una pequeña minoría permanece en las aceras más tiempo que el resto. Algunos, además, se convierten en puntos de referencia para su entorno. Son esas personas que por su actividad pública, ejercida en el mismo lugar, pasan a formar parte de la vida cotidiana del resto.
Estoy hablando de los loteros, los quiosqueros -cada vez menos-, los porteros o los camareros de barrio, esos “ojos de la calle” que la urbanista Jane Jacobs decía que hacen nuestras ciudades más seguras. En esta categoría también están los vendedores ambulantes, los que se colocan en un semáforo para ganarse precariamente la vida. Gente como Sito.
Sito era un vendedor que se apostaba todos los días en un cruce del paseo de Santa María de la Cabeza, junto a la gasolinera situada en la intersección con el paseo de la Esperanza. Su presencia se había convertido en un hábito y llegó a trabar amistad incluso con los trabajadores del entorno. Hace unos días desapareció, a la vez que aparecía un pequeño homenaje junto a la calzada. Lo vimos, investigamos y contamos la historia.
A Sito lo recordó hace unos días mi compañero Guillermo Hormigo, en un obituario escrito desde el respeto, intentando no romantizar con la dura vida de la calle, hablando con familiares y amigos. Normalmente, los medios dedican este tipo de homenaje a personas muy conocidas por el gran público. Nosotros pensamos que él también lo merecía.
Su presencia en este paso de cebra hacía mejor una parte de la ciudad.
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