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'Moheeb en el aparcamiento', el cómic sobre la realidad de los migrantes menores no acompañados

Cristina Ros

1 de julio de 2026 21:54 h

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Cuando era adolescente, Clara Lodewick se hizo amiga de algunos jóvenes afganos indocumentados que habían ocupado una iglesia cercana a su instituto en Bruselas. De esa relación, que ha seguido a lo largo de los años, salió Moheeb en el aparcamiento (Garbuix Books, 2026. Traducción de Núria Molines Galarza), una novela gráfica protagonizada por un chaval en las mismas condiciones. Moheeb, que también migró desde Afganistán, es menor y pasa los días en un aparcamiento a la espera de que su situación administrativa se solucione, mientras fuma y juega con una pelota.

La elección del parking como escenario principal del libro no fue aleatoria. “Es un lugar de paso para la mayoría de la gente, representa a la perfección la etapa de la vida en la que Moheeb se encuentra estancado. No puede avanzar, mientras que todos a su alrededor están en movimiento”, dice la autora a elDiario.es. Se trata de un emplazamiento cerrado donde se genera una especie de microcosmos con unos personajes recurrentes con los que Moheeb interactúa con diferentes niveles de intimidad. Lodewick conoce bien la idiosincrasia de estos rincones de las ciudades porque mientras desarrollaba este trabajo vivía en una autocaravana. “Quería explorar este tipo de lugar tan particular, un espacio sin ley que la gente se apropia”, afirma.

El protagonista no está solo del todo: tiene a otros colegas afganos y recibe ayuda de una asociación de ayuda a los migrantes. Además, se hace amigo de un chico belga, pero este desaparece y su madre se presenta en el parking donde pasa sus días Moheeb. Con el tiempo terminan por establecer una relación, como poco, confusa. La autora explica que este tipo de vínculos no son extraños en estas circunstancias. “Entre los voluntarios que acogen y apoyan a las personas y sus situaciones migratorias, he notado que a veces hay mujeres que se sienten bastante perdidas”, comenta. Suele coincidir con que están en pleno proceso de duelo, de separación o sus hijos se acaban de ir de casa. Para ella hay que tener cuidado con la posición que se ocupa al brindar apoyo porque “como personas con estatus legal, que hablan el idioma del país y conocen las reglas, se está en una posición de poder y, por lo tanto, no es fácil encontrar un equilibrio saludable para todos”.

Lodewick se ha esforzado por no reducir a Moheeb solo a su condición de persona migrante, sino que lo presenta (a él y al resto) desde una perspectiva mucho más amplia. Algo que no es tan fácil si se tiene en cuenta que el ancla de su situación de ‘irregulares’ en el país les impide hacer poco más que esperar. Pero todos ellos se enfrentan a los dilemas habituales de la vida de cualquiera como el amor, la incertidumbre ante el futuro o las complejidades de la amistad. En el caso del protagonista, su principal problema es con su autoestima. “Experimenta su estatus migratorio como un fracaso personal y se avergüenza de ello. También le cuesta mucho pensar en su madre, y esto puede estar relacionado con este sentimiento de vergüenza”, desarrolla la autora.

El tiempo suspendido

En Bélgica, para los adultos, la respuesta inicial a una solicitud de protección internacional puede tardar varios años. “Luego, las personas pasan de apelación en apelación, lo que puede durar de diez a 15 años”, explica Lodewick. Durante todo ese espacio temporal, no tienen permiso para trabajar y “la mayoría no recibe seguridad, vivienda, alimentación ni educación”, completa la dibujante. Por lo tanto, cuando obtienen todos los papeles necesarios para establecerse y ‘comenzar’ una vida en la legalidad, muchas de las personas que han tenido que pasar por dicho proceso están cansadas y tienen menos energía. Para la autora, esa espera es cruel “porque se ha tenido que hacer mucho para llegar a ese punto” y además “es un desperdicio [de tiempo] y una tortura mental”.

