Javier Cavanilles: “Estados Unidos ya no es el faro de la democracia, Trump es el instrumento de un plan mucho más grande”
Has escrito El golpe. El fin de la democracia en EEUU y planteas algo muy contundente: que en noviembre puede producirse el fin de la democracia en Estados Unidos. ¿Por qué?
Porque la democracia estadounidense ya viene deteriorándose desde hace mucho tiempo. Nosotros hemos comprado durante décadas la idea de que Estados Unidos era el gran faro democrático mundial, pero eso es bastante discutible. Es un país con muchas libertades, sí, pero también con enormes limitaciones políticas reales.
Hay algo que ya debería hacernos pensar: no existe ninguna democracia consolidada en el mundo que durante más de 140 años haya estado gobernada prácticamente solo por dos partidos. Eso no es normal. Es una anomalía del sistema. Un sistema muy antiguo que beneficia a un statu quo muy concreto.
Al final, como decía Gore Vidal, Estados Unidos es “un país de partido único con dos alas”: una más progresista y otra más conservadora, sobre todo en cuestiones sociales, porque económicamente las diferencias entre demócratas y republicanos tampoco son tan grandes.
En el libro sitúas el origen de este deterioro en los años de Ronald Reagan. ¿Por qué ahí?
Porque Reagan cambia la trayectoria progresista que había tenido Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial. Pero hay que entender algo: Reagan no es Trump. Reagan era un político de enorme categoría, con muchas sombras y muchas luces, pero un dirigente serio. Trump es otra cosa.
Reagan consolida un giro ideológico y económico muy fuerte, pero lo hace además con legitimidad política porque arrasa electoralmente y aún hoy sigue siendo uno de los presidentes mejor valorados de la historia del país.
El problema es que desde entonces se consolida una dinámica que acaba desembocando en algo mucho más radical.
Hablas de Trump casi como un instrumento más que como el cerebro del plan.
Exacto. Trump no es tanto el arquitecto como el instrumento. El libro defiende que hay unas élites políticas, económicas, jurídicas y religiosas que ven en Trump una herramienta útil para llevar a cabo un proyecto de transformación profunda del sistema.
Ahí entra el famoso Project 2025, que no es una teoría conspirativa ni una invención mía: está escrito y publicado. Lo que plantea es una reconstrucción completa de la administración estadounidense para convertirla en algo mucho más controlado ideológicamente.
La idea es eliminar buena parte de los contrapesos internos del Estado, sustituir funcionarios independientes por cargos absolutamente fieles al movimiento MAGA y garantizar que no vuelva a existir ese “Estado profundo” que frenó algunas de las decisiones más extremas de Trump durante su primer mandato.
¿El llamado “deep state” existe?
Existe en un sentido muy distinto al que vende la extrema derecha. Lo que hubo fueron funcionarios, jueces y técnicos de la administración que simplemente intentaron frenar algunas barbaridades porque tenían independencia profesional.
Trump aprendió de aquello. La segunda vez llega diciendo: “Ahora no me vuelve a pasar”. Y por eso el Project 2025 plantea directamente rehacer la administración.
No es una idea abstracta. Al mismo tiempo que publicaban el plan ya estaban creando bases de datos de personas ideológicamente afines para ocupar cargos. Necesitas alguien para Medio Ambiente que niegue el cambio climático, alguien ultraconservador para Justicia, alguien totalmente alineado con el trumpismo para Defensa… Ya lo estaban preparando.
Dices que el Partido Republicano ha sido capturado por sectores ultras. ¿Cómo se produce ese cambio?
Porque hay un momento en que el Partido Republicano entiende que, demográficamente, tiene un problema enorme. Hay un documento interno de 2013 donde el propio partido admite que, siendo básicamente un partido de blancos, corre el riesgo de extinguirse.
