Reflexión de un fallero: racionalizar las Fallas o morir de éxito
No molestar al colectivo fallero y en la medida de lo posible satisfacer sus demandas. Esta fue la máxima que aplicó Rita Barberá durante sus 24 años como alcaldesa y no le fue mal. Ganó elecciones con amplias mayorías absolutas y todos los analistas coinciden en que mantener en el redil a los principales actores de una fiesta que agrupa a más de 100.000 personas fue una de las claves. Y esa es, al parecer, la máxima que trata de aplicar su sucesora del PP, María José Catalá.
Sin embargo, ni ella es Rita Barberá ni aquellos tiempos son los actuales. El hartazgo de la mayoría de la ciudadanía no fallera hacia muchas de las molestias asociadas a la fiesta ha crecido de forma proporcional a la manga ancha que se le dio antaño. Y su paciencia está al límite. El anterior alcalde Joan Ribó y sobre todo el exconcejal de Fiestas, Pere Fuset, también lo vivieron venir y precisamente por eso trataron de aplicar mejoras. Así, iniciaron un camino con la mesa de diálogo del bando fallero con vecinos y comerciantes y empezaron a poner algunos límites a los puestos de comidas o a los decibelios de las verbenas, no sin dificultades y sin la feroz oposición de algunas voces influyentes en el mundo de la fiesta. También alcanzaron un acuerdo para reducir los días de carpas en las calles, justo en las Fallas suspendidas por la pandemia. Para algunos sería insuficiente y para otros excesivo. Pero el caso es que se vio una voluntad de búsqueda de soluciones.
Muchos de los que, como quien suscribe esta columna, somos falleros (en mi caso con 35 años vinculado a la misma comisión) hemos notado este año ese hartazgo en los días previos a la fiesta. Discusiones con vecinos (unos con más educación que otros) cuando desde el pasado 4 de marzo empezaron a instalarse las carpas e inspecciones de la Policía Local a instancias de los residentes durante el primer fin de semana de actos. Pero créanme cuando les digo que muchos falleros y falleras somos los principales perjudicados de esta falta de control porque acabamos sufriendo el cabreo del personal cuando muchas de las molestias o de los excesos las generan otros. Por ejemplo, las barbaridades de petardos que hacen retumbar los cristales de los edificios no suelen venir del colectivo fallero, sino de gente de fuera. O la gran cantidad de suciedad que la gente abandona por las calles.
¿Qué está pasando? En primer lugar, nada que no haya pasado ya. El calendario es el que viene definiendo el que el montaje de las carpas (por citar uno de los asuntos más criticados) se adelante unos días más. Cuando la cremà, como este año, cae con la semana avanzada y la plantà coge el fin de semana anterior, la instalación de estos pabellones se adelanta de forma que coge otro fin de semana más para dar cabida a determinados actos que organizan las comisiones, las denominadas 'prefallas': concursos de paellas, pasacalles, actos de entrega de recompensas, de llibrets, de falleros de honor y un largo etcétera que no se pueden organizar en los casales habituales puesto que la afluencia de falleros y falleras estos días se multiplica. Si a eso le añadimos el riesgo de lluvias que ha acompañado en los últimos años, las carpas se hacen imprescindibles para el desarrollo de la fiesta.
Así pues, este debate e indignación general se viene repitiendo de forma cíclica. En los próximos años las molestias se reducirán porque la cremà se meterá casi en el fin de semana y el 'prefallas' se podrá desarrollar el anterior. Así que normalmente las carpas estarán montadas dos semanas y no casi tres como en esta edición.
Pero eso no significa que no haya que adoptar medidas. No solo se trata de las carpas. También de las chuerrerías, las mojiterías, los foodtracks o los mercadillos ambulantes. Las verbenas, el disparo indiscriminado de petardos o el exceso de suciedad. Problemas la mayoría de ellos vinculados a fiestas de masas como las Fallas, desde hace años además con el reclamo que supone la etiqueta de la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.
