Así es como quitarse los zapatos antes de entrar en casa reduce la acumulación de polvo en nuestros hogares

Hay ciertos hábitos que se realizan de una manera casi inconsciente, como quitarse los zapatos al llegar a casa. Bien porque así se ha hecho siempre en tu familia o porque resulta cómodo deshacerse del calzado y ponerse unas pantuflas cuando vuelves del trabajo. En los últimos años, el debate también ha introducido la importancia de la higiene en el hogar: cada vez más investigaciones apuntan a que ese pequeño gesto influye en la cantidad de polvo que se acumula en casa y en el aire que respiramos cuando cerramos la puerta.

A lo largo de la jornada, el calzado ha pasado por aceras, estaciones de metro, terrazas, portales, parques infantiles y baños públicos. Estudios sobre calidad ambiental en interiores indican que una parte considerable del polvo doméstico procede de fuera y entra adherida a las suelas, a la ropa e incluso al pelaje de las mascotas. Ese polvo no es una sustancia neutra: puede arrastrar polen, partículas procedentes de la combustión de vehículos, diminutos fragmentos de asfalto, trazas de metales pesados como el plomo y residuos químicos utilizados en entornos urbanos.

Una vez que esas partículas cruzan el umbral, se depositan en el suelo, se incrustan en las fibras de las alfombras o se acumulan en las esquinas. Al caminar o sacudir una manta, vuelven a levantarse y pasan a formar parte del aire interior. En casas donde hay bebés que gatean o niños que juegan en el suelo, el contacto es constante. También lo notan más quienes padecen alergias o asma.

Más bacterias que en el váter

También existe una dimensión microbiana. Uno de los estudios que más se citan a este respecto lo firmó Charles Gerba, microbiólogo de la Universidad de Arizona. En una de sus investigaciones, pidió a varios voluntarios que utilizaran zapatos nuevos durante dos semanas en su rutina habitual. Después, las suelas se analizaron en laboratorio. El resultado fue llamativo: cada zapato albergaba de media más de 400.000 bacterias en su superficie exterior, una cifra que superaba con creces la que suele encontrarse en el asiento de un inodoro.

Entre los microorganismos detectados estaba Escherichia coli, asociada a infecciones intestinales y urinarias, junto a otras bacterias. De hecho, el 96% de los zapatos examinados contenía bacterias coliformes, un indicador de contacto con materia fecal en algún momento del recorrido diario. El dato más significativo no era solo la presencia de estos microbios, sino su capacidad de trasladarse: las pruebas demostraron que se transferían con facilidad del zapato al suelo interior, integrándose sin dificultad en el ecosistema doméstico.

Esto no implica que cada casa se convierta en un foco de infección por el simple hecho de entrar con zapatos. La mayoría de las personas sanas convive a diario con miles de microorganismos sin consecuencias graves. Pero los datos sí evidencian que el calzado actúa como vehículo de transporte de bacterias y contaminantes desde el exterior hasta el interior del hogar. Reducir ese tránsito tiene un efecto directo sobre la carga total de partículas y microbios presentes en el ambiente doméstico.

Una nueva costumbre

En países como Japón o Corea del Sur forma parte de la vida cotidiana. Las casas están pensadas para eso, con una pequeña zona a la entrada donde uno se descalza y cambia de calzado antes de pasar al resto de la vivienda. En España no es una costumbre tan arraigada, aunque en los últimos años —sobre todo a partir de la pandemia— muchas personas han empezado a replantearse ese gesto y a mirar el suelo de casa con otros ojos.

Cuando los zapatos de la calle no pisan el salón ni los dormitorios, el suelo aguanta limpio más tiempo. Se acumula menos arenilla en las esquinas, las alfombras tardan más en ensuciarse y no hay que pasar el aspirador con tanta frecuencia. En ciudades con tráfico intenso o en zonas donde el polvo se levanta con facilidad, el cambio puede percibirse en cuestión de días: basta con pasar la mano por una superficie baja para comprobarlo.

Un espacio para los zapatos

Y no hace falta transformar la casa para incorporar la costumbre; a veces basta con reorganizar la entrada. Un zapatero colocado en el recibidor, aunque sea estrecho, funciona como una parada natural. Si además hay un pequeño banco o una silla donde sentarse, el gesto resulta más cómodo, sobre todo para personas mayores o para quienes llegan cargados con mochilas y bolsas de la compra. Un buen felpudo en la puerta exterior completa el recorrido y ayuda a que la suciedad más visible se quede fuera incluso antes de desatar los cordones.

También influye contar con unas zapatillas para usar exclusivamente en el interior de la casa. Tenerlas a mano en el recibidor convierte el cambio de calzado en un acto casi automático. El zapatero, en este sentido, no es solo un elemento decorativo o de almacenamiento: funciona como recordatorio físico de una costumbre doméstica y como barrera práctica entre la calle y el espacio privado.

Por otro lado, quitarse los zapatos marca una frontera entre el exterior y el interior, entre la vida en la ciudad y la intimidad del hogar. También permite liberar los pies tras horas de calzado cerrado, haciéndonos sentir más cómodos.

No es necesario convertir esta práctica en una obsesión. La exposición cotidiana a microorganismos forma parte de la interacción normal con el entorno y contribuye al desarrollo del sistema inmunitario. El objetivo no es crear un ambiente estéril, sino limitar la entrada innecesaria de partículas contaminantes que podrían evitarse con medidas simples.