Disney le abre la puerta giratoria a Meghan Markle, que escapa a Hollywood del acoso palaciego

La columnista de the Guardian, Afua Hirsch, de ascendencia ghanesa, aseguró hace dos años que el enlace entre el príncipe Harry y Meghan Markle, una actriz mestiza, iba a “cambiar el debate racial en Reino Unido para siempre”. Razón no le faltaba, pero mientras que ella lo planteaba de forma optimista, el resultado final ha sido el opuesto.

Desde que los duques de Sussex anunciasen hace una semana a través de Instagram que renunciaban al sueldo de la Corona británica para ser económicamente libres e independientes, el sector más conservador del país y los tabloides no han tardado en señalar a Markle como única culpable. Nada nuevo bajo el cielo gris. La canadiense de raíces africanas ha sido el último chivo expiatorio de un acoso mediático y palaciego que se ceba especialmente con las mujeres plebeyas.

Lo que se sale de la norma en su caso ha sido el continuo escarnio en cuanto a la raza y a su pasado profesional en Hollywood. Por ejemplo, que una decisión consensuada entre la pareja se bautice como Megxit solo incide en la idea, como dice este análisis, de que “la mujer es la maliciosa ideóloga a la sombra y el hombre el calzonazos” que se deja embaucar. Y no es una conclusión subjetiva, sino avalada por cada montaje y perla dialéctica que corre a sus anchas estos días por las tertulias de los medios.

Destaca el de la campaña Leave.Eu del empresario Arron Banks, máximo financiador del partido antieuropeo UKIP, que muestra a Markle pisoteando a Harry sobre unas letras enormes que rezan “encoñado”. También el antiguo chef de Lady Di arremetió contra ella por “manipular” a su esposo y aventuró que “Diana estaría furiosa con su hijo”.

Ni siquiera los medios progresistas se salvan del tropiezo sexista y clasista, ya que la felicitan por “desmantelar la monarquía en menos de dos años” e inciden en la falta de empatía de Kate Middleton. Una brasa más en un fuego abierto entre dos mujeres que no contempla la postura de los hombres de la Corona.

Parecen haberse olvidado de las duras palabras de Harry sobre la posibilidad de ser rey y la cantidad de veces que ha defendido a su familia contra el racismo del establishment (su hijo fue comparado con un chimpancé en la BBC). “Perdí a mi madre y ahora veo a mi mujer ser víctima de los mismos poderes. Mi mayor miedo es que la historia se repita otra vez”, confesaba el británico antes de anunciar su retiro.

La salida de los duques era algo que el hijo menor del príncipe Carlos rumiaba desde hace años. La presencia de Meghan no ha sido la causa, como máximo el detonante y la certeza de que existe vida más allá de Buckingham. Mientras se toman un respiro del aire british en Canadá, el matrimonio ha puesto en marcha la maquinaria laboral que les permita conseguir su tan ansiada “independencia económica”.

Ella lo tiene más sencillo. Su contacto con Hollywood, unido a la popular imagen que se ha labrado estos años como embajadora de causas sociales, la sitúa de nuevo en el mapa. De hecho, hace unos días se conoció que su primera colaboración será junto a Disney poniendo la voz en off a una de sus producciones. Una noticia a la que cierto sector intenta sacar punta alegando que fue Harry quien le consiguió la oportunidad durante una charla con Robert Iger, presidente de la compañía.

Durante la charla que el monarca mantenía con el magnate, al otro lado de la foto, Markle saludaba a Beyoncé y Jay-Z dando un abrazo a la primera (y saltándose el protocolo real), con quien guarda cierta relación. La cantante, además de ser una de las mujeres con más influencia del mundo, le prestó su voz a Nala en la nueva versión de El rey león, por lo que la duquesa de Sussex podría tener su propia agenda de contactos para ganarse una audición al otro lado del Atlántico.

Aunque los mismos que lo niegan sostienen que será él quien mantenga a la familia con su herencia, el único pasado profesional que se conoce es el de la exactriz de 38 años. Su consorte, además de cierta actividad militar y humanitaria, carece de oficio ni beneficio propios. Aún así, no le será óbice para conseguir ingresos, ya sea a través de la filantropía o a través de su imagen en actos y campañas empresariales (algunos medios afirman que se encuentran en negociaciones con Apple).

Sin embargo, sería interesante que ella regresase a la industria discriminatoria (en referencia a los últimos nominados a los Oscar) donde dio sus primeros pasos y que abandonó al casarse con un miembro de la realeza. Markle, antes de ser foco de los tabloides, triunfaba en la serie Suits con su papel como Rachel durante siete años.

La actriz estudió en la prestigiosa escuela de teatro Immaculate State de Los Angeles. Sin embargo, su primer aterrizaje en el audiovisual yankee no fue del todo glorioso. Consiguió pequeños papeles a comienzos de los 2000 en series de éxito como CSI o Castle, donde sus personajes no tenían nombre propio y apenas gozaban de líneas de diálogo.

Pero la incursión en la gran pantalla fue si cabe más funesta. Destacan la comedia romántica El amor es lo que tiene (2005), el drama Recuérdame (2006) y la taquillera Cómo acabar con tu jefe (2011), en las que su presencia en escena es señalada únicamente por su atractivo físico.

Tras un breve periodo como azafata del programa Allá tú, Markle se casó con un productor (del que se divorció dos años más tarde) y se mudó a Toronto, donde recibió la oportunidad de su vida con el casting para Suits. Desde ese instante, la actriz usó su fama mundial para dar a conocer ONG y causas sociales para las que no ha dejado de trabajar, sobre todo en materia feminista.

Durante su estancia en la Corona británica, su campo de batalla ha sido el del racismo por causas evidentes. En sus apariciones públicas ha subrayado el valor de la multiculturalidad y en su boda peleó porque su sello sanguíneo estuviese presente. Un detalle que le agradecieron tanto en Estados Unidos, Canadá y Hollywood como en el Reino Unido, como destacó la columnista de The Guardian. Algo que, por mucho que se empeñen los tabloides, no podrán borrar de los libros de Historia.