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Antonio Palacios, el arquitecto del Círculo de Bellas Artes que sacrificó su carrera por casarse con su ama de llaves

Antonio Palacios fue uno de los arquitectos que mejor definieron el Madrid del primer tercio del siglo XX, pero también un ejemplo incómodo de cómo la clase social podía determinar el final de una carrera brillante incluso cuando el reconocimiento profesional parecía ya asegurado. Sus edificios siguen hoy convertidos en postales de la ciudad, mientras su biografía late como recordatorio de hasta qué punto los afectos y las alianzas que se desviaban de la norma de clase podían quedar discretamente apartados del relato oficial. Pasear por el Palacio de Cibeles, el Círculo de Bellas Artes o el Hospital de Maudes es, en realidad, recorrer la historia de un ascenso meteórico, de un silencioso ostracismo.

El arquitecto nació en O Porriño, Pontevedra, en 1874, y se formó en la Escuela de Arquitectura de Madrid en plena ebullición de estilos, entre el eclecticismo tardío, el modernismo y las primeras vanguardias. Su carrera despegó muy pronto: en los primeros años del siglo XX comenzó a trabajar junto a Joaquín Otamendi, con quien firmaría algunas de las obras más emblemáticas de la capital. En apenas una década pasó de joven arquitecto recién llegado a la capital a autor de edificios que condensaban la ambición urbana de Madrid, mientras empezaba a proyectar también en Galicia un legado que hoy se reparte entre ambos territorios.

Durante décadas, la historiografía apenas contaba con el artículo de González Amezqueta en Arquitectura (1967) como gran referencia, hasta que la exposición del Museo Municipal de Madrid de 1987 sobre la arquitectura madrileña de la primera mitad del siglo XX actualizó y amplió de forma decisiva el conocimiento de su obra. El giro se consolida con investigaciones recientes como las de Álvaro Bonet, que han identificado un centenar de obras inéditas y nueva documentación sobre más de cuarenta proyectos, confirmando que conocíamos bien su obra, pero no tanto su biografía. Las celebraciones del 150 aniversario (2024–2025) reforzaron su lugar en el relato de la ciudad, a la vez que hicieron más evidente lo que ese relato había preferido omitir.

El antiguo Palacio de Comunicaciones, hoy Palacio de Cibeles y sede del Ayuntamiento, es quizás la imagen más reconocible de Palacios. Concebido junto a Otamendi como sede de Correos y Telégrafos, se levantó entre 1907 y 1919 en la confluencia de Alcalá y el Paseo del Prado, ocupando un lugar estratégico en el mapa simbólico de la ciudad. Aquella catedral de las comunicaciones combina piedra blanca, hierro y vidrio con un lenguaje neoplateresco y un programa escultórico elaborado, articulado en torno a grandes patios de luz que hoy siguen abiertos al público como espacio cultural.

Si Cibeles escenifica la modernidad administrativa, el Círculo de Bellas Artes resume la ambición cultural de una ciudad que quería dialogar con las capitales europeas. Encargado en los años veinte, el edificio despliega hacia la calle Alcalá una fachada clasicista monumental coronada por Minerva, mientras por dentro se organiza como una máquina de sociabilidad: salones, salas de exposiciones, cine, teatro y biblioteca que Jacobo Armero ha leído desde la circulación del público, con la escalera como columna vertebral. Hoy, subir a su terraza convertida en mirador urbano es una forma de experimentar físicamente esa arquitectura que ordena lo que se ve, cómo se recorre y desde dónde.

El Hospital de Jornaleros de Maudes introduce una dimensión distinta: la arquitectura al servicio de los trabajadores y de la beneficencia. Impulsado por Dolores Romero, quien financió el proyecto, y abierto en 1916, el complejo se pensó para atender gratuitamente a obreros sin recursos mediante un sistema de pabellones en diagonal abiertos a jardines, con buena ventilación y separación clara de sus usos. La pasarela de hierro y cristal que conecta el cuerpo central con la sala de cirugía anticipa un racionalismo tecnológico insólito en la ciudad de su tiempo, y el posterior abandono del conjunto, rescatado en los años 80, dice mucho de las prioridades patrimoniales que durante años relegaron las arquitecturas ligadas a la cuestión social.

Del encargo al silencio

Mientras su obra ganaba presencia en la ciudad, la trayectoria personal de Palacios se movía dentro de un marco social rígido, donde el origen y las relaciones contaban casi tanto como el talento. Procedente de un entorno ajeno a las élites madrileñas, su carrera puede leerse como la del profesional que asciende en un sistema corporativo fuertemente estratificado, en el que la respetabilidad se consolida no solo con concursos y encargos, sino también con capital social, alianzas y de la obediencia a normas implícitas.

En ese contexto, su matrimonio tardío con una ama de llaves no fue recibido como una anécdota privada. El enlace, en torno a los cincuenta años, coincidió con un progresivo abandono de la práctica y con un clima de desprecio clasista en su entorno profesional, que interpretó la unión como un desclasamiento impropio de un arquitecto consagrado. No hizo falta una sanción formal: bastó con dejar de contar con él en determinados encargos, desplazar su nombre de ciertos circuitos y permitir que su vida se difuminara en los relatos históricos mientras sus edificios seguían protagonizando la postal institucional.

El resultado es el de un talento celebrado pero disciplinado: un arquitecto que contribuye a imaginar la ciudad moderna y que, sin embargo, se ve expulsado de la escena cuando sus decisiones personales no encajan con la norma de clase.