Mad Cool
El sol de Lorde y la luna de Florence guían las constelaciones del Mad Cool
Son como la luna y el sol y, sin embargo, ambas podrían convivir perfectamente en el mismo firmamento. Tanto, que parece que las dos controlan sus respectivos astros cada vez que sostienen el micrófono. La primera de ellas, Lorde, jamás había actuado en Madrid hasta este preciso día. No es casualidad, por ende, que el sol se resistiese a abandonar el cielo mientras la artista permaneciera sobre el escenario del Mad Cool, como si el único motivo de su existencia se justificase con iluminarla durante este concierto. Florence and The Machine, en cambio, ya conocía de sobra la luna de la ciudad, por lo que el escondite del satélite no hacía más que añadir misterio a la noche.
Aun así, también había planetas pululando por la segunda jornada del festival: Jennie, esta vez sin sus compañeras de Blackpink girando a su alrededor, llegaba dispuesta a poner el broche k-pop ante su enorme séquito de fans; Teddy Swims, por su lado, buscaba demostrar que el soul que triunfa en TikTok también puede hacerlo en directo; Charlie Puth, por su parte, que “debería ser un artista más grande”, y Zara Larsson, por la suya, que no hay fiesta si no hay pop chicle de por medio. Y cada uno de ellos ha intentado acometer su propósito a su manera —algunos con más fortuna que otros—, pero la sombra de un eclipse se ha cernido sobre ellos en el que ha sido el Mad Cool de Lorde y Florence Welch.
Antes siquiera de que los primeros indicios del atardecer se empezaran a percibir en el distrito de Villaverde, los acordes de Liability ya habían sonado bien alto en el festival. “Van a verme desaparecer en el sol / Todos me van a ver desaparecer en el sol”, ha cantado Lorde en un clásico que alude a una sensación de unidad con el universo. No es ninguna sorpresa: la artista ha dedicado mucho tiempo a comunicarse con la estrella madre. Lo ha hecho a través de cartas y, por supuesto, música. Una música que se adueña de cualquier espacio cuando el mito, esa cantante que evita las redes y escribe a sus fans por correo electrónico según el calendario natural, es quien sale a defenderla.
El concierto de la artista se llenó de magia desde el momento en el que la neozelandesa abandonó a Ella Marija Lani Yelich-O'Connor, la persona detrás de la icono, y se transformó en la guía de las miles de personas que la vitoreaban a escasos metros. Es algo que Lorde hace sin pretenderlo, puesto que siempre se ha esforzado por no ser ese tipo de referente, evitando los focos y el ruido mediático, y optando por vivir lejos de las alfombras rojas de Hollywood tras descubrir lo que conlleva la fama. En el escenario, no obstante, es capaz de cambiar todas las facetas de sí misma. Es lo que hace que uno no pueda cambiar la dirección de la mirada. Todas las pupilas le pertenecen.
“He sido el hielo, he sido la llama / He sido el premio, la bola, la cadena / He sido el dado, la bola mágica”, ha declarado Lorde en la interpretación de su exquisita Shapeshifter, perteneciente a su último disco, Virgin (2025). La canción es uno de sus himnos más recientes, una realidad que se nota cuando la gente recibe el final como la máxima de las confesiones de su ídolo: “No, no me afecta / Pero esta noche solo quiero caer”. Pero la fiesta no podía terminar sin las extraordinarias Supercut o Ribs, esta última interpretada mientras era arropada por la audiencia y daba la mano a los fans de las primeras filas.
El espectáculo de la artista ha estado marcado por las altas temperaturas, pero la religión que ha creado Lorde en torno a su trabajo ha sido suficiente para que cualquier gota de sudor mereciera la pena. “Hace mucho calor”, ha dicho Lorde en un perfecto español. Más adelante, la compositora ha dejado momentos para la posteridad, como un icónico “A la mierda las gafas de sol” minutos antes de volvérselas a poner. Unas contradicciones que todo el mundo abraza, pues Lorde, la diosa que de adolescente le añadió una 'e' al término masculino Lord para coronarse a su manera, invitó a sus seguidores a rezar... y claro que sus seguidores rezaron.
Sin embargo, si la religión permaneció en el recinto del Mad Cool es porque hubo más de una predicadora. La noche tiene ese sabor al misticismo de la iglesia, ese olor a lo sagrado de los libros. Y la noche tuvo como dueña a Florence and The Machine. La banda, capitaneada por la ya legendaria Florence Welch, ha estado hasta cuatro veces en Madrid, la última siendo en 2022 en el propio Mad Cool. No es de extrañar que apenas necesitaran de las estrellas, ocultas bajo las nubes durante gran parte de su actuación, ya que no hubo instante durante el concierto del grupo que la audiencia no estuviera sumida en una profunda hipnosis.