Es precisamente ese reconocimiento el que obliga a que todos nos preguntemos qué Fallas queremos y hacia dónde se deben dirigir. Yo lo tengo claro: se debe avanzar hacia una racionalización de la fiesta para no morir de éxito. Y eso tiene que ir aparejado a muchos menos días de invasión del espacio público, a los estrictamente necesarios para el desarrollo de la fiesta. Debemos asumir también que esto tendrá al mismo tiempo una repercusión en las arcas de las comisiones y a su vez en el volumen de los monumentos falleros. Y que a su vez puede complicar la existencia de un gremio, el de los artistas, que ya de por sí languidece. A menos días de mercadillos, foodtracks e incluso verbenas, menos ingresos para las comisiones falleras. Pero es ahí precisamente donde debería entrar la ayuda de la administración. Es cierto que ya subvenciona una parte del monumento, pero podría vincular nuevas ayudas dirigidas a mejorar los monumentos a medidas que mejoren la conciliación con el vecindario.
Los trenes y la mascletà
Otra prueba de que ni la fiesta ni la ciudad admiten el inmovilismo que está demostrando el actual equipo de Gobierno del Ayuntamiento para resolver todos estos problemas es la polémica sobre la seguridad de las mascletades y la petición de cortar el acceso de los trenes de Cercanías a la Estación del Norte.
Partimos de la basa de que existe un problema real de masificación cuando los disparos coinciden con el fin de semana o con festivos en otras regiones. Un problema que viene motivado, entre otras cosas, porque el aforo de la plaza del Ayuntamiento se ha reducido sensiblemente en los últimos años por la necesaria ampliación del perímetro de seguridad y por la creación de vías de evacuación. Sin embargo, cada año acude más gente a estos espectáculos, produciéndose momentos de aglomeraciones. El pasado año pudo haber una tragedia cuando los miles de viajeros que salían de la Estación del Norte se juntaron con el público que se agolpaba para ver la mascletà. El resultado, un centenar de atendidos por lipotimias y ataques de ansiedad y varios hospitalizados. No quiero ni pensar lo que hubiera podido pasar si por algún motivo se hubiera producido una estampida.
Esta situación ya se advirtió en los diferentes balances realizados por las autoridades municipales tras las pasadas Fallas. Sin embargo, no fue hasta la junta local de seguridad del pasado 17 de febrero cuando se abordó el problema. Al día siguiente, el Ayuntamiento remitió una carta a Renfe pidiendo que los trenes no llegaran a la Estación del Norte esgrimiendo informes que recomendaban la medida de Policía Local, Nacional y Bomberos. Sí, una carta... ¡y ya te apañarás! La alcaldesa, que anunció a bombo y platillo el (acertado) 'fichaje' del catedrático Joan Romero para elaborar un plan director del área metropolitana, la responsable de gestionar la fiesta y en definitiva de gobernar la ciudad, se ventiló el problema con una carta. Y la solución, por llamarlo de alguna manera, que ofreció Renfe de dejar a los usuarios en la estación de Albal tampoco es de recibo. Como prestador del servicio, no puedes desentenderte así de los viajeros.
Y digo yo, ¿de verdad un año después de tener diagnosticado el problema no se ha podido convocar una reunión en el seno de la Autoridad de Transporte Metropolitano de Valencia para articular una solución de la mano de Renfe? ¿Para qué está entonces esta entidad que cuenta con un presupuesto de 186 millones de euros? ¿De verdad nos merecemos los ciudadanos el bochornoso espectáculo de cruce de acusaciones e intercambio de cartas ofrecido en redes sociales por Catalá, el ministro Puente y los suyos?. Todos deberían de darle una pensada, la primera, en mi opinión, la máxima autoridad de la ciudad que no solo está para figurar en un sinfín de actos oficiales, sino que debe liderar y tomar decisiones. No todo se puede supeditar a intereses partidistas, no todo vale.
Y esa línea de búsqueda de soluciones atendiendo a la seguridad de los asistentes a la mascletà, quizás vaya siendo hora de plantearse si es viable y sostenible mantenerlas todas en la plaza del Ayuntamiento, o quizás habría que buscar una ubicación alternativa para las que se prevean más masificadas. Descentralizar la fiesta, un caminó que también inició el anterior Gobierno de izquierdas.
En resumen, Catalá se enfrenta a un reto que a buen seguro no esperaba, quizás el más complicado de la legislatura por las implicaciones que tiene: liderar un proceso de disminución de las molestias asociadas a la fiesta que la mayoría de la ciudadanía no fallera ya no está dispuesta a tolerar y que perjudica a propio colectivo fallero; un proceso en el que quizás se juegue la alcaldía. Quizás, plantearse una tasa turística para que aquellos que nos visitan contribuyan con los costes que generan (limpieza, seguridad, transporte público, etc) sería un buen inicio.