De hecho, la salud mental de Moheeb se ve afectada por todas las vivencias experimentadas hasta el momento en el que transcurre el libro. Después del largo viaje desde Afganistán hasta Bélgica, se encuentra en una coyuntura de falsa calma y su agudeza sensorial se engrandece, por lo que sufre física y mentalmente. “A veces experimenta una forma de disociación: los sonidos se desvanecen o no siente que sus manos estén entre ortigas. Y otras veces es lo contrario. Se encuentra en un estado de hiperconciencia y todo a su alrededor se vuelve agresivo, los sonidos aumentan hasta asfixiarlo”, declara Lodewick. Cuando la adrenalina de la aventura se disipa y comienza la espera, los traumas salen a la luz.

Otro tema importante que aborda en su libro es el de los abusos sexuales que sufren los menores. Por un lado, a través de una trama secundaria que sucede en el aparcamiento y de la que da cuenta uno de los amigos de Moheeb, el único. Es la manera de la autora de pedir a los lectores “que se esfuercen, que observen con más detenimiento y atención cuando una situación les parezca extraña o un gesto inapropiado”. Y por otro, está la situación del propio protagonista, que cada jornada tiene que pensar dónde pasará la noche. “Moheeb, como muchos menores migrantes no acompañados, tiene que dormir con desconocidos. ¿Quién aceptaría esta situación para sus propios hijos?”, reflexiona.

“Moheeb, como muchos menores migrantes no acompañados, tiene que dormir con desconocidos. ¿Quién aceptaría esta situación para sus propios hijos?

Lodewick no cree que su libro sea de ayuda para cambiar la percepción negativa que parte de la sociedad tiene sobre los chavales como Moheeb. “Para que eso ocurriera, el libro tendría que ser un éxito rotundo, y la gente a la que no le importa la situación de estas personas tendría que decidir leerlo, lo cual es improbable”, sostiene. Sí que ha percibido que las personas que ya estaban en contacto con estos jóvenes, de una u otra manera, se conmueven porque reconocen en sus páginas situaciones que han vivido. “Profesores, educadores, trabajadores sociales, psicólogos y profesionales de la salud en general. ¡Y también voluntarios que llevan años acogiendo a jóvenes como Moheeb en sus casas!”, cuenta.

El proceso creativo

Este trabajo se comenzó a gestar en la mente de la dibujante desde 2014, cuando conoció a los jóvenes afganos de la iglesia ocupada. Quería exponer el trato a los migrantes en Bélgica, pero con el paso de los años el formato ha pasado por muchas fases diferentes. Finalmente optó por crear una obra de ficción, por lo que tuvo que “inventar todo el pequeño mundo que vive en el aparcamiento y sus alrededores, sus historias, su pasado, sus deseos. Y luego, contar la historia de este microcosmos a lo largo de un verano”.

El entintado de los dibujos está hecho con bolígrafo y el color con gouache [una pintura al agua opaca]. Lodewick expresa que admira mucho el trabajo de otros autores de cómic como Bruno Heitz o Willy Vandersteen, pero para este libro se ha inspirado, principalmente, en los artistas de la revista GARO (una publicación japonesa de manga underground que se publicó desde 1964 hasta 2002). De ellos, su principal referente ha sido Shin'ichi Abe. “Es genial plasmando el tiempo, las emociones y las sensaciones. También me influyó el escritor británico Kazuo Ishiguro por su forma de escribir diálogos, siempre con un toque de sugerencia, me encanta”, completa.

En la actualidad, Lodewick trabaja en nuevos proyectos como por ejemplo, una serie cuyos primeros cuatro episodios ya están disponibles como fanzine. A modo de sinopsis, la autora explica que su protagonista se llama Linda y “vive con su madre y su tía, sueña con independizarse pero no se atreve a dejar su hogar”. Asimismo, ha escrito el guion de un cómic infantil, ilustrado por Andréa Delcorte, que la editorial Dupuis publicará en 2027. “¡Tengo muchísimas ganas!”, concluye.