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Este piso se alquila sin salón: el problema de no tener un sitio donde reunirnos en nuestras casas

Uno de los castigos más comunes en muchas familias mediterráneas consistía en ser enviado a la habitación: “Castigado a tu cuarto”. La frase implicaba aislamiento, aburrimiento y una suspensión abrupta de la vida colectiva. El dormitorio era el espacio de la introspección forzada, del tiempo detenido y de la ausencia de sociabilidad. Mientras el resto de la casa seguía viva, con la televisión encendida, las conversaciones cruzando el comedor, el ruido de los platos o las visitas, el niño que se portaba mal permanecía recluido en aquel pequeño cubículo donde el día parecía terminar antes de tiempo.

Hoy este castigo resulta ciertamente más ambiguo. Con ordenadores, móviles y videojuegos conectados permanentemente al mundo exterior, muchos adolescentes viven precisamente lo contrario y el problema ya no es encerrarlos en la habitación, sino conseguir que salgan de ella. Las familias con hijos adolescentes conocen bien esa escena doméstica donde cada miembro permanece atrincherado en su dormitorio, conectado simultáneamente con decenas de personas y, al mismo tiempo, aislado físicamente del resto de la casa.

Quizá por eso las viejas sitcoms resultan hoy tan extrañamente optimistas. Las series de los noventa y de principios de los 2000 siempre transcurrían en el salón, el epicentro de las tramas y la acción. Los dos apartamentos enfrentados de Friends, el piso difícilmente dibujable de Cómo conocí a vuestra madre, el comedor del Eixample de la mítica serie catalana Plats Bruts, el piso compartido de The Big Bang Theory o incluso el sofá de Homer Simpson funcionaban como escenografías representativas del imaginario común de toda una generación: espacios centrales, abiertos y compartidos donde se desarrollaban la amistad, el conflicto, la conversación, la convivencia y, en general, la totalidad de la vida doméstica.

Los dormitorios quedaban relegados a un segundo plano, apenas insinuados en los márgenes de la pantalla. La cámara casi nunca entraba allí. Y cuando lo hacía, solía significar que el episodio alcanzaba un momento íntimo, romántico, melancólico o simplemente el fin del capítulo. Las habitaciones eran el fuera de campo de la vida activa que no suscitaba ningún interés y la verdadera acción ocurría siempre alrededor de una mesa, un sofá y un televisor.

Quizá por eso, aquellas ficciones de casas televisivas resultaban tan reconocibles y aspiracionales a la vez. Condensaban una determinada idea de hogar y de estilo de vida. El salón se erigía como el corazón simbólico de la vivienda moderna, el espacio donde la vida interior se volvía compartida, atractiva e incluso visible. 

La vivienda contemporánea, no obstante, parece avanzar justamente en la dirección contraria y en muchos pisos compartidos actuales, el salón ha dejado de ser un espacio central para convertirse en un territorio ambiguo, infrautilizado o directamente inexistente. En los casos más extremos, el antiguo estar se transforma en un dormitorio adicional separado de la cocina mediante un biombo, una cortina o un tabique improvisado. Allí donde antes había un sofá aparecen una cama de 90 centímetros, un escritorio plegable y una televisión individual. La vida común desaparece absorbida por una suma de habitaciones privadas que cristalizan la perversión especulativa de la vivienda y la desaforada ambición de lucro de la nueva clase social depredadora: los propietarios rentistas. 

La vida común desaparece absorbida por una suma de habitaciones privadas que cristalizan la perversión especulativa de la vivienda

Vivir en una habitación

Como arquitecto, he visto muchas viviendas ajenas por encargos varios como cédulas de habitabilidad, ITEs, certificados energéticos o reformas. A menudo salgo de ellas con una profunda desazón. Hay pisos compartidos donde cada habitación funciona como un pequeño búnker vital: armarios insuficientes, maletas visibles porque ya no hay espacio para esconderlas, zapatos alineados junto a la cama, cosméticos acumulados en bandejas porque nadie quiere dejar sus cosas en un baño compartido. Cada cuarto contiene una vida entera comprimida en pocos metros cuadrados. Se duerme, se trabaja, se estudia, se come y se socializa allí dentro. 

