Bernat Castany, filósofo: “El humor rompe cualquier jerarquía y nos iguala a todos”

Chema Seglers

18 de julio de 2026 22:23 h

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De Bernat Castany (Barcelona, 1977) asombra, entre otras muchas cosas, su capacidad para crear imágenes que atesoran una idea. Tras haber abordado el miedo en su ensayo anterior Una filosofía del miedo, Castany gira ahora la moneda para escudriñar con Una filosofía de la risa (Anagrama, 2026) el mapa de la comicidad. Ahora bien, ¿qué comicidad es aquella que puede acercarnos a la ‘buena vida buena’? ¿Aquella risa alegre que nos iguala en nuestra precaria condición? ¿U otra risa triste que inhibe y agrede?

Sin dejar nunca de perder la noción de los límites, arropado por la mejor tradición humanista e ilustrada, Castany aborda, con rigor y juego, las múltiples formas del humor. Mientras conversamos y el filósofo perfila matices, vamos entendiendo algo de nosotros mismos, de nuestra condición, del llanto y del miedo, de la risa que acompaña al niño al ponerse de pie, y de un sinfín de cosas más.

¿Por qué este Una filosofía de la risa ahora?

¿Y por qué no la risa antes? En el mundo griego y romano la risa era fundamental, y también durante la época del humanismo y de la ilustración. ¿Por qué hemos perdido de vista la risa como método filosófico en sí mismo? Pero hay también otra razón más política. Me di cuenta de que, tanto en las redes como en las noticias, cada vez más los políticos de derechas y de extrema derecha utilizaban registros cómicos agresivos, paródicos y sarcásticos, y, además, les funcionaban muy bien, dándoles visibilidad. Y entonces me interesó pensar hasta qué punto la tradición progresista o de izquierdas, sobre todo, en su alma más contracultural y libertaria, había perdido la iniciativa cómica en la esfera pública, como si hubiera habido un ‘sorpaso’ cómico de la extrema derecha sobre la tradición más progresista.

¿Quiere decir que la izquierda debería revolverse y hacer lo mismo?

No, no estoy diciendo que ese tipo de comicidad agresiva, sarcástica y ridiculizadora tenga que ser utilizada en la otra dirección, no; sino que, ya desde la ilustración, se observa que el humor —y no la sátira o la parodia— tiene sentido porque reconoce que todos participamos de una misma condición humana igualmente imperfecta, contradictoria y ridícula. Por eso, me interesa más el humor que la burla.

Entiendo. Hay, sin embargo, revistas como Mongolia o El Jueves que practican la sátira y la burla.

Sí, tienen su función. De hecho, en el libro he intentado defender todas las modalidades de la comicidad, siempre y cuando tengan efectos alegres, es decir, siempre y cuando aumenten de forma general la potencia de los individuos y de los grupos.

Póngame un ejemplo, por favor.

Si en una sociedad domina una superstición que produce terror y somete a ciertas personas, burlarse de esa superstición aumenta la potencia del grupo, y más si logra desactivarla, claro. Los ilustrados practicaron mucho la parodia y la sátira contra todo tipo de supersticiones, y también, contra la monarquía absoluta. Pero, el humor se muestra como la forma más alegre de la comicidad, ya que rompe cualquier jerarquía y nos iguala a todos.

En ese sentido, el filósofo Raúl Gabás señaló que el humor siempre apela a la inteligencia del otro.

Hay muchas teorías sobre por qué nos reímos, sí, y una de ellas es la de la superioridad. Cuando, por ejemplo, escuchamos un juego de palabras que nos hace gracia, no solo reímos por el giro sorpresivo, sino también porque nosotros lo comprendemos; es decir, hay una risa celebratoria de nuestra propia potencia e inteligencia al comprender ese juego de ingenio. Incluso, en las conversaciones entre amigos a veces agresivas y juguetonas, con insultos de por medio, celebramos nuestra capacidad de soportar festivamente la crítica y el insulto. De hecho, nadie debería quedar exento de la risa, algo que ya defendieron los primeros ilustrados escoceses, porque, si un grupo se considera exento de burla, significa que concedemos a sus verdades y creencias más superioridad que a las del resto, y, claro, eso va en contra del diálogo.