A partir de ahí empiezan a pensar cómo una minoría blanca ultraconservadora puede mantener el poder político. Y eso se trabaja desde muchos frentes: los think tanks, la Heritage Foundation, la Federalist Society, los grandes donantes, los medios conservadores…
Y también coincide con un Partido Demócrata que muchas veces aburre hasta a las piedras.
En el libro das mucha importancia al Tribunal Supremo. ¿Por qué es tan central?
Porque es una de las piezas fundamentales del golpe institucional.
En Europa pensamos más en leyes aprobadas por parlamentos, pero en Estados Unidos gran parte del poder está en la jurisprudencia. El Tribunal Supremo interpreta la Constitución y esas interpretaciones cambian el país.
Ahora mismo el Supremo tiene una visión muy “originalista”, es decir, una lectura casi literal de la Constitución previa incluso a la Guerra Civil. No lo digo yo: lo dicen ellos mismos.
Por ejemplo, si empiezas eliminando distritos electorales de mayoría negra o debilitando leyes históricas de derechos civiles, estás tocando pilares fundamentales del sistema democrático estadounidense.
Y además han construido una doctrina peligrosísima: que un presidente tiene una inmunidad prácticamente total por actos cometidos en el ejercicio de sus funciones. Eso cambia muchísimo las reglas del juego.
Tú hablas abiertamente de un “golpe”. Hay quien pensará que es exagerado.
La palabra es fuerte, sí, pero yo creo que es adecuada. Y además no hablo de tanques en la calle ni de un golpe clásico.
Esto sería un golpe institucional, legalista, desde dentro del sistema. Utilizando las leyes, el Supremo, el rediseño de distritos electorales, las limitaciones al voto por correo o las barreras al acceso electoral.
La gran batalla es noviembre. Si Trump consolida el control institucional, tiene dos años de margen prácticamente sin coste político, porque además sería un presidente al final de mandato y sin expectativa electoral futura.
Dedicas mucho espacio al nacionalismo blanco y al evangelismo ultraconservador. ¿Hasta qué punto son decisivos?
Muchísimo. Hay una parte del movimiento trumpista profundamente teocrática.
No estamos hablando simplemente de conservadurismo al estilo europeo. Hay sectores que creen literalmente que Estados Unidos es una nación cristiana elegida por Dios y que las leyes divinas deben estar por encima de las civiles.
Eso explica muchas cosas: desde el aborto hasta la educación o los derechos LGTBI.
Y además Trump, aunque personalmente no sea precisamente un ejemplo de moral religiosa, funciona como un telepredicador. Tiene una lógica muy parecida: el personaje cae, es humillado, resucita políticamente y vuelve reforzado. Y su electorado lo interpreta casi en términos religiosos.
¿Qué papel juega el dinero en todo esto?
Fundamental.
La oligarquía económica ha entendido que Trump, con todas sus excentricidades, puede ser muy útil. Les baja impuestos, reduce regulaciones y protege determinados intereses.
Silicon Valley, que antes parecía progresista, también ha cambiado mucho. Al final los multimillonarios financian aquello que protege sus negocios.
Y además el sistema electoral estadounidense permite una influencia brutal del dinero privado. Desde la sentencia Citizens United las empresas pueden financiar prácticamente sin límites campañas políticas bajo el argumento de la libertad de expresión.
El libro es pesimista. ¿Queda margen para evitarlo?
Claro que puede no pasar. Yo no digo que esté escrito en piedra.
Pero la tendencia mundial no invita al optimismo. Estamos viendo un deterioro democrático en muchos países y Estados Unidos no es inmune.
Tampoco creo que vayamos a ver algo parecido a Chile en los setenta o tanques por la calle. Será otra cosa: un sistema donde formalmente siga habiendo elecciones, pero con menos contrapesos, menos pluralismo real y más concentración de poder.
La pregunta no es si Estados Unidos dejará de votar. La pregunta es cuánto puede deteriorarse una democracia antes de dejar de ser realmente una democracia.