La habitación deja de funcionar como un dormitorio o una simple pieza privada de la casa y acaba convirtiéndose en una vivienda completa en miniatura de la que apenas se sale para ir al baño o cocinar, cuando la comida a domicilio no llega ya directamente hasta la cama. Hay familias enteras viviendo así. Parejas que alquilan una habitación, tienen un hijo y siguen encerradas en ella porque la distancia económica entre pagar 500 euros por un cuarto y 1.500 por un piso completo resulta hoy prácticamente insalvable. Esto último, en grandes ciudades, por impactante que parezca, es mucho más común de lo que solemos imaginar.  

La habitación, pensada históricamente como espacio íntimo y transitorio, acaba convirtiéndose en hogar permanente. El salón, mientras tanto, se convierte en un territorio hostil. Un espacio de tránsito sin arraigo, demasiado expuesto para sentirlo verdaderamente propio. En muchos pisos compartidos -donde cada vez es más frecuente que los inquilinos ni siquiera se conozcan previamente- nadie termina de apropiarse de las zonas comunes porque suelen convertirse en el escenario potencial de cualquier conflicto cotidiano. Realquileres, propietarios que aparecen constantemente para supervisar la vivienda, contratos temporales con una rotación incesante de inquilinos, parejas que se instalan de facto sin consultar al resto o conflictos por la limpieza y el uso de la cocina convierten los espacios comunes en una fuente permanente de tensiones.

La desaparición progresiva del salón no responde únicamente a un cambio estético o generacional. Tiene mucho que ver con la transformación económica de la vivienda y con la sobreexplotación contemporánea del espacio doméstico. En un mercado inmobiliario donde cada habitación puede alquilarse individualmente, el salón se convierte en el espacio menos rentable de la casa. Y por eso desaparece. Puede hacerlo por omisión funcional o directamente por anulación arquitectónica. El sueño húmedo del propietario especulador consiste en transformar un piso convencional en un laberinto de habitaciones autónomas.

En un mercado inmobiliario donde cada habitación puede alquilarse individualmente, el salón se convierte en el espacio menos rentable de la casa. Y por eso desaparece. Puede hacerlo por omisión funcional o directamente por anulación arquitectónica

Flexibilidad sin precariedad

Ya es ampliamente conocida la afirmación popular que reza que “si tu sofá está pegado a la pared, eres pobre”. La frase tiene tanto de chiste como de verdad. Solo quien dispone de espacio suficiente puede permitirse muebles extensos, rincones improductivos o salones concebidos únicamente para conversar y recibir visitas. Las viviendas que actualmente pueden permitirse buena parte de la clase media urbana -una clase media que probablemente habría sido considerada clase media baja hace apenas unas décadas- ya no admiten demasiados lujos espaciales. Cada metro cuadrado debe justificarse para un uso concreto. Los muebles tienen sitios predefinidos y se arriman al milímetro, se pliegan y se convierten en multifunción. El sofá-cama y la cocina abierta quizá sean el símbolo definitivo de esta domesticidad comprimida y polifacética.

El propio Decreto de Habitabilidad ya asume la existencia de espacios híbridos como la cocina, comedor y sala de estar en una única estancia. La normativa no obliga a disponer de un salón independiente, sino de una zona común habitable suficientemente amplia, flexible y bien iluminada. El problema no es que cocina, comedor y estar se aúnen, el problema aparece cuando cualquier espacio común o indefinido desaparece porque su existencia no constituye un requisito ineludible de la normativa.

Durante buena parte del siglo XX, la arquitectura moderna defendió precisamente lo contrario de lo que hoy producen muchos pisos hiperoptimizados: viviendas más abiertas, menos jerárquicas y adaptables a distintas formas de convivencia. La flexibilidad espacial se entiende como un requisito virtuoso que permite apropiaciones más libres y diversas del hogar. Algunos teóricos de la vivienda contemporánea incluso han defendido la idea de “ámbitos no especializados” con habitaciones sin una función rígidamente determinada, preparadas para albergar usos cambiantes según las necesidades de quienes las habitan. Varias promociones de vivienda pública – sin duda el terreno más experimental y disruptivo de la arquitectura plurifamiliar actual- ya han propuesto distribuciones con estancias desjerarquizadas que pueden colonizarse con total libertad en función del clima o de la situación de sus habitantes. El problema es que esa flexibilidad arquitectónica, pensada originalmente para ampliar posibilidades, también sirve muchas veces en el ámbito privado como coartada para comprimir espacio y justificar viviendas cada vez más pequeñas.