La sola presencia de Florence Welch sobre las tablas lograba cortar la respiración. Descalza y girando sobre sí misma como si fuese su último día sobre los escenarios, la británica destiló presencia en un espectáculo que calificarlo como tal se queda hasta corto. Lo de la artista es un homenaje a la música en todas sus formas. La inicial Everybody Scream ya era toda una declaración de intenciones: o gritas o gritas. Y no únicamente eso: “Todos a bailar / Todos a cantar / Todos a moverse”. Supuso un espléndido inicio antes de continuarlo con el himno Shake It Out, que todavía en 2026 sigue invocando las lágrimas de quien lo escucha. Así es el torbellino de emociones de la banda.
La cantante brilló con su tema Spectrum, aupada por una preciosa melodía de violín y piano que encendió los ánimos antes de provocar una pura catarsis colectiva durante Hunger, donde miles de personas respondieron al unísono con palmadas. No obstante, la misa de Florence and The Machine no podía acabar sin su respectiva comunión: Welch, dejándose caer de rodillas, se cargó de dramatismo en King para reclamar su trono. “No soy una madre, no soy una novia, soy un rey”, ha asegurado al alcanzar el estribillo de la canción. La devoción llegó a su punto de no retorno en What Kind of Man, un tema que explotó de forma salvaje tras la primera estrofa con un simple rasgueo del batería.
El ritual de la banda se consumó durante la puesta en escena de Rabbit Heart, cuando Welch invitó a los fans a subirse a los hombros de otros, llenando el horizonte de muchas cabezas sobre otras. No importaba que la persona de delante tapase durante varios minutos a la de atrás o que quienes se sostenían no se conocieran de nada, las canciones tienen estas cosas y su sacerdotisa sabía prender la mella de la magia como ninguna otra. Este es el refugio de la música contra la tormenta, y que haya quien lo saque a relucir con tanta proeza la misma jornada en la que ocurre el fallecimiento de la mítica Bonnie Tyler lo hace aún más valioso.
Un artista más grande
Cantaba Taylor Swift en The Tortured Poets Department (2024) que “Charlie Puth debería ser un artista más grande”. Como si quisiera demostrarlo, el cantante salió tras el teclado dispuesto a jugar con él como si se tratara de una mesa de mezclas. Es poco común ver a grandes estrellas cantar con las gafas de vista, pero el estadounidense parecía no querer perderse ni un solo detalle de lo que ocurría en el foso. Tras apenas un tema, se puso una gorra para afrontar el calor y recordó que, en efecto, había “pasado mucho tiempo” desde su última visita a la capital. En concreto, una década. Pese a ello, el público coreó de memoria su memorable We Don't Talk Anymore y respondió complacido a su show.
Menos gracia tuvo el espectáculo de Jennie, aunque no precisamente por su enorme producción. La integrante de Blackpink, uno de los reclamos más fuertes de la jornada, otorgó un concierto que no tardará en olvidarse fuera de su base de fans. Apenas se la escuchó, con los coros sonando a todo volumen, y a sus bailes les faltó autenticidad. Era difícil creer lo que veías y no por admiración, sino por la pretenciosidad que derrochaba. Los fans, eso sí, hacían que el plato fuera más digerible gracias a su increíble pasión. La mayoría acudió con un martillo de corazón y estrellas, un tipo de barra de luz que se ha convertido en un accesorio fundamental para los seguidores de la banda, y lo utilizaron para iluminar el recinto.
El día también acogió el soul contemporáneo de Teddy Swims, soberbio en directo al desnudar su voz en la balada Some Things I’ll Never Know, y la purpurina de Zara Larsson. Esta última, ya considerada una diva del pop, se subió a un coche rosa sobre el escenario, se hizo un selfie con la multitud a sus espaldas y se escudó en sus coreografías para divertir a la audiencia. Aunque su fenómeno solo ha explotado en España con una o dos canciones, casi todo el público —y no había precisamente pocas personas— tarareó todos los temas, incluso los que no lucían interesados en su espectáculo —un ejemplo de la gran cantidad de asistentes extranjeros, que se encamina a alcanzar el 40%—. Ambos también dejaron huella como constelaciones del Mad Cool, que no han tenido mejor guía que la luz del sol y la luna de Lorde y Florence and the Machine.