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Cabaret Voltaire, la banda que vio venir la hipervigilancia, el control y la manipulación tecnológica

Oriol Rosell

17 de junio de 2026 23:14 h

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La primera vez que Cabaret Voltaire actuó en directo, Stephen Mallinder acabó en el hospital. Corría el mayo de 1975 y, en sus propias palabras, “era imposible que aquello le gustara a nadie”. Aun a sabiendas de la radicalidad de su propuesta, Mallinder, Chris Watson y Richard H. Kirk no contaron con que el público reunido en el refectorio del Sindicato de Estudiantes de Sheffield estuviera formado por alumnos de ingeniería borrachos: “El equivalente académico de los hooligans del fútbol”, recuerda hoy el músico británico entre risas, en una entrevista previa a su presencia en el festival Sónar de Barcelona, este jueves 18 de junio.

Con todo, hace cincuenta años este tipo de broncas no eran del todo insólitas. Cabaret Voltaire formó parte de la primera ola de lo que se dio en llamar “música industrial”. Más que un sonido común, los artistas que orbitaban alrededor de Throbbing Gristle y su sello Industrial Records —de ahí la etiqueta— compartían una metodología y una actitud: montajes en cinta magnética, instrumentos electrónicos, uso indiscriminado del ruido y un talante abiertamente confrontativo.

Demasiado ‘difíciles’ para los punks, demasiado punks para la vanguardia académica, SPK, Monte Cazazza, Clock DVA y los propios Cabaret Voltaire operaron al límite de lo que en la época se consideraba “música” y sembraron el terror durante el último lustro de los setenta desplegando un imaginario apocalíptico —psicosis, ultraviolencia, parafilias, conspiracionismo— diseñado para desarticular el aparato semiótico del pop.

Un ideario tremendista, si así se quiere ver, pero en gran medida profético: “No se trata de decir: ‘Os lo advertimos’. No intento parecer más listo que nadie. Pero inevitablemente surge la pregunta: ¿qué ha cambiado realmente? De algún modo vimos venir muchas de estas cosas”, explica Mallinder a propósito de la fijación de la banda por temas como la hipervigilancia, el control mediático, la sobrecarga informativa y la manipulación tecnológica en discos como The Voice of America (1980), The Crackdown (1983) o Micro-Phonies (1984).

Hijos de un tiempo y un lugar

Los Cabs, como los fans suelen referirse a ellos, se formaron en 1973 en la ciudad de Sheffield, en el condado de Yorkshire. Ambos datos se revelan decisivos en su constitución ética y estética: “Somos el resultado tanto del tiempo como del lugar en que existimos”, admite Mallinder. 1973 fue el año cero del neoliberalismo, con la primera aplicación de las teorías económicas de la Escuela de Chicago en Chile como contrapartida al apoyo estadounidense al golpe de Pinochet.

Y fue también el principio del fin del período de dinamización económica en Occidente tras la Segunda Guerra Mundial conocido como la Edad de Oro del Capitalismo, provocado por el boicot de los países de la OPEP a los aliados de Israel en la Guerra del Yom Kipur. Los paralelismos con el presente resultan evidentes. “Seguimos viviendo dentro de una tensión entre Este y Oeste, entre ideologías y economías. Red Mecca [el álbum de Cabaret Voltaire de 1981] refleja muy bien eso. El trasfondo de aquel disco fue la Revolución Islámica iraní. Seguimos tocando canciones de Red Mecca en un momento en que la tensión entre determinadas formas de fundamentalismo y capitalismo persiste. En este sentido, no creo que el contexto sea tan diferente”.

Sheffield, por su parte, fue la capital mundial del acero durante más de un siglo. Sin embargo, la competencia pujante de países con sectores siderúrgicos más eficientes, alineada con la aplicación de una severa política de racionalización, precipitaron el desmantelamiento de las acerías a finales de los sesenta. “Cuando nació Cabaret Voltaire, todo estaba desapareciendo. No somos consecuencia de una industria pujante, sino de una moribunda. Los sonidos de la maquinaria pesada y las fábricas estaban presentes en nuestra música, pero todo aquello estaba en declive. Formamos parte de una ciudad en transición”, recuerda Mallinder.

Este estado transitivo se espeja con claridad meridiana en la carrera de los Cabs, un grupo que a lo largo de estas cinco décadas ha sido tildado, no sin argumentos, de industrial, experimental, postpunk e incluso house. Su presencia es una constante que acompañó y participó en el paso de la primera generación industrial al synthpop de Heaven 17 y The Human League, ambas formaciones también oriundas de Sheffield, y en el florecimiento local del bleep techno, antesala del techno “inteligente” capitalizado en los noventa por Warp Records (The Black Dog, Aphex Twin, Autechre).

“Me gusta el hecho de que hayamos podido movernos y evolucionar”, explica Stephen Mallinder. “Como artistas tenemos derecho a hacer aquello que consideremos adecuado en cada momento. No me interesa repetir una y otra vez la misma fórmula. Ningún músico quiere hacer eso. Deberíamos poder expresarnos en la forma que necesitemos en cada etapa. También tenemos que obtener algo para nosotros mismos de lo que hacemos”, añade.

Políticas de la nostalgia

Si bien la música de Cabaret Voltaire muta con el paso del tiempo, el componente político la atraviesa en todas sus encarnaciones. Nunca de una forma explícita, propagandística, sino más abstracta, incrustada en el sonido, siempre a contracorriente de las formas dominantes del mercado. Mallinder se muestra tajante en este punto: “El punk era revolucionario en sus intenciones, pero bastante conservador en sus expresiones musicales. Para nosotros, la forma debía ser parte del mensaje. Es una idea muy cercana a Marshall McLuhan: el medio es el mensaje. La forma que adoptaba nuestra música era tan importante como aquello que queríamos decir”.

El posicionamiento político de lo artístico, donde la expresión se concibe como una acción revolucionaria en sí misma —a la manera de las vanguardias europeas de comienzos del siglo XX: de ahí la referencia al Cabaret Voltaire de Zúrich, cuna del dadaísmo—, podría entrar en contradicción con el regreso de Cabaret Voltaire en 2026.

Chris Watson abandonó el grupo en 1981 para formar The Hafler Trio, primero, y convertirse después en ingeniero de sonido de la BBC, estableciéndose como un referente internacional de las grabaciones de campo. Stephen Mallinder hizo lo propio en 2009, cediendo las riendas de los Cabs a Richard H. Kirk. Ahora, Watson y Mallinder, ambos septuagenarios, plantean la gira que los llevará al festival Sonar como un tributo a Kirk, fallecido en 2021.

La reciente edición del álbum But what time is it really? (MemeTune, 2026), una selección de sus temas más emblemáticos interpretados en directo, deja claro que no presentarán música nueva. Así las cosas, ¿cómo esquivar el ejercicio nostálgico? “Nostalgia es una palabra complicada”, reconocen. “Lo que hacemos es una reflexión sobre lo que fue la banda. Miramos hacia atrás, sí, pero siempre hemos sido un grupo orientado hacia adelante. Como si condujéramos un coche sin retrovisores. Lo importante es observar el contexto en el que vivimos hoy y preguntarnos hasta qué punto lo que hicimos sigue siendo relevante. Si hubiese dejado de serlo, sería nostalgia. Pero si sigue teniendo sentido, no lo es”.