Si un grupo se considera exento de burla, significa que concedemos a sus verdades y creencias más superioridad que a las del resto, y, claro, eso va en contra del diálogo.

¿Qué le diría a alguien que afirma que el mundo actual, tan convulso, no está para risas?

Le diría que nunca lo ha estado, y que, como nunca lo ha estado, no deberíamos haber reído nunca. Recuerdo que, cuando publiqué un libro sobre el miedo, en muchas ocasiones, me dijeron, ‘qué libro tan oportuno’, y yo siempre respondía, ‘bueno, oportuno hoy, hace 10 años y de aquí 20’; porque el ser humano siempre ha vivido atemorizado, ya sea por las Guerras Mundiales, la peste de 1340 o por tener que irse al infierno. Aunque hayan desaparecido esos miedos, han aparecido otras ansiedades más terrenales, que también están ahí. Es decir, el miedo se transforma, pero no desaparece. Por eso, siempre es oportuno hablar del miedo.

Y con este libro, ¿mucha gente le ha dicho qué libro tan inoportuno?

Sí, aunque no me lo han dicho tanto, pero sí, surge ese tipo de pregunta de, ‘¿tú crees que es un momento como para reír?’.

¿Y qué responde?

Lo mismo exactamente que con el libro sobre el miedo: es tan oportuno aquel como inoportuno este, porque la risa ha sido necesaria, y, de algún modo, miedo y risa son las dos caras de la misma moneda.

Antes habló del registro cómico y agresivo de la extrema derecha. ¿Es lo que define como una risa triste?

Sí. Esa risa imbuye de vergüenza y de miedo y lleva a la inhibición pública. Pero, por otro lado, existe otro tipo de risa triste, que sería más atmosférica. Es aquella risa, digámoslo así, que está más asociada a la cultura de masas mundial, más posmoderna; una ironía omnipresente, un tipo de risa que afloja y que criticaba, por ejemplo, David Foster Wallace, que llegó a decir que no hay nada más revolucionario que volverse a tomar algo en serio, refiriéndose a esa comicidad atmosférica que cubre todo de un sentimiento fatalista.

¿Una risa que desmoraliza?

Sí, que resta energía y da la sensación de que otro mundo no es posible.

¿Y la risa alegre?

Es una risa más difícil, como todo lo bueno, y por lo tanto menos habitual. Una risa que, en definitiva, libera, que desactiva supersticiones e ideologías, y también miedos de corte más social que lo acaparan todo: el miedo al fracaso, a la invisibilidad, etcétera.

De ansiedad.

Sí, de hecho, esa distinción entre miedo y ansiedad son un mismo continuo. El miedo es una sensación aversiva que tiene una causa concreta y que, cuando topamos con él, sabemos qué nos amenaza y qué debemos hacer. Por eso, en ocasiones, el miedo es agradable. La ansiedad, en cambio, es un miedo más atmosférico, no sabemos qué nos amenaza y desconocemos qué debemos hacer. El miedo insta a la acción, es más intenso y más breve. En cambio, la ansiedad es menos intensa, pero desgasta más, se alarga en el tiempo. Entonces, la comicidad puede ser alegre en el sentido de que puede luchar contra el miedo.

La risa ha sido necesaria, y, de algún modo, miedo y risa son las dos caras de la misma moneda.

¿Y el llanto y la risa? ¿En qué se asemejan?

En el llanto hay una sensación de impotencia, de no poder hacer nada al respecto, y, entonces, surge un suspiro que relaja el cuerpo, que lo rinde, y tras ese suspiro surge un nuevo intento de reaccionar y de tratar de volver a poner en tensión el cuerpo para hacer algo al respecto; y, entonces, otra vez llega la impotencia para relajarse, como si el cuerpo intentara reaccionar insuflándose potencia, pero que inmediatamente se deshincha, generando una especie de círculo, como una carcajada hacia atrás. El llanto y la carcajada son la misma rueda girando en diferentes direcciones. Y en una situación de desesperación, sucede que el llanto y la risa se acaban solapando.

