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Fallas: la cosa está que arde

València —

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Las fallas molan. Y lo digo yo que no soy fallero pero soy —o era, cuando la juventud y los posibles me lo permitían— muy de salir. Que la ciudad, toda ella, se vuelva loca unos días es un privilegio que no tienen ni Madrid ni Barcelona. València es la primera de las grandes ciudades pequeñas (o pequeñas grandes ciudades) que se lo pueden permitir. Si tienes que trabajar esos días, es verdad, es un auténtico 'porculo', pero también es mala suerte que los únicos cuatro días en los que la gente tenga ganas de trabajar coincidan con estos días. Que aprendan de Morrissey, que para un día que tenía que currar se escaqueó.

Aunque nos quejemos mucho, las fallas se han ido aburguesando. Me acuerdo cuando un amigo o, mejor dicho, el amigo de un amigo, iba de puesto de churros en puesto de churros esperando a que el operario se diera la vuelta para tirar un masclet en la pasta. Lo hacía cien veces, y cien veces le parecía una ocurrencia genial. O meter un barreno en un truño de perro y medir los tiempos para que explotara al paso de una pobre abuela que volvía del Superette. Ahora hasta hay urinarios portátiles en todas las calles, algo que comenzó siendo impensable teniendo toda la calle para mear; luego, una muestra de esnobismo de comisiones bien; ahora, es lo normal. Hasta hay zonas (y horarios) que apenas se respetan para tirar petardos, y las verbenas ya no acaban a las seis de la mañana—ni repiten Fiesta Pagana cada 20 minutos—, solo para joder al respetable y demostrar que tu falla es mejor que la de dos calles más abajo.

El problema no es tanto las fallas —que ya sabemos lo que nos toca cada año— como lo mal que se gestionan. No compro el argumento de que son los falleros los que secuestran la ciudad —remito a las sabias palabras de Carlos Navarro, el auténtico colofón fallero—, porque la mayor parte de los que se lo pasan pipa estos días no han pisado un casal en su vida. Para los más pequeños es jauja a la puerta de casa y yo, que dentro de este cuerpo de Adonis tengo el corazón de un niño, no seré el que las critique. Comprendo el que odia los excesos, y todo mi apoyo al que pone tierra de por medio cuando se acercan estos días, pero las fallas son el triunfo de la anarquía, y a la anarquía hay que tratarla siempre de usted. Y si tienes la suerte de que La Pato actúe el 18 de marzo cerca de casa, mucho mejor. Y si entonan el Amor fallero de la malograda Cristinita Percances, nos pasamos la pantalla.

Lo de este año, es verdad, es un exceso que no beneficia a nadie, aunque es un paso más en una línea que comenzó hace mucho tiempo. Lo fácil sería echarle la culpa solo al PP, y no digo que no la tenga. Pero el problema no comenzó hace un par de años. En 2023 (la memoria es corta) el ayuntamiento se embolsó 35.000 euros por permitir a Ikea montar durante 19 días en la plaza del ídem su propio balcón para que los suyos disfrutaran de la mascletà. Fue un apaño con la Junta Central Fallera al que no fue ajeno el entonces concejal de Cultura Festiva, Carlos Galiana. En total, unos 1.800 euros al día, que es lo que costaba alquilar un balcón al final de Blasco Ibáñez para ver al evento. A Galiana la prensa le jodió el invento —total, solo vendió uno de los mejores emplazamientos y expulsó a cientos de vecinos de la plaza— y encima se hizo el incomprendido. No engañó ni al tato, también hay que decirlo.

El problema no son las fallas, sino la ausencia de modelo de ciudad cuando llegan esos días. Aquí hay que reconocer que la alcaldesa Catalá ha roto la dinámica: no tiene modelo de ciudad ni un día al año. Siendo alcaldesa, casi es un mérito. Y luego, la gran mentira del turismo como motor económico. Siendo el cap i casal una de las ciudades más visitadas de España —y con más Erasmus de Europa—, y pese a padecer la estafa de la financiación autonómica, deberíamos ir sobrados. Pero no es así. Y no es así porque el turismo se basa en sueldos de hambre, nulo valor añadido y no digamos ya innovación. Te salva cuando no tienes otra cosa —como pasó tras la COVID — pero si te salva es, precisamente, porque no tienes otra cosa.

Y deberíamos tener alternativa. Es más costoso y obliga a replantearse las cosas a años vista, aunque ningún partido se puede permitir el lujo de fijarse plazos a más de cuatro, pero no hay otra. El turismo no nos hace ricos, hace ricos a cuatro y nos mantiene en un nivel de subdesarrollo muy del gusto de los paletos que se creen que tener las calles llenas de turistas es maná caído del cielo. En realidad, mientras no se imponga la tasa turística —esa que a Puig no le gustaba ni un pelo, y que no sé si paga en París por estar ahí rascándose los huevos— estamos subvencionando los excesos de los visitantes.

El problema va incluso más allá. Es el eterno delirio de los capitalistas de fortuna heredada de que siempre se puede ir un poco más lejos. Son los que quieren colegios subvencionados, clubs exclusivos y urbanizaciones con seguridad en la puerta, pero, cuando llegan las fiestas populares, esas son de todos. Y toca hacer caja. El problema es que el modelo de crecimiento perpetuo es un mito, un camino recto que lleva al desastre. O se asume que hay que adecuar la dimensión de las fallas a la de la ciudad y que el éxito de la fiesta no se puede medir en número de visitas, o cada día que pasa falta uno menos para que en la plaza de Ayuntamiento haya que lamentar muertos por aplastamiento en una mascletá. O eso, o a seguir disfrutando de algo tan tradicionalmente valenciano como un perrito caliente y un mojito a las puertas de la catedral, acunado por música techno a volumen brutal.