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La recopilación de arte expoliado y secuestrado que revela cómo Europa “se cree superior respecto a otras culturas”

Imagen de archivo de los mármoles del Partenón del Museo Británico de Londres. EFE/EPA/ANDY RAIN

Jordi Sabaté

26 de enero de 2026 21:56 h

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Leer Arte secuestrado (Península, 2026) resulta revelador, no solo por el excelente planteamiento de la obra, escrita a cuatro manos por las profesoras expertas en derecho internacional Katia Fach y Catherine Titi –la primera es hispano alemana y la segunda, griega–, sino también por la capacidad que tiene su texto de abrir nuestros ojos a detalles en los que seguramente antes no habríamos caído cuando acudimos a un museo a visitar exposiciones que contienen arte de otros países, principalmente de las antiguas colonias europeas.

Hasta ahora, si la contemplación nos inspiraba una suerte de viaje mental a tierras lejanas, a culturas desconocidas, exóticas y fascinantes, tras leer el libro, seguramente la visita no nos parecerá tan placentera. Al menos añadiremos a nuestra fascinación una pátina de reflexión un tanto amarga: ¿cómo llegaron estas piezas al Museo Británico, al Metropolitano de Nueva York, al Louvre, al Museo Nuevo de Berlín o incluso al Museo de América de Madrid?

De esto va Arte secuestrado, del origen de muchas piezas que hoy son orgullo de grandes museos, incluso de naciones, pero que no están en el lugar en el que fueron creadas ni cumplen el propósito para el que se las concibió, sino que fueron arrebatadas, muchas veces por saqueos bélicos y otras por malas artes y engaño, a sus legítimos dueños y países para ser exhibidas como un trofeo a la mayor gloria de la nación expoliadora, normalmente una potencia colonial europea.

Cuando el exotismo esconde el peor supremacismo

Tal como explica Fach, catedrática en la Universidad de Zaragoza, “cuando visitamos una colección de arte de otros países nuestra fascinación no procede del propio objeto artístico, sino que tiene su punto de partida en la creencia en la superioridad europea respecto a otras culturas”. Añade la autora que para las culturas creadoras del objeto en cuestión, este resultaba de lo más normal y además cumplía una función, muchas veces religiosa o ritual.

Tal es el caso del tesoro de la fortaleza etíope de Magdala, brutalmente expoliado por el ejército británico a finales del siglo XIX. Expolio al que sumaron, por cierto, al príncipe heredero, un niño que fue llevado a Inglaterra y mostrado como una curiosidad. Si bien siempre recibió la mejor educación y cuidados, murió extrañado a los 18 años y sus restos fueron enterrados en una fosa común en la Capilla de San Jorge del Castillo de Windsor, sin que por el momento Etiopía haya conseguido su restitución por parte de Reino Unido.

Pero el libro no se detiene solamente en la exposición de las sangrantes historias del expolio y del destino, muchas veces rocambolesco, de muchas de las piezas, sino que Fach y Titi enriquecen los casos contando el estado actual de las negociaciones entre países, pues en todos los ejemplos expuestos, el país expoliado durante la etapa colonial por una potencia europea reclama la restitución de su legítimo patrimonio. Para ello, para que el litigo resulte sencillo de comprender a nivel divulgativo, a pesar de la complejidad que muchas veces esconden estos procesos, las autoras hacen uso de su experiencia como autoridades reconocidas en la materia.

Los mármoles del Partenón, una motivación personal

Tal como Fach explica, el mundo de los litigios de expolio artístico no es la disciplina en la que suelen trabajar. Sin embargo, reconoce que en el afán de abordar la materia hay una motivación personal por parte de Titi dado su origen griego: “Catherine tiene publicado un extenso trabajo académico sobre los mármoles del Partenón”. Se trata de uno de los pleitos de devolución más prolongados de la historia y que enfrenta a Grecia e Inglaterra, dadas las reticencias del Museo Británico a la restitución.

