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Francisco Gámiz

11 de marzo de 2026 22:08 h

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No es agradable acercarse a la muerte. Aunque es mucho lo que se ha escrito, cantado o rodado sobre ella, el mero hecho de imaginar qué hay más allá suele provocar una reacción evitativa: mirarla pone de manifiesto que el tiempo no es ilimitado y que el control que tenemos sobre el mismo es escaso. Cuando Andrea Gibson, una de las voces principales de la poesía hablada, recibió un diagnóstico de cáncer incurable, todo lo que creía conocer sobre el mundo cambió por completo. Su lucha ante la enfermedad también se convirtió en una carrera constante frente a un reloj cuyas manecillas empezaron a girar hacia atrás.

Quizás porque somos más felices tratando de no pensar que el tiempo se agota, la experiencia de quien de pronto percibe que hay una cuenta regresiva imposible de frenar se vuelve todavía más compleja. Esa cuenta atrás revolotea de manera constante por Abrázame en la luz —titulado Come See Me in the Good Light en inglés—, un documental que retrata cómo Andrea Gibson afrontó la última etapa de su vida antes de fallecer el pasado 14 de julio a los 49 años. Siendo una de las figuras más reconocidas del slam estadounidense, la cinta dirigida por Ryan White sigue a Gibson tanto en sus sesiones de composición como en sus tratamientos hospitalarios para reivindicar que darnos cuenta de que somos mortales puede hacernos despertar.

Pero Andrea Gibson no gestionó la enfermedad en soledad. Su esposa, Megan Falley, igualmente poeta, fue un apoyo esencial y estuvo a su lado en todo momento. “A Andrea le dan un diagnóstico que mucha gente consideraría una tragedia, y es una tragedia, pero Andrea se negó a considerar el cáncer como una batalla”, cuenta Falley a elDiario.es. “No quería que nadie dijera que había perdido la batalla contra el cáncer. Decía que, si moría, ese día sería una ganadora. Después de haberla visto pasar por algo tan difícil con tanta alegría, y tras haberla perdido, es un modelo a seguir para mí, para vivir con el baile y la risa con la que vivía Andrea, y así lo hago”, agrega.

El filme nació gracias a su amiga Steph Wilson, una de las productoras, quien pasó mucho tiempo con Gibson y Falley, siendo así testigo de la transformación de ambas tras el peligro del diagnóstico y de la magnificación de la historia de amor que proyecta el documental. Aunque la visión de Gibson estaba muy afectada por la quimioterapia que estaba recibiendo, dificultándola escribir, adoraba crear arte de forma pasiva, simplemente viviendo, y la cinta captura la chispa de quien se dedica a esta disciplina con la conciencia de que el tiempo se está acabando. “Poder estar en la cama, en el hospital o jugando con nuestros perros, y saber que alguien convertiría eso en cine, en algo que ayudaría a la gente, era muy atractivo para Andrea”, señala Megan Falley.

La resistencia de Gibson tras los resultados médicos invita a reflexionar sobre cuán fácil es encontrar la felicidad cuando sabemos que no tenemos todo el tiempo del mundo para encontrarla. “Cuando te enfrentas tan íntimamente a tu mortalidad o a la mortalidad de alguien a quien amas, es como si el velo de todo lo que no importa se desvaneciera. Las críticas, las culpas, los juicios, la ansiedad y todo lo que no es amor”, explica Falley. “Llegamos a aceptar que, cuando morimos, no podemos llevarnos nada: ni nuestra identidad, ni nuestras creencias, ni nuestra ropa, ni nuestros coches, ni nuestros trofeos ni nada de eso. Pero tenemos este tiempo, y lo mejor de este tiempo es que nos permite amarnos los unos a los otros”, indica la artista.

Las personas con dinero tenemos más acceso a mejores médicos y mejores medicamentos, pero es una pena que la curación tenga un precio

Entrelazando algunos de los poemas de Andrea Gibson con episodios menos esperanzadores en los que ha de sobrellevar los tratamientos, Abrázame en la luz logra que esté más cerca de alcanzarse su propósito, que consistía en que las personas no necesitaran tener una enfermedad tan grave para darse cuenta de la belleza de la vida. Que no fuese necesario que alguien te diga que te queda un tiempo limitado de vida para apreciar aquello que te rodea. “Andrea diría: 'No estás a las puertas de la muerte, pero estás cerca. No hablo de mi cáncer para que todo el mundo sepa que soy mortal, hablo de ello para que todo el mundo se dé cuenta de que es mortal'”, subraya Megan Falley, “y la película está ayudando a que la muerte sea más accesible y a que la gente pueda hablar de algo que nos pasa a todos”.

Además, la cinta refleja la importancia de la seguridad social en España, pues el nivel económico continúa siendo clave en países como EEUU a la hora de someterse a tratamientos por enfermedades. De hecho, en una parte del filme, Andrea Gibson hace alusión a las “facturas médicas carísimas” que está recibiendo. “Curarse es un privilegio para los ricos”, afirma tajantemente Falley, sosteniendo que “el seguro médico y el sistema sanitario en EEUU son absolutamente ridículos, una locura y horribles”. “Pero los ricos también mueren de cáncer. Está claro que las personas con dinero tenemos más acceso a mejores médicos y mejores medicamentos, pero es una pena que la curación tenga un precio”, advierte.

Asimismo, Gibson, que es de género no binario, relata en el largometraje su experiencia como persona queer que ha impulsado su convicción en utilizar el arte para que otra gente pueda sentirse identificada o menos sola. Una de las reflexiones que plasma en sus poemas es que muchas personas queer, a diferencia de las personas heterosexuales, no se llevan mal con sus ex porque han perdido a tanta familia que, cuando encuentran a personas a las que sienten como tal, hacen lo que sea por no perderlas. Aun así, Falley indica que le gusta que el documental no sea una “película política en sentido estricto”: “No hay mucho dogma intencionado ni enseñanza, ni siquiera las formas tradicionales en que se ve el activismo o la educación”.

“Esta es solo una historia de amor entre dos personas y el cáncer, y eso nos afecta a todos, sin importar nuestra raza, nuestra sexualidad, nuestro género, nuestra situación económica o el lugar del mundo en el que estemos”, cuenta Megan Falley, enfatizando que algo así “nos conmueve a todos”. La artista comenta que “gran parte de nuestro odio, nuestra intolerancia y nuestra fobia hacia los demás proviene simplemente de no conocerlos”, y Abrázame en la luz ayuda a combatirlo. Andrea Gibson dio una nota al director recalcando que no quería que hubiera villanos en la película, ni siquiera el cáncer. No quería ver nada a través del prisma de que hubiera un villano.

La cinta parte como favorita en los premios Oscar de este domingo en la categoría de Mejor Película Documental. “Estoy muy emocionada porque he notado que mucha más gente está viendo la película solo porque tiene ese sello de aprobación”, confiesa Falley. “Cuanta más gente la vea, más gente se verá ayudada por Andrea. Y eso era lo que siempre quiso, ayudar a los demás”, argumenta, concluyendo que “la gente tiene miedo a ser olvidada” y ella se siente “muy agradecida” por la decisión de hacer este documental, pues “hará que Andrea no sea olvidada durante esta vida ni durante la vida de las generaciones venideras”.