A veces, tras un llanto o una carcajada se produce una sensación de placer.

Sí, seguramente porque alivian.

Sobre el aumento de potencialidad que usted comentaba antes, me gustaría preguntarle por qué resulta tan triste que un niño no ría.

No reímos con la misma frecuencia según las etapas de la vida, y, en general, los niños ríen más a menudo que los adultos. En el niño se dan más aumentos de potencia y de mayor intensidad; de hecho, cuando empieza a caminar, el aumento de potencia es enorme. Está estirado en el suelo y de golpe puede desplazarse. Para nosotros, sería el equivalente a volar. Con el tiempo estos aumentos se reducen, es decir, la curva disminuye. Luego, el niño no solo ríe más que el adulto, llora también más, y llora no solo porque tenga menos autodominio, que, en parte sí, llora por eso, sino que también porque el niño no ha asumido todavía el principio de realidad, y, entonces, tiene fantasías de omnipotencia que le llevan a grandes exultaciones que, más tarde, se tornarán en grandísimas decepciones al darse cuenta de que no puede.

¿Y en la adolescencia?

Ese es el momento en el cual el niño, como si fuese una nave que regresa a la Tierra, ya no flota en el vacío, sino que entra en la atmósfera. Y en esa entrada se producen dos cosas: una resistencia de la realidad y luego esa fuerza de gravedad que le recuerda que esas fantasías de omnipotencia eran falsas, igual que las naves que se calientan, pierden la chapa y los tornillos y que a veces explotan. Es un proceso doloroso y básico. De hecho, solemos olvidar que, en verdad, lo que dura toda la vida no es tanto la infancia como la entrada en la atmósfera, es decir, la adolescencia, el choque con la realidad, en definitiva.

En el libro habla de la tradición de los agelastas, aquellos que no ríen. Sorprende que Jesús, como se ha afirmado, no haya reído nunca. No parece creíble. O no ha reído nunca, o nunca se nos ha dicho que rio.

Es Juan Crisóstomo quien pone sobre la mesa lo que va a ser un tópico medieval, sí, que Jesucristo no rio, una idea contra la cual van a luchar los humanistas del Renacimiento, tanto Petrarca y Boccaccio como Erasmo y Montaigne, que insistirán en crear otra imagen de Jesucristo. De hecho, Erasmo, como humanista, reacciona contra una tradición agelasta medieval que nace con Juan Crisóstomo. ¿De dónde viene esta idea? De un lado, en los evangelios apócrifos, Jesucristo sí que ríe. Y es cierto que en los evangelios canónicos la risa equivale a escarnio y burla, y que, por lo tanto, niega la majestad de Jesucristo. Le escriben el INRI en la cruz, la coronación de espinas, etcétera; en fin, una parodia de la soberanía.

Como si la risa estuviera al lado del mal. El diablo sí que está en la carcajada.

Claro, el diablo sonríe porque en la risa existe un indicio de incredulidad, un ‘no me creo lo que me estás contando’. De hecho, el diablo se ríe cuando logra vencer de algún modo, a Dios. Y esto está ya en el Génesis, sí, con el jardín del Edén, es decir, el lugar de la completitud ontológica donde todo está en su lugar porque no existe el lenguaje. Adán y Eva, como mucho, sonreían, una expresión de un bienestar, pero no reían, esa risa de la incongruencia no podía existir porque todo estaba en su lugar.

¿Y cuándo se separan las cosas con el pecado original?

El ser humano se separa de la realidad, de sí mismo y de Dios, todo se descoyunta y, entonces, en ese momento, la risa cómica sí que adquiere sentido. Luego, la demonización de la risa también aparece en el Génesis, en el momento en el que Yahvé hace un pacto con Abraham. En fin, está presente en muchos períodos y etapas.

Lo que llama la atención es que, tradicionalmente, el poder, a veces con su dogmatismo y solemnidad, detesta bastante la risa.