Arte secuestrado desvela el origen de muchas piezas que hoy son orgullo de grandes museos, incluso de naciones, pero que no están en el lugar en el que fueron creadas ni cumplen el propósito para el que se las concibió

La publicación de Titi fue la que les llevó a abordar, “casi como un reto”, la recopilación de otros casos similares y su exposición en un libro “de una manera divulgativa, que fuera entendible por cualquiera y sirviera para que quien lo leyera mirará a partir de entonces con otros ojos las colecciones de los museos universales”. Por museos universales, Fach entiende los grandes museos creados a finales del siglo XIX y principios del XX que hacían acopio de objetos de todo el mundo para mostrarlos a su público. Entre ellos están los antes citados Museo Británico, Museo Metropolitano de Nueva York, Louvre, Museo Nuevo de Berlín o el Museo de América de Madrid.

Se vendían como focos educativos y culturales para la población, que en ellos entraba en contacto con culturas y arte de otras zonas del planeta a las que seguramente jamás viajaría. Pero a día de hoy, según Fach, lo que revelan es “el sentimiento de superioridad europeo y su violenta historia colonial”. En este sentido, desea abrir una reflexión que hace extensible a España y su pasado colonial. “En nuestro país, tal como dijo en su momento el ministro de Cultura [Ernest Urtasun] los museos tienen la tarea pendiente de peguntarse sobre el origen de muchas de sus piezas”.

Cita en la conversación el caso del Tesoro de los Quimbayas –si bien en el libro aparece solo tangencialmente–, un conjunto de objetos de gran valor regalados por el presidente de Colombia Carlos Holguín a España a finales del siglo XIX y que el actual gobierno colombiano reclama, pues el obsequio no estuvo exento de polémica, ya que el Holguín lo entregó a España sin contar con la autorización del Congreso de Colombia. Actualmente, se encuentra en el Museo de América en Madrid.

Del busto de Nefertiti a los bronces de Benín

Pero aunque este caso no se contempla en Arte secuestrado, sí lo están otros tantos no menos fascinantes, como son el de los mármoles del Partenón, el penacho de Moctezuma, actualmente en el Museo de Etnología de Viena, los bronces de Benín –en proceso de restitución–, el busto de Nefertiti, que posee el Museo Nuevo de Berlín y reclama el Cairo, o los tesoros de la fortaleza de Magdala, muchos de ellos sagrados y que quiere recuperar Etiopía, entre otros casos.

En algunos la restitución es relativamente exitosa gracias a la actitud de la antigua potencia colonial, como es el caso de Países Bajos respecto de sus antiguas posesiones en Indonesia. También comenta Fach el caso de un ciudadano británico que heredó una escultura de bronce de Benín y la usaba de tope en una puerta hasta que descubrió su valor para las autoridades de Nigeria. “Se pagó el viaje a Lagos para restituir formalmente la pieza al gobierno nigeriano”, explica la autora de Arte secuestrado.

En otros casos, como ocurre con el Museo Británico respecto de los mármoles del Partenón, las negociaciones son infructuosas y las ofertas de la antigua metrópoli poco menos que ofensivas. “El Museo Británico ha propuesto a Grecia la restitución de algunas de las piezas, pero en calidad de préstamo, manteniendo Reino Unido la titularidad sobre estas obras griegas”, comenta Fach a modo de ejemplo. Tampoco Berlín parece muy dispuesta, a tenor de lo relatado en el libro, a devolver el busto de Nefertiti, aunque sí ha sido más coherente con muchas otras piezas.

En todo caso, y con la esperanza que, según confiesa Fach, tiene la coautora Titi de ver un día los mármoles del Partenón regresar a casa, Arte secuestrado es ante todo un libro revelador y entretenido en el que los lectores terminarán invariablemente simpatizando con los demandantes y comprendiendo el gran sinsentido de la acumulación de objetos que supone el formato de museo clásico vigente desde finales del siglo XIX hasta nuestros tiempos.

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