Crítica

'Avatar: el sentido del agua', un caos visualmente apoteósico

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13 años ha tenido James Cameron para realizar su secuela de Avatar. 13 años desde que su revisión de Pocahontas arrasara en la taquilla y dejara a todos con la boca abierta gracias a su don para la acción. A través de una historia tan simple como el mecanismo de una polea, Cameron articulaba toda la película en torno a unas set pieces apabullantes. Todo usando la última tecnología al servicio de su película. El 3D, ese truco que todos explotaron hasta reventarlo para sacar un dinero extra por entrada, alcanzó su cima gracias a un filme cuyo máximo atractivo fue crear un mundo propio y un imaginario que caló en la cultura popular. 

Avatar existía para maravillar al público, para recordarles por qué van al cine. A acercarles algo parecido a los espectadores de aquellas primeras proyecciones. Un sentido del espectáculo que no todos poseen. Es un cine de fuegos artificiales, efectista y directo. Un cine consciente de lo que el público demanda. Avatar era una montaña rusa trepidante en la que uno quería montarse una y otra vez. Uno pensaría que en 13 años, Cameron habría encontrado la trama perfecta para seguir explorando Pandora, y las malas noticias llegan ahí, en que su habitual punto débil, el guion, se nota más que nunca en esta secuela.

La trama de Avatar: el sentido del aguaque ha sido nominada a los Globos de Oro en las categorías de Mejor película y dirección—, es una mera excusa para desplegar un nuevo derroche visual. Pero cuando no hay unos mimbres, por endebles que sean, es muy difícil que una película funcione. Las dos primeras horas de esta secuela son decepcionantes. Un batiburrillo new age con frases de filosofía de carpeta adolescente. La prueba de que Cameron no ha encontrado la forma de llevarnos de vuelta a Pandora es un comienzo que vuelve a recurrir a la voz en off. Pero mientras en la primera entrega había una excusa narrativa —los diarios que Jake Sully grababa en su misión—, aquí se nota que es la forma cutre que tienen de ponernos en situación y explicarnos de una manera facilona cómo regresan dos personajes que habían muerto en la primera película.

Un comienzo atropellado que anticipa lo que viene, un caos narrativo donde no hay nada que contar, donde las escenas más espectaculares están metidas para aligerar la trama, donde los conflictos dramáticos no emocionan y donde Cameron vuelve a demostrar un gusto por las dinámicas militares y patriarcales cuestionable. Que en 2022 todavía los personajes masculinos dejen un diálogo en el que se vanaglorian porque en una pelea ‘el otro ha quedado peor’ es de una testosterona rancia que huele a alcanfor. Un personaje como Neytiri, lleno de fuerza y personalidad en la primera entrega, acaba aquí relegado a un segundo plano por la necesidad de introducir a los nuevos personajes adolescentes que, presumiblemente, serán los protagonistas de las innumerables secuelas que llegarán ahora. Para ello sacrifican sus mejores bazas. Unos adolescentes que entran para subrayar otro de los temas favoritos de James Cameron, la familia, que aquí se une al medio ambiente y la colonización como asuntos de fondo.

En esas dos horas ya se nota el despliegue técnico. La proeza visual de James Cameron se intuye desde el primer minuto. Las escenas acuáticas son impresionantes, hermosas, pero el resto parece un documental virtual más que una película de ficción. Casi una parodia de Terrence Malick en un mundo inventado. Uno está sumido en la tristeza hasta que llega su última hora, donde el director se redime y entrega un clímax final, largo, virtuoso, excelente y visualmente apoteósico. Regresa el mejor Cameron, el que vehicula la narración a través de la acción. Un redoble final donde hasta se permite homenajear su propio Titanic y donde su logro técnico adquiere significado.

Uno asiste a un espectáculo sin igual, donde los efectos especiales adquieren un realismo nunca visto, donde el 3D luce de una forma bestial y donde no se puede cerrar la boca. Cameron tiene un gusto y una capacidad de crear tensión a través de la acción que parece que la película la hubieran dirigido dos personas diferentes. Es ahí donde esta entrega de Avatar adquiere sentido. Cameron ha creado una película que solo puede disfrutarse en cines, en una pantalla enorme y sí, con las gafas 3D. Ver este filme en casa sería perder toda la emoción y el espectáculo que aporta.

Podrá decirse muchas cosas del filme y de James Cameron, pero el realizador vive en una constante lucha para defender el cine como un acto comunal, como una celebración casi religiosa. Ir juntos a emocionarnos y fascinarnos. Su cine siempre se ha rendido a esa máxima. Desde el hombre de metal líquido de Terminator 2 a este Avatar: el sentido del agua. Quiere que los espectadores se sientan maravillados, que salgan diciendo ese tópico: esto es cine. Por supuesto que el cine es mucho más que una torre de fuegos artificiales, pero en un momento donde la oferta de plataformas amenaza seriamente a las salas, Cameron sabe que la solución pasar por crear experiencias que recuerden a aquel tren de La Ciotat que parecía que atravesaba la pantalla.

De hecho, con el 3D siempre se quiso recuperar esa sensación casi física que hizo que el cine se convirtiera en el gran arte popular del siglo XX. Avatar: el sentido del agua no es, ni de lejos, una gran película, puede que ni siquiera una buena, pero sí es la película que el cine necesita en estos momentos.