La derrota de Orbán y la fuerza atractiva de la Unión Europea
La presidencia de Donald Trump lo distorsiona todo. Con otro presidente en el Despacho Oval, las elecciones en Hungría de este pasado domingo no habrían sido seguidas con el interés que lo han sido en prácticamente todo el mundo, ni sus resultados habrían tenido el alcance global que han tenido desde la misma noche electoral. Los comicios húngaros y los de mitad de mandato en Estados Unidos en noviembre próximo se han convertido en las dos elecciones más importantes de 2026.
Que las elecciones de mitad de mandato tengan una relevancia excepcional no sorprende. Que lo sean las elecciones en Hungría debería ser completamente anómalo. Si exceptuamos la vinculación de Viktor Orbán con Donald Trump y con su estrategia de debilitar la Unión Europea, no hay absolutamente nada en la trayectoria de Hungría desde la caída del Muro de Berlín en 1989 que justifique que sus elecciones tengan alcance global.
El azar ha querido que Hungría haya sido el punto de intersección en el desencuentro entre Estados Unidos y la Unión Europea. Hungría con Viktor Orbán era la pieza europea más sólida de la estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos hecha pública hace unas semanas. En dicha estrategia, la Unión Europea ocupa un lugar destacado de lo que Donald Trump considera el “enemigo interior”, que debe ser debilitado desde el interior de la propia Unión Europea. De ahí su apoyo a los que califica como “partidos patrióticos”, entre los que destacaba como primero de todos el Fidesz húngaro, al que habría que añadir el Frente Nacional francés, Alternativa para Alemania, el Gobierno de Giorgia Meloni, Vox de Santiago Abascal y algunos otros.
Viktor Orbán y Fidesz han sido la avanzadilla anti Unión Europea de la “internacional” configurada bajo el impulso de Donald Trump. La presencia de los líderes más destacados de dicha “internacional” en las elecciones del pasado domingo lo dice todo. Y eso es lo que sabemos. Lo que debe haber habido y que no sabemos debe ser todavía mucho más.
Si añadimos a todo ello la intervención del Kremlin con Vladímir Putin, resulta comprensible el alcance global de las elecciones húngaras de este pasado domingo. El triángulo Trump, Putin y Orbán es lo que explica el interés de las elecciones húngaras.
Este pasado domingo no era el gobierno de Hungría lo que estaba en juego, sino comprobar, por un lado, si la Unión Europea sigue teniendo fuerza atractiva o no y, por otro, su capacidad de resistencia frente al envite de la “internacional de las derechas” con Orbán y Fidesz como punta de lanza. Las elecciones se celebraban en Hungría. Pero no era Hungría, sino la resiliencia de la Unión Europea, lo que estaba en juego.
El resultado no ha podido ser más demoledor para quienes han montado la operación. La reafirmación de la Unión Europea como baluarte democrático no ha podido ser más rotunda. Lo que vaya a hacer su sucesor, Peter Magyar es una incógnita. Magyar, de 45 años, se formó en las filas de Orbán, aunque luego se produjo una ruptura entre ambos, y representa a un partido conservador (Tisza). Pero a juzgar por el perfil de muchos de sus votantes, que le permitieron una victoria arrolladora de dos tercios de escaños en el Parlamento, es previsible que la aproximación de Magyar a la UE sea mucho más amigable y constructiva que la que ha caracterizado a su antiguo mentor.
El resultado de las elecciones húngaras continúa, además, la estela que han dejado las recientes elecciones municipales en Francia, las legislativas en Dinamarca o el referéndum de reforma de la Constitución en Italia. O las maniobras del Gobierno del Reino Unido para aproximarse a la Unión Europea. “Keith Starmer defiende un plan de alineamiento más estrecho con las normas de la Unión Europea sin necesidad de una votación parlamentaria”, “dicho alineamiento con Europa va en la dirección del mejor interés del Reino Unido, particularmente en una situación internacional tan turbulenta como consecuencia de la guerra de Irán” (The Guardian, lunes 13 de abril).
En un momento de “recesión democrática”, se está poniendo de manifiesto que la Unión Europea es la fórmula política más sólida para contrarrestar dicha recesión y para alimentar la esperanza en la supervivencia de la democracia como forma política. Y eso debería tenerlo muy claro la derecha española encarnada por el PP, que en muchas ocasiones ha mantenido una actitud ambivalente con respecto a Orbán. Cabe esperar, por el bien de nuestra democracia, que la derrota del líder de Fidesz lleve a Alberto Núñez Feijóo y su partido sumarse sin ambigüedades a los valores que encarna la UE. Y que la aceptación de figuras iliberales como Orbán solo tenga cabida en la extrema derecha que representa Santiago Abascal.
Mientras Donald Trump siga siendo presidente de los Estados Unidos el riesgo de avance de la “recesión democrática” no puede descartarse, así como tampoco nuevas maniobras para debilitar la Unión Europea. Pero, tras el resultado electoral del pasado domingo, pienso que podemos tener una mayor confianza en que podemos enfrentarnos con éxito a dichas maniobras. La fuerza atractiva de la Unión Europea sigue estando muy viva.