Hay una tradición nacida en Francia de la impostura política, desarrollada más tarde por los ilustrados, que señala que, desde los orígenes de los tiempos, los sacerdotes y los poderosos han establecido una alianza para protegerse y legitimarse unos a otros. Entonces, ¿qué sucede? Que los poderosos no aceptan la risa, porque minaría su autoridad, o pondría en duda su capacidad de comunicación con la divinidad. Y también se da una agelastia política que no acepta la risa porque cuestionaría la capacidad para elegir lo más conveniente para el pueblo. E incluso un agelastia filosófica.

Cuéntemela, por favor.

Platón expulsa de su república ideal a los poetas, y no solo a los trágicos, sino también a los cómicos, porque representan a los dioses riendo y llorando y los humanizan demasiado. Y también porque la comicidad surge de la plurivocidad del lenguaje y Platón la niega. Quiere eliminarla. Y también, porque, para el platonismo, la risa asiente con el mundo, dice que sí a un mundo que es una copia imperfecta y despreciable y más bien lamentable que risible.

En ese sentido, la risa alegre, ¿reposa en ese reconocimiento de nuestra propia contingencia?

Sí, nos reconcilia con nuestros límites. De hecho, la condición humana está perimetrada por una serie de límites que resultan dolorosos, sí, pero que, a su vez, son necesarios, ya que, sin ellos, la vida no sería posible. Es el ejemplo de la paloma de Kant: vuela cuando sus alas sienten la resistencia del aire. El aire la frena, sí, pero a la vez es condición de posibilidad del vuelo y de la vida. Del mismo modo, los límites como la muerte, la ignorancia, la sociabilidad, etcétera, nos duelen, porque nos hacen inmortales, ignorantes y dependientes, pero al mismo tiempo son necesarios porque si fuésemos omniscientes no podríamos vivir. Si supiésemos cuál va a ser el momento de nuestra muerte, nuestra vida ya no sería posible, nos volveríamos absolutamente locos.

Algo similar sobre la omnipotencia escribe Albert Camus cuando dice que, si viéramos el mundo en su totalidad en tan solo un instante, sería espantoso. Qué horror ser un dios ¿no?

Totalmente. Con el humor exploramos y practicamos un trabajo con el límite.

Los transhumanistas pretenden vencerlos con la incorporación de tecnología en su cuerpo.

Son los románticos, en el sentido de que, lo romántico es la enfermedad porque niega los límites, quiere trascenderlos, mientras que lo clásico es lo sano, la pedagogía de los límites, lo cual tampoco significa una pedagogía del fatalismo y de la resignación. Al igual que a Camus, a mí me gusta mucho la cita de Píndaro, la que dice: ‘Oh alma, no aspires a la vida inmortal, pero agota toda la extensión de lo posible’. Dentro de esos límites tenemos que agotar toda la extensión de lo posible, es decir, aceptar el límite y jugar a fondo el juego.

Para terminar, siempre se ha considerado que las sociedades más democráticas son aquellas donde el humor se celebra más. ¿España es un país con sentido del humor?

Es un riesgo demasiado grande hacer afirmaciones sobre grupos de personas que sobrepasen el individuo, eso de las psicologías nacionales. En cambio, sí que te diré que es cierto que la literatura española aporta, no solo a la historia de la literatura mundial, sino incluso, a la tradición filosófica y política, la cuestión del humor. En El Quijote hay una parte de comicidad agresiva, la de la cachiporra, de reírse de alguien a quien le dan golpes y que resulta ridículo. Pero también es cierto que en El Quijote aparece de forma progresiva el humorismo tierno. Cervantes, a lo largo de su obra, y gracias a su formación humanística, desemboca en un humorismo tierno que cancela las jerarquías y las diferencias, por ejemplo, entre un noble y un plebeyo, como son Don Quijote y Sancho Paz, partícipes ambos de la misma condición humana. Y también Fernando de Rojas con La Celestina. De hecho, cuando Fernando de Rojas habla de tragicomedia, no solo está mezclando géneros literarios, sino que lo que está diciendo es que esencialmente nobles y plebeyos somos lo mismo, igualmente dignos e igualmente ridículos.

¿Frente a nuestra contingencia?

Exacto. No estamos determinados de antemano por ningún tipo de esencia otorgada por la divinidad o por la naturaleza o por el orden ontológico del mundo.