Flexibilidad no debe ser nunca sinónimo de precariedad: una cosa es diseñar espacios ambiguos y transformables; otra muy distinta es saturarlos hasta el límite para rentabilizar cada metro cuadrado con esta lógica multifunción. La vivienda contemporánea ha acabado convirtiendo algunas renuncias que son, en realidad, síntomas de empobrecimiento material, en modas aparentemente deseables. Ya ocurrió con los minipisos convertidos en piezas estéticas o incluso con ciertos modelos de coliving que presentan como innovación sofisticada formas de convivencia que recuerdan más a un colegio mayor a precio de hotel que a una vivienda emancipada.

La genealogía del salón

La historiadora británica Lucy Worsley recuerda en el libro Si las paredes hablaran. Una historia íntima del hogar (Capitán Swing) que los antiguos salones eran “los espacios públicos de un hogar, donde la vida se vive a la vista de los demás”. En aquellas habitaciones no solo se descansaba: se representaba una determinada posición social. “Los salones ilustran el arte de aparentar”, escribe también Worsley al reconstruir la evolución histórica del espacio doméstico. Durante siglos, la sala de estar funcionó como una frontera ambigua entre lo privado y lo público, entre la intimidad familiar y la necesidad de mostrarse ante los demás.

El problema no es que cocina, comedor y estar se aúnen, el problema aparece cuando cualquier espacio común o indefinido desaparece porque su existencia no constituye un requisito ineludible de la normativa

Worsley sostiene que la sala de estar es el lugar donde te creas a ti mismo, donde se exhiben fotografías, recuerdos familiares, objetos valiosos y una determinada representación de la propia identidad. El salón era por antonomasia el espacio de poder y de hospitalidad de las casas: el lugar visible para las visitas y la intimidad doméstica adaptada para una pequeña escenografía social.

Durante siglos, la forma del salón fue cambiando constantemente. La gran sala medieval concentraba buena parte de la vida colectiva en un único espacio común. Más adelante aparecieron las estancias especializadas de la vivienda burguesa: comedor, fumador, salón, biblioteca. Después, la modernidad integró nuevamente funciones en espacios abiertos y flexibles. Pero incluso entonces seguía existiendo algún tipo de ámbito compartido destinado a la convivencia cotidiana. Worsley apunta incluso que las actuales plantas abiertas recuerdan, en cierto modo, a aquellas grandes salas medievales de nuevo “más flexibles, adaptables y polivalentes”.

La desaparición del espacio común

En muchos pisos compartidos actuales, vivir consiste básicamente en alquilar una habitación y externalizar el resto de funciones vitales hacia la ciudad. Se come fuera, se estudia en bibliotecas, se trabaja en cafeterías o coworkings, se socializa en bares y, a veces, hasta la ducha más confortable es la del gimnasio. La vivienda se convierte progresivamente en una infraestructura mínima de supervivencia: un lugar donde dormir y guardar pertenencias antes de volver a salir, el lugar “donde caerse muerto”. 

Esta lógica alcanza situaciones extremas que rara vez aparecen en series televisivas o en el cine, que siguen representando unos estándares de vida de una teórica clase media que desgraciadamente no cesan de depauperarse. Familias enteras viviendo en habitaciones alquiladas, personas trabajadoras de 30 o 40 años que ya hace tiempo que cotizan y siguen compartiendo piso, gente mayor que tiene que ofrecer alguna habitación en alquiler para complementar la pensión o contratos temporales para inquilinos que en la práctica tienen modelos de vida de larga duración. Todas ellas son formas de infravivienda contemporánea que acabamos por normalizar dentro de este contexto acuciante de la vivienda como activo y no como derecho fundamental. 

Con esta degradación progresiva de los estándares habitacionales, la escasez de espacio se convierte en multifuncionalidad, la compresión doméstica se vende como minimalismo y la desaparición de ciertas comodidades básicas se presenta como una adaptación moderna y flexible a los nuevos estilos de vida. Quizá convendría recordar que no estamos eligiendo vivir así, sino simplemente aprendiendo a tolerarlo.

Probablemente la vivienda contemporánea no necesita seguir organizándose alrededor de un salón clásico, solemne y ceremonial, pero sí debería volver a reclamar espacios para lo común, para formas de convivencia improvisadas e improductivas donde la vida pueda suceder sin utilidad concreta ni